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lunes, 27 de septiembre de 2010

Hormigón, de Thomas Bernhard.


Beton. Traducción de Miguel Sáenz.

1. El trabajo intelectual.
Rudolf, que tiene que atiborrarse de corticoides para combatir su enfermedad, se dispone a escribir por fin el trabajo de Mendelssohn sobre el que lleva recopilando escritos durante diez años. Se entiende que la labor de documentación es importante pero éste se está pasando: "¡Tenemos que estar solos y abandonados de todos si queremos acometer un trabajo intelectual!". Vale, es primordial estar solo para acometer el trabajo, pero ¿abandonado? Con esto Bernhard nos quiere decir que es necesaria la sensación de abandono, es decir, que esa soledad no sea buscada, aunque en el fondo no sea buscada pero que en realidad sea buscada, bueno, un lío. "He anotado demasiadas cosas sobre Mendelssohn Bartholdy en esos cientos y miles de papeles que se amontonan en mi escritorio, me he ocupado en general demasiado de Mendelssohn Bartholdy, mi compositor favorito". No, qué va, tan sólo estás asfixiado y ahogado entre papeles de Mendelssohn Bartholdy, a ver cómo te las arreglas ahora para empezar el maldito trabajo intelectual. Es que no tienes cabeza... En la página 162 ya leemos: "Me preguntaba mientras tanto si tenía sentido siquiera emprender aún un trabajo como mi trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy". Para el carro. Ahora que estás por fin en Mallorca, después de un montón de páginas de dudas y preparativos ¿te preguntas si tiene sentido el trabajo? Tú estás muy mal, Rudolf. Bueno, no quiero adelantar acontecimientos. El libro es, digámoslo ya sin miedo, sobre un trabajo intelectual imposible de llevar a cabo, sobre un viaje a Palma -que culminará-, y sobre un relato trágico que transcurre en Palma dos años antes de la escritura de estas notas y que bien podría titularse Hormigón.

2. Cuando digo soledad es SOLEDAD.
"Durante unas dos horas pensé al mismo tiempo en la primera frase de mi trabajo sobre Mendelssohn y escuché si no habría vuelto mi hermana para aniquilar mi trabajo sobre Mendelssohn antes de haberlo empezado yo siquiera." Resulta que su hermana había pasado una temporada con él, y Rudolf sabía que hasta que ella no se fuera no podría empezar el trabajo, así que espera ese día con total ansiedad, y cuando finalmente llega se levanta a las cuatro de la mañana para empezar su trabajo sobre Mendelssohn. De hecho tiene todos los documentos sobre la mesa. El problema es que una vez que se ha ido su hermana Rudolf piensa que ella puede volver en cualquier momento lo que es una verdadera faena porque si ella decide volver de improviso como había hecho otras veces, es decir, ella había dicho otras veces "hasta dentro de unos meses" pero finalmente había vuelto a las pocas horas, definitivamente él tendría que abandonar el trabajo intelectual. Rudolf se enfrenta por tanto a dos miedos bien identificados: la posible vuelta de su hermana con la consecuente turbación, y la primera frase del trabajo. La primera frase es la más difícil. Empezar con una fecha era repugnante, y hacer una cronobiografía algo de verdadero mal gusto, así que Rudolf no se aclara sobre cómo empezar el trabajo sobre Mendelssohn. "Siempre creí poder realizar mi trabajo intelectual totalmente solo, sin ninguna clase de seres humanos, lo que tuvo que revelarse como un error, pero también el que realmente necesitamos a alguien es a su vez un error, necesitamos un ser humano para ello y no necesitamos ninguno, y unas veces necesitamos a alguien y otras veces no necesitamos a nadie. " Lo dije, no se aclara, yo creo que necesita a alguien para poder prescindir de él, para poder sumergirse en esa sensación de abandono, un abandono imposible si no hay nadie potencialmente disponible.

3. Técnicas de concentración.
"Voy a tranquilizarme y a empezar, me dije. Una y otra vez voy a tranquilizarme y a empezar pero, cuando lo había dicho unas cien veces y, sencillamente, no podía ya dejar de decirlo, renuncié." No es fácil concentrarse a esas horas. No es la mejor manera de tranquilizarse repetirse una y otra vez que hay que tranquilizarse, ¡eso lo sabe hasta el psicólogo más malo de la tierra! Una de las técnicas de concentración utilizadas por Rudolf es apoyarse sobre la pared con las manos abiertas. Tú sigue así, comprando boletos para acabar en el manicomio.

4. La dulce hermana.
"Sólo pensar en ella aniquila en mí todo pensamiento, siempre ha aniquilado en mi todo pensamiento, ha asfixiado en la cuna todos mis planes intelectuales". Vamos a ver, estos dos son unos flojos que viven de una herencia descomunal, ella se dedica a negociar con príncipes y gente poderosa, él simplemente se dedica a fracasar en la elaboración de trabajos intelectuales, sobre Bach, sobre Reger, sobre Nietzsche, y ahora no quiere volver a fracasar en su trabajo sobre Mendelssohn, pero su hermana ridiculiza a Mendelssohn, simplemente le grita continuamente, Mendelssohn Bartholdy, una y otra vez, consiguiendo que todo sea ridículo cuando no grotesco. "Lo que ella tocaba, lo destruía, y durante toda su vida ha tratado de destruirme." Aquí observamos un desplazamiento de responsabilidades desde Rudolf y sus inquietudes intelectuales hacia su hermana y su falta de inquietudes intelectuales, con lo cual la vida de Rudolf no puede sino terminar aniquilada, porque Rudolf sólo vivo con los muertos, con sus escritores y músicos muertos, mientras que ella va de acto social en acto social y ha conseguido deshacerse de su propio marido haciendo que éste huya al Perú. "Me ponía en ridículo, siempre que podía, a cada instante, y cuando había ocasión de ello, delante de todos." En primer lugar para ponerte en ridículo no hay que hacer mucho esfuerzo, en segundo lugar ella simplemente dijo en una reunión que estabas preparando un trabajo sobre ¡Mendelssohn Bartholdy!, a quien nadie conocía en dicha reunión, por otro lado. Vamos, que te interesara Mendelssohn era por el simple hecho de que éste fuera judío, y no era concebible que Mendelssohn fuera tu compositor favorito existiendo Mozart y Beethoven como bien apuntó tu hermana, y yo diría aún más, cuando existían Couperin, Stravinsky y Shostakovich. Bueno, es cierto que no estuvo bien que dijjera delante del ministro: "él lleva escribiendo diez años un libro sobre Mendelssohn Bartholdy y ni siquiera ha pensado la primera frase." Sí, "La consecuencia fueron unas carcajadas estrepitosas", ¿qué esperabas Rudolf?, ¿acaso no era cierto lo que dijo tu hermana, que llevabas diez años recopilando material e incluso tú mismo escribes que a lo mejor te habías pasado de cantidad de material, y que eso te impedía comenzar el trabajo intelectual? Además, ¿no fuiste quien le telegrafió para que viniera a pasar unos días? "Es verdad, le telegrafié pidiéndole ayuda, no es verdad que viniera a Peiskam sin haber sido invitada en absoluto". Con lo cual no podías despedirla cuando a ti se te antojara, ahora tendrías que esperar a que ella se marchara de motus propio y te dejara en soledad para empezar tu maldito trabajo intelectual sobre Mendelssohn. Ah, Mendelssoh, qué maravillosa es la sinfonía escocesa, y qué igualmente maravillosa es la sinfonía Italiana, pero en realidad ¿acaso podemos comparar a Mendelssohn con Mozart, Rudolf? ¿Acaso un solo segundo de la música de Mozart no vale más que toda la obra entera de Mendelssohn Bartholdy, Rudolf? "Pero siempre es lo mismo: ¡le ruego, le imploro francamente una ayuda y ella me arruina!". Es decir, Rudolf no puede pasar sin su hermana, a la vez que esta dependencia posibilita un total aniquilamiento de su persona cuando no encuentra el apoyo requerido.

5. El desayuno es la comida más importante del día.
"Puse el agua para mi té y luego, cuando lo había preparado todo para mi desayuno, me senté a la mesa. Pero sólo el hecho de tener que comerme la mantequilla sacada de la nevera y el pan sacado del cajón me deprimía." ¿De qué te quejas? si al menos tuvieras que sacarlo del congelador como me pasa a mí algunas veces. ¡Y tienes mantequilla! Pero todo esto es inútil, Rudolf sabe que se trabaja mejor con el estómago vacío, el trabajo intelectual surge mejor con el estómago vacío: "Un estómago vacío permite el pensamiento, un estómago lleno lo amordaza, lo estrangula de antemano. " Claro, el sistema nervioso parasimpático se activa para hacer la digestión y se inhibe el simpático con lo cual nos entra un muermo considerable, ¡eso lo sabe cualquier creador intelectual! Demonios, ¡en Occidente tenemos una cosa llamada café!

6. El escritorio está a nueve metros de distancia.
"Si fuera ahora ahí, y empezara, podría conseguirlo, me dije, pero no tenía valor para ir ahí, tenía la intención pero no las fuerzas para ello, ni las fuerzas físicas ni las fuerzas intelectuales."
Bernhard identifica la distancia a la que se encuentra el escritorio desde la puerta de la habitación con la distancia insalvable para comenzar el trabajo intelectual. Realmente nada impide a Rudolf el comenzar su trabajo intelectual sobre Mendelssohn Bartholdy, y puede que esta circunstancia de total ventaja le deje absolutamente bloqueado.

7. Los vivos y los muertos.
Su hermana le desafía, intenta aniquilarlo en resumidas cuentas: "Desde hace un año desvarías sobre Mendelssohn Bartholdy, pero ¿dónde está tu obra?, me dijo. Sólo te relacionas con muertos, yo con los vivos, ésa es la diferencia. En mi compañía hay seres vivos, en la tuya sólo muertos." Anda, qué exagerada. Empecé a reflexionar sobre mi mundo interior, Bergman, Antonioni, Fellini, muertos, Teresa Wright, Grace Kelly, muertas, Mozart, Weinberg, muertos, Hals, Barocci, muertos, Sebald, ¡Bernhard!, muertos. Esta hermana de Rudolf es muy descriptiva: "Estás metido en tu casa, que no es otra cosa que una cripta", le dice la hermana, tan considerada y amable como siempre. Bueno, una bonita cripta decorada con pósters de Jessica Alba gana bastante. Se puede llamar a un lugar aislado y recurrente en su soledad como cripta, pero de una forma literaria, por favor Rudolf, sal de la cripta, hace tiempo que tu cripta ha dejado de ser literaria para ir convirtiéndose en lapidaria.

8. Viena.
Es una bonita ciudad Viena, ¡ya veremos! "Sólo la idea de estar en Viena con mi hermana me daba náuseas. Recorro dos veces la Kärntnerstrasse y el Graben, arriba y abajo, y echo luego una ojeada el Kolhmart, y eso basta para que se me revuelva el estómago." Y en la página 94: "El arte en esta ciudad no es más que una farsa asquerosa." Pero bueno, Rudolf, o Bernhard, quien quiera que seas, ¡el arte es una farsa en cualquier lado! ¡Consiste en eso! Lo que está claro es que no viajará a Viena, donde reside su hermana, para continuar su trabajo, ¿continuar? ¡acaso lo ha empezado!: "A Viena no tendría que llevar más que mi bolsa de viaje, porque en mi trabajo no se puede ni pensar en Viena." Esta traslación en el orden natural de las palabras, que sería quizás: "en Viena no se puede ni pensar en mi trabajo", constituye un recurso poético que no sabemos si atribuir a Rudolf, a Bernhard o al traductor Sáenz, y que traslada de alguna forma el desorden que sucede en ocasiones en la mente de Rudolf, siempre reflexionando, siempre dándole vueltas a las cosas. Rudolf desecha totalmente la simple idea de acudir a Viena: "Si fuera a Viena, me aburriría ante todo hasta sentir asco de mí mismo, pensé." Yo, sin embargo, pienso en Viena como el lugar perfecto para leer las novelas de Bernhard. Lo ideal sería ir a Viena a leer las novelas de Bernhard, me digo a menudo, y el porqué me digo esto ni yo mismo lo sé, pero lo pienso y lo digo al igual que digo y pienso que sería ideal leer a Svevo y a Magris estando en Trieste, y pienso también que leer a Oé paseando por Tokyo debe ser genial, así como leer a Modiano en París, y es que uno de mis grandes proyectos existenciales era el de recorrer el itinerario del protagonista de La calle de las tiendas oscuras, así como el itinerario de Dora Bruder, ambos por la ciudad de París. Y por qué pensaba esto no lo sabré hasta que lo haga. Aunque la verdad, lo que se dice la verdad con respecto a Viena es lo siguiente en la página 152: ""Pero, para decir la verdad, debo sin embargo a la ciudad de Viena el haber llegado a la música, de la forma más ideal, debo decir." Y debe a Viena Rudolf el acceso a compositores como Mozart, Beethoven y Schubert (naturalmente, aunque le cueste trabajo a Rudolf enumerar entre Mozart, Beethoven y Wagner, ¿por qué Wagner? al gran Schubert, ¿acaso Schubert desmerece a estos?). Definitivamente tiene una relación de amor-odio con Viena: "... a esa ciudad a la que sin duda odiaba ya entonces y, como me consta, he odiado siempre, pero al mismo tiempo he querido más que a cualquier otra." Bernhard nos enseña cómo el amor y el odio pueden ser la misma cosa, una sensación que nos hace débiles, dependientes, frágiles, cuando no estúpidos. Sin embargo yo nunca odiaría a Jessica Alba, en serio.

9 .La verdad.
"La verdad es siempre lo más horrible, pero es mejor atenerse una y otra vez a la verdad que a la mentira, que mentirse a sí mismo. Pero no le telegrafié que se quedara durante meses, porque mi hermana en mi casa durante meses es un infierno". Díselo, demonios, no te cortes, hay que enfrentarse a la verdad, "y así se lo dije también, si estás aquí durante meses es un infierno, y entonces ella se rió." Bernhard usa la palabra infierno metódicamente, como un espejo de su propia existencia, porque él sabe positivamente que será un infierno esta casa aunque ella no esté. "La verdad es que había hecho los intentos más absurdos, por ejemplo me había sentado en la escalera que conduce del comedor al primer piso y había recitado unas páginas de Dostoievsky de El jugador, con la esperanza de poder empezar, gracias a esa medida, mi trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy, pero naturalmente ese intento absurdo fracasó, terminó con unos escalofríos bastante largos, y con que, durante varias horas, me revolví en la cama empapado de sudor." Analicemos. Rudolf intenta encontrar la inspiración en Dotoievsky y termina encontrándose contra un muro de desesperación. Le diría que leyera a Bernhard, es lo mejor para inspirarse, pero eso sería grotesco porque Bernhard no puede leer a Bernhard para inspirarse, se deglutiría a sí mismo. Inténtalo con otros autores: "Lo intenté con Pascal, luego con Goethe, luego con Alban Berg, inútilmente. " Es raro, el concierto para violín de Berg a la memoria de un ángel caído suele dar muy buenos resultados.

10. Publicar es absurdo.
Éste es uno de mis párrafos preferidos: "Pero siempre he tenido buen sentido para saber lo que hay que publicar y lo que no, aunque he tenido siempre la idea de que publicar es, en general, un absurdo, si es que no un crimen intelectual o, mejor aún, un crimen capital contra la inteligencia." Definitivamente para los que no publicamos esta declaración es una auténtica tabla de salvación. Estaríamos absolutamente perdidos, los que no publicamos, de no ser por el hecho de que pensamos que publicar es absurdo, cuando no sólo al pensar que no sólo nuestras publicaciones serían absurdas, en tanto que fueran publicados, sino también al pensar que, definitivamente, todos somos absurdos en nuestra total integridad, al margen de lo publicado o impublicado.

11. Las vidas del perro y del humano.
"En el fondo, la mente de Schopenhauer no determinaba su pensamiento, sino el perro de Schopensahuer, no era la mente la que odiaba el mundo de Shopenhauer sino el perro de Schopenhauer." En unos pensamientos que rozan la locura, Rudolf piensa que la identificación del ser humano con sus perros mascota llega a lo grotesco. Porque el hombre ama al perro porque es incapaz de amarse a sí mismo, y estamos hartos, cuando no cansados, de ver cómo los seres humanos se comportan con sus perros de manera, incluso diría yo, salvajemente humanamente, lo que resulta una total inmoralidad. Ahora, de ahí a que las ideas de Schopenahuer surgieran del perro de Schopenhauer va un trecho, o quizás no tanto, pienso cuando recuerdo el texto del filósofo sobre el amor y la muerte que leí hace unos meses.

12. El viaje a Palma.
La hermana de Rudolf suele dar buenos consejos: "Deberías hacer un viaje. Si no te vas pronto de viaje degenerarás, perecerás. Ya veo cómo, en uno de tus rincones, te vuelves primero loco y luego degeneras." Y es que Rudolf lleva año y medio sin realizar ningún viaje, y eso es mucho tiempo para él. De alguna forma odia y ama a la vez su casa de Peiskam, y salir de viaje en esos momentos, en los que no se siente con fuerzas, resulta una tarea totalmente agotadora, pero él sabe, en realidad, que es la única escapatoria que le queda. De hecho a partir de este momento el viaje a Palma de Mallorca se convertirá en el tema central de la novela. Rudolf y su internista: "Cuando, no hace mucho, pregunté a mi internista si yo podía pensar en viajar me dijo naturalmente, en cualquier momento, pero la forma en que dijo ese naturalmente me resultó siniestra." Y es que ya la propia palabra "naturalmente" esconde una siniestralidad sin parangón. Nadie dice naturalmente sin conocer las segundas intenciones de esa palabreja, la cual, por así decirlo, es una palabra que roba su significado a otras concepciones más honestas, pero que al ser utilizada en el modo adverbial con "naturalmente" encierra toda la hipocresía del lenguaje, porque naturalmente no hay nada que pueda realizarse naturalmente, y mucho menos naturalmente podrá sustituir de ningún modo a un sencillo sí, porque el internista dijo naturalmente en lugar de un sencillo "sí, puede usted ir de viaje", sino que dijo: naturalmente, y podíamos adivinar el gesto de dubitación del internista mientras pronunciaba la palabra naturalmente, como si estuviera diciendo "bueno, allá usted". He pensado mucho sobre este momento de la novela, naturalmente no he llegado a ninguna conclusión, aunque entiendo que Rudolf anduviera con la mosca detrás de la oreja e incluyera medicación para cuatro meses en su bolso de viaje, tanto Aldactone como prednisolon. La idea de Rudolf-Bernhard sobre los médicos es un poco tajante: "Los médicos no tienen conciencia, sólo hacen en nosotros sus necesidades médicas." Habrá de todo, supongo, mi hermana es muy buen médico. En la página 129 la cosa parece adquirir un cariz favorable: "Pero de repente todo habla sólo en favor de ese viaje y de Palma y de mi trabajo: afuera, afuera de Peiskam, realmente no me atrevo a decirlo, mientras que sin embargo me atrevo a pensarlo, hasta que acabe ese trabajo, posiblemente incluso lo termine por completo." Bueno, no te emociones Rudolf, ese trabajo no lo vas a terminar ni en Palma ni en el fin del mundo, eso tú, yo y cualquier lector lo sabemos ya de antemano (página 126 sobre las posibilidades del viaje: "Naturalmente, es posible también que todo resulte un engaño infame"). De hecho esta novela no trata sobre el trabajo de Mendelssohn, ni sobre tu enfermedad, ni sobre tu hermana, ni sobre tu viaje a Palma, a fin de cuentas, en realidad esta novela trata de un relato que será narrado al final justo de la novela, cuando ya creemos que la novela trata en realidad del trabajo inconcluso y del viaje a Palma y de todas tus fobias y obsesiones, cuando en realidad, he de decir con franqueza, no es así, y por eso es tan absolutamente genial y maravillosa esta obra de Bernhard a quien sin duda conoces pues sois como dos gotas de agua, señor Rudolf: "De marzo a diciembre, escribe Rudolf...", según empieza esta novela.

13. Romper con todo.
Bernhard aborda en más de una ocasión la idea de romper con todo como punto de inicio, como renovación obligada. Así en la página 79:"A menudo no nos damos cuenta de que, sencillamente, tenemos que arrancarnos con toda violencia y en un instante del punto al que estamos aferrados, para poder seguir existiendo." Y es absolutamente determinante el empleo de la palabra "aferrados", porque de alguna manera convierte la existencia en una cárcel de la que no podemos escapar, una existencia que está tan prefijada por las convenciones y por la ruta que hemos seguido que nos resulta absolutamente imposible escapar de ella. Y realmente dudo que Rudolf ni nadie pudiera escapar a esa existencia a la que estamos aferrados, y al menos sí Rudolf en cualquier momento, en definitiva, pues su condición de multimillonario le evita muchos trastornos mundanos (si bien Rudolf considera una maldición dicha herencia: "toda herencia paterna es mortífera", se lee en la página 113), y así él puede dedicarse por entero al trabajo intelectual, y a viajar y alojarse en los mejores hoteles de Venecia, Sicilia o Mallorca. Pero esto puede ser sin duda un arma de doble filo porque la única motivación para subsistir resulta ser ese trabajo intelectual tras el cual puede emerger el auténtico fracaso intelectual lo que supondría, y en el caso de Rudolf con mayor gravedad, un auténtico fracaso existencial en todas las dimensiones posibles. ¿Será ese viaje a Mallorca el verdadero punto de partida para una vida nueva, ese punto en el que comenzará -¡y finalizará!- el trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy? Pero uno no puede precipitarse: "Por otra parte, me decía, no debemos ceder enseguida a un pensamiento tan súbitamente surgido, adónde iríamos de esa forma." Muchas veces pensamos cosas casi sin pensarlas y enseguida las llevamos a cabo, lo cual puede ser un tremendo error, porque una vez llevadas a cabo no podemos volver a pensar en ellas como futuras actuaciones, y no podemos de ninguna manera pensar en no llevarlas a cabo, pues ya es demasiado tarde para ello. Rudolf ya tiene las maletas sacadas del arcón, lo que significa que su viaje a Mallorca es ya una realidad inexorable, y le aparecen las dudas ¿realmente está capacitado para realizar ese viaje? ¿Realmente piensa que alí terminará su trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy? En la página 105 recalca la importancia de esa rapidez de ideas: "Si no hubiera sido de decisiones rápidas (...) me hubiera quedado paralizado en un mismo y único lugar y hubiera degenerado." Pero vamos a ver, Rudolf, ¿decisiones sorpresivas o reflexionadas? ¿En qué quedamos? En la página 145: "Por viejos que seamos, esperamos siempre un cambio, me dije, una y otra vez un cambio decisivo, porque estamos muy lejos de tener las ideas claras." Lo que es lo mismo que decir que siempre estamos insatisfechos con lo que tenemos, sea lo que sea, siempre esperamos el cambio salvador, cuando en realidad sabemos que ningún cambio nos puede salvar porque la realidad está justo en nuestro cerebro, y ningún cambio puede operar a ese nivel de manera satisfactoria.

14. Abandonar Austria.
No son muy favorecedoras las reflexiones de Bernhard en torno a su país: "Si me voy, me dije en mi sillón de hierro, me iré al fin y al cab sólo de un país en el que, en el fondo, no tengo ya nada que hacer y en el que tampoco he encontrado nunca la felicidad." Aquí observamos como la silla de hierro es un elemento metafórico en el que Bernhard alude a la inmovilidad de la existencia -y con una cierta relación con el término "aferrado" comentado anteriormente, derivado posiblemente de "hierro". Es en realidad una silla de hierro en su residencia de Peiskam donde se sienta Rudolf, pero es a la vez esa fuerza que lo ata a su cotidianeidad, de modo que cualquier cambio amenaza de alguna forma su bienestar, un bienestar que es un infierno pero que él quiere ver como paradisíaco en el momento de una partida irremisible. La idea de cripta como residencia termina calando en el subconsciente de Rudolf, pues es un término empleado por su hermana para hundirlo, o en definitiva, para salvarlo igualmente:"De repente tuve el pensamiento refrescante de que, en el último momento, me catapultaba fuera de mi cripta, en el último momento de todos, y pensé que, por mucho que la maldijera, otra vez había tenido mi hermana la idea acertada."

15. El viejo de Niederkreut.
Definitivamente Rudolf es un insociable pero en alguna ocasión visita a un viejo ex militar para intentar apartar de sí la idea de viajar a Palma: "Levantó la tapa de la tetera, revolvió y dijo: todo está sumamente trastornado." Demonios, el viejo también está como una regadera. La idea del viejo con respecto a su herencia deja impresionado a Rudolf: "Por ello decidí hacer que me enviaran una guía de teléfonos de Londres. ¿Y con qué fin, cree usted?". Finalmente, y no sé por qué razón exactamente, la visita al viejo supondrá un impulso para que Rudolf parta de viaje a Palma.

16. Amistad.
Este Rudolf es un tipo muy raro pero llegó a tener amigos en un tiempo pasado: "Al fin y al cabo, durante años, había tenido a Paul Wittgenstein, el sobrino del filósofo, pero murió finalmente". Y esto lo conocemos todos los que hemos leído El sobrino de Wittgenstein. Si bien hay que decir que este Wittgenstein era también un tipo extremadamente raro. Y ya en la página 146: "Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya." Cuando tus amigos no han muerto han tenido la oportunidad de "evolucionar" y convertirse en tus auténticos enemigos o lo que es peor, en tus auténticos indiferentes, en todos los aspectos, y así, cuando te los encuentras compruebas con terror cómo no hay nada que os podáis decir: "Si nos los encontramos hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por tanto en el vacío." Yo corregiría al autor y pondría en lugar de "en el vacío": "al vacío", pues no hay nada que pueda respondérsele, es un monólogo con el vacío, y tú estás en ese vacío de sus vidas, porque no significas nada para ellos, y te preguntas incluso si alguna vez significaste algo para ellos, y lo que es peor, si ellos significaron algo alguna vez para ti.

17. El dilema.
"Pero ya ante la pregunta de si, además de los pantalones gris oscuro me llevaría unos marrón oscuro o unos negros me sentía en un dilema." No me extraña que no te decidas a viajar a Palma. ¿Untarle a la rebanada nocilla o mantequilla? Piensa en ello, no te vaya coger desprevenido cuando más lo necesites. El viaje tiene que retrasarse dos días. En esos días la cabeza puede dar mil vueltas, desechar la idea del viaje definitivamente unas mil veces. Aguantar esos dos días puede ser la clave. Arreglar los asuntos mundanos. Dar instrucciones a la empleada, ir al banco. Resistir, en definitiva, el paso de esos dos días. El miedo a la ridiculez es muy fuerte: "No puedo renunciar ahora y ponerme en ridículo, sobre todo ante mí mismo, convertirme ante mí mismo en bufón." En la página 144 todavía no ha salido de viaje: "Interiormente me defendía ya con mucha fuerza contra mi partida." Rudolf reflexiona -a falta de otra cosa mejor que hacer- sobre cuál es la verdadera desgracia del ser humano: "La desgracia de los hombres es al fin y al cabo que siempre se deciden por algo que en fin de cuentas está totalmente contra su voluntad, y cuando consideraba ahora mejor, sentado en mi sillón, mi abrupta decisión de dejar Peiskam atrás para volar a Palma, en donde al fin y al cabo tengo a las Cañellas en su palacio Borne...". Pero no es fácil determinar qué está contra nuestra voluntad y qué no, porque siempre hay factores a favor o en contra de una decisión y entonces ¿cómo medir el peso de cada uno de los factores? Lo mejor es, tras una decisión, buscar rápidamente los factores que favorecen la decisión ya tomada y olvidar los que favorecen la no tomada. Así será todo más fácil.

18. Perfeccionista.
"Al mismo tiempo tuve que decirme que siempre esperamos demasiado de todo, todo nos parece hecho demasiado poco a fondo, todo nos parece nada más que imperfecto, todo sólo tentativa nada perfección". Bueno, es que es así, salvo el ombligo de Jessica Alba y el primer movimiento de la sinfonía 36 de Mozart hay pocas cosas perfectas en este mundo -si bien Rudolf es más partidario de la Haffner (nº35) del salzburgués, con respecto a la anatomía de Jessica Alba no llega a pronunciarse-.

19. Las maletas.
Rudolf ha sacado dos maletas, una para la ropa y otra para los documentos de su trabajo intelectual sobre Mendelssohn. Pero ¿qué lecturas se llevara consigo Rudolf? "He metido en la maleta mi Voltaire, y mi Dostoievsky, una decisión acertada." Y yo me pregunto, ¿cómo saber por adelantado si será una decisión acertada o no? Hasta que no se encuentre en su lugar de destino con el libro en las manos no sabrá si la decisión fue acertada o no. Yo puedo decir que llevarme El rosa Tiepolo de Calasso a La Haya fue una decisión acertada, pero si me hubiera llevado El día de todas las almas de Nooteboom puede que hubiera sido una idea mucha más acertada. Hablar de Voltaire, de Mendelssohn,... todos muertos, no hablar nunca de Schnittke (su quinteto con piano del 76), Le Clezio (El diluvio, de 1966), vivos en el momento de publicar la novela, es un recurso muy usado por Bernhard, no enfrentarse al arte de su tiempo, no medirse con sus iguales, no dejar traslucir ninguna debilidad, en definitiva, huir de su tiempo, refugiarse en la historia del mundo.

20. (Descanso): la publicación de Hormigón.
Esta novela fue publicada en 1982 por Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, el mismo año que El sobrino de Wittgenstein y el quinto volumen de su autobiografía Un niño.

21. La enfermedad.
Vale, sabemos que Rudolf está enfermo, pero ¿qué fue antes la insociabilidad o la enfermedad?: "No sé si primero se presentó la enfermedad o mi repentina aversión hacia toda clase de reuniones, si primero se presentó mi aversión a ellas y, a partir de esa aversión mía, pudo desarrollarse la enfermedad, o si primero fue la enfermedad y, a partir de esa enfermedad, se desarrolló mi aversión hacia esa sociedad y hacia esas reuniones y hacia la sociedad en general, no lo sé. " ¿Que no lo sabes? Lee Tala de Thomas Bernhard, a ver si ves la luz. Cuando llega a Mallorca en seguida se da cuenta de que su enfermedad corre peligro, más bien él corre peligro, a pesar de que ha pasado de los 18 grados bajo cero de Peiskam a los 18 sobre cero de Mallorca: "Hice bien en permanecer en cama, con las cortinas corridas, todo el día que siguió a mi llegada. No había ni que pensar en deshacer las maletas." Me hice a la idea de la situación. Recién llegado a la ciudad extranjera, encerrado en la habitación, sin salir para nada, una locura. Me imaginaba recién llegado a La Haya, ávido de aventuras y de obras de arte y encerrado en definitiva en el hotel sin poder salir, ¿quién puede soportar eso? Pero Rudolf pensaba que tan drástico cambio de clima sólo podía pasarle factura y agudizar la gravedad de su enfermedad. La enfermedad termina siendo el centro de su existencia, eso es inevitable, de modo que hasta la ineficacia de su trabajo intelectual queda justificada por la dichosa enfermedad: "Y una pequeña corriente de aire basta para hacerme guardar cama durante semanas, por eso vivo, al fin y al cabo en Peiskam, la mayor parte del tiempo, con miedo a enfriarme, y ese miedo a enfriarme, que raya en la locura, es probablemente también la causa de que me cueste tanto comenzar cualquier trabajo intelectual bastante largo." Rectifiquemos: no raya en la locura, la sobrepasa con creces.

22. El porqué de este comentario, y de su naturaleza.
Después de leer el primer tomo de El hombre sin atributos de Robert Musil me sentía intelectualmente bloqueado. Como siempre que me sucede esto recurro al bueno de Bernhard. Así que decidí releer Hormigón y hacer un comentario como hacía con otros tantos títulos en mi blog. Mientras leo utilizo unos adhesivos de colores con los que marco los párrafos que luego voy a citar en mi comentario. Al poco de empezar me di cuenta que estaba marcando párrafos en casi todas las páginas de la novela (199 en total). Luego fui elaborando el comentario utilizando aquellas citas y me di cuenta que yo mismo ponía capítulos a mi comentario, unos capítulos temáticos inexistentes, por supuesto, en la obra de Bernhard, la cual es absolutamente lineal y sin puntos y aparte. Vi que los capítulos cobraban vida conforme avanzaba en la edición de los párrafos señalados, así cada uno se iba a su capítulo casi sin ayuda por mi parte. El comentario tenía vida, se estaba adentrando en el libro de Bernhard. ¿Por qué hice esto? No lo sé, pero algo me decía que el mundo de los comentarios de novelas estaba absolutamente muerto, que la crítica literaria estaba muerta, que los comentarios debían ahondar en la obra, que debían, de alguna forma, dialogar con esta obra, con el autor, consigo mismo. Más tarde advertí de las proporciones que estaba adquiriendo el comentario y un gran cansancio se adueñó de mi. Un libro que había leído en un par de días estaba suministrando el mayor comentario que yo había escrito. Pensé en el comentario que debería hacer entonces para El hombre sin atributos y decidí que nunca más leería un libro y que sólo escucharía música, aunque fuera de Mendelssohn.

23. Mendelssohn y no otro.
Rudolf está preparándose para escribir un trabajo intelectual sobre Mendelssohn. Ya antes ha hecho intentos con Reger, Bach y Nietzsche pero siempre ha fracasado. Esta vez lleva diez años recopilando material. Incluso ha fotocopiado cartas encontradas en Venecia y otros sitios. Se está preparando a conciencia. Vale, tiene problemas con la primera frase pero ¿quién no los tiene? Vale también que con Viena tiene una extraña relación de amor-odio, una relación muy parecida a la que le une con su hermana, y fue precisamente en Viena donde descubrió la música de Mendelssohn: "Y por primera vez escuché en Viena una obra de Mendelssohn Bartholdy, a saber, Los cómicos ambulantes, en la sala de la Musikvrein, una obra y una interpretación que tuvieron en mi un efecto fundamental." Y resulta absolutamente demencial que Rudolf se fijara en la música de Mendelssohn precisamente con esa obra, ópera cómica en 3 actos de 1822, compuesta cuando Mendelssohn tenía 21 años, una obra que ni siquiera he podido escuchar, una obra de la que apenas existen grabaciones y que no es representada ni mucho menos con asiduidad. Es decir, no se quedó deslumbrado por la tercera sinfonía Escocesa de Mendelssohn , ni con la cuarta sinfonía italiana de Mendelssohn, ni con el concierto para violín de Mendelssohn, ni con el octeto de Mendelssohn, a la sazón mis obras favoritas de Mendelssohn, sino con esa ópera extraña que nadie había podido escuchar, creo que ni siquiera Rudolf podía haber escuchado en resumidas cuentas. La música salva en definitiva a Rudolf, cada vez, y más concretamente Mendelssohn, quien, en definitiva y sin duda alguna, también terminará destruyéndole a causa de ese trabajo intelectual por él llamado y que nunca podrá llegar a concluir: "Además, de repente había comprendido también que, salvo la música, nada en el mundo me atraía en mayor grado y que, por ello, todo, salvo la música, carece en mí de sentido." Quise hacer mías estas palabras de Rudolf, para mi lo único que tenía sentido era la música, bueno, la música y Jessica Alba. La verdad es que como Mozart no hay nadie: "¡Qué sería de todo sin la música, sin Mozart!" (...) Precisamente Mozart es para mi trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy el más importante, a partir de Mozart se me aclara todo, pienso, tengo que partir de Mozart." Al menos esto está quedando meridianamente claro, Mozart es el mejor, pero ¿por qué es lo más importante para el trabajo sobre Mendelssohn? Demonios, ¡que hubiera hecho un trabajo sobre Mozart directamente! Definitivamente Rudolf piensa que la música es lo que le salva en el último momento pero está en un error. No es la música lo que le salva sino Mozart. Mozart salva a Rudolf, no la música, porque una cosa es la música y otra muy distinta es Mozart.

24. Las personas sencillas.
"Las llamadas personas sencillas son en verdad las más complicadas y cada vez me resulta más difícil entenderme con ellas, en los últimos tiempos he interrumpido casi totalmente mi trato con ellas, desde hace ya mucho tiempo no me resulta posible el trato con las personas sencillas, es superior a mis fuerzas, con las personas sencillas no sé ya cómo comportarme." Kienesberger es su empleada del hogar: "Tiene tres hijos y a veces me cuenta, de pie en el vestíbulo, la historia de sus vidas, cómo se desarrolla su prole, qué enfermedades tienen, qué torturas tienen que soportar en el colegio, qué se ponen para ir en trineo, cuándo se duermen y se despiertan otra vez...", en definitiva, su relación con la Kienesberger es la relación que tienen dos personas sencillas, no hablan de trabajos intelectuales ni de músicas trascendentes, ni de nada de eso, simplemente pueden hablar de si llevarse un pantalón gris o marrón, un dilema muy común entre las personas sencillas, ¿no será Rudolf en definitiva una persona sencilla igualmente? Acaso las personas sencillas no son capaces de observarse a sí mismas como sí lo hace Rudolf: "...si es que no quiero calificarme a mi mismo de observador de mí mismo, lo que sin embargo es una tontería, porque soy mi observador, me observo realmente a mí mismo desde hace años, si es que no desde hace decenios ininterrumpidamente, no vivo más que en la observación de mí mismo y en la contemplación de mí mismo y como es natural, por ello, en la maldición de mí mismo, de negación de mí mismo y escarnio de mí mismo, en el que, en definitiva, tengo que refugiarme siempre para salvarme." Pero vamos a ver, Rudolf, ¿cómo hemos llegado desde la observación de uno mismo al escarnio de uno mismo, y desde aquí a la salvación de uno mismo? A no ser que nos observemos únicamente cuando estamos fracasando, cuando estamos siendo aniquilados, con lo cual nuestra acción de observar se convierte simplemente en una constatación de lo inevitable, en una contemplación de lo que no puede someterse a nuestra acción reparadora, y de ahí a la salvación no hay más que un paso pues la observación del mal producido siempre alivia ese mal, aunque sea de forma muy retórica. Hay que tener cuidado con los vecinos, pueden ser las personas sencillas más malvadas que existen: "Los vecinos, pensé, me consideran desde hace muchos años loco, ese papel, porque se trata de un papel en este teatro más o menos insoportable, me está inmejorablemente cortado a la medida." Aquí Bernhard admite cómo la vida no es más que un teatro -no olvidemos que Bernhard es, ante todo, un autor teatral-, entonces ¿quiénes actúan mejor, las personas sencillas o las personas que realizan trabajos intelectuales inacabados? Las personas no sencillas tienen luego verdaderos problemas de identidad, de autoestima, de dudas existenciales: "Al final se sientan en un sillón, en algún sillón de orejas, y se inventan una existencia, que han existido y que, sin embargo, no tiene que ver lo más mínimo con su propia existencia." Eso es como todo..., que se dice en mi pueblo cuando algo es incomprensible y no tiene nada que ver con ninguna otra cosa. Bueno sí, nos inventamos nuestra propia existencia, nuestros propios recuerdos, ¿y qué? ¿qué mal hacemos? Vale, soy un escritor de culto y mi novia es Jessica Alba, ¿qué pasa? "Siempre hablábamos de ideas claras, pero nunca tuvimos ninguna, no sé de dónde viene esta frase, quizás de mí mismo, pero la he leído en alguna parte, quizá se encuentre algún día entre mis notas." Veamos dónde ha podido leer Rudolf semejante atrocidad. Nadie habla de ideas claras, nadie puede tener ideas claras, todas las ideas son confusas, aproximadas, en realidad la idea se desvirtúa en cuanto a su posible materialización, dejan su estado vital de entelequia para convertirse en algo material e impuro, entonces las ideas no pueden ser claras en absoluto, en el momento en que una persona sencilla se acerca a esa idea e intenta comprenderla la idea se desnaturaliza ¿verdad Rudolf? ¿qué piensas en tu sillón de hierro? ¿Desharás las maletas y no viajarás a Palma? ¿que ya estás en Palma y saldrás a sentarte en una terraza a tomarte un vaso de agua? no hagas tanto gasto, Rudolf. De cualquier forma es evidente que cuando Rudolf se refiere a las personas sencillas él queda excluido de este grupo de personas. No sabemos exactamente a quiénes ni por qué llama "personas sencillas".

25. Hormigón. El relato.
El relato propiamente dicho de la novela, el relato al que conduce toda la novela en definitiva, cuando creemos que la novela en su totalidad no es más que un ejercicio de misantropía de Rudolf y del propio Bernhard, aparece a partir de la página 164. Cuando Rudolf llega por fin a Palma y consigue salir del hotel y se sienta en la terraza de un bar recuerda un suceso acaecido dos años atrás, durante su última estancia en Palma. Este relato podría llamarse "La trágica historia de Anna Härdtl". El desarollo de esta histoira y su contenido no van a ser explicados en este comentario por motivos obvios. Anna Härdtl es una joven que se para ante la llamada del propio Rudolf: "riéndome por algún motivo que ya no recuerdo, por la avenida de plátanos, y pronuncié el nombre de Anna". Vale, Rudolf va por Andraitx con la menor de las Cañellas, que toca el piano, y da una voz llamado a una tal Anna, y no sabe por qué lo ha hecho pero de repente se vuelve una joven que dice llamarse así. Entonces toman un café juntos los tres y ella les cuenta su horrible historia. ¿Por qué no habrían de ser así las cosas? Las personas sencillas se manifiestan de esa forma tan pintoresca. Aquí vemos al Bernhard insociable. Es como si dijera, qué pasa, no trato con nadie porque para hacerlo ¿qué debería hacer? ¿gritar el nombre de cualquiera en medio de la calle para ver si se vuelve alguien para así tomarme un café con ella y darle oportunidad de que me cuente alguna historia horrible de su pasado reciente?
Esta chistoria va a trastocar definitivamente todos los planes de Rudolf en cuanto a la terminación de su trabajo intelectual: "Hubiera debido concentrar todas mis energías en mi Mendelssohn Bartholdy, pero mi pensamiento en ese trabajo mío se me había olvidado ya a causa de la tragedia de la Härdtl."

26. Hormigón: el título.
Iba yo acabando ya la novela, adentrado de lleno en el relato de Anna Härdtl cuando me pregunté a mí mismo el porqué del título de la novela de Thomas Bernhard. Me dije, cómo les cuento a mis lectores el porqué del título de esta novela de Thomas Bernhard, Hormigón. Vemos entonces varias referencias "hormigónicas".
26.1. página 175: "Cuando abría la puerta del armario, dijo, veía el exterior, porque la parte de atrás del armario no era más que el muro de hormigón agrietado por la intemperie, no más espeso de diez centímetros."
26.2. página 176: "Sobre el hormigón, debajo del balcón, había un cadáver, cubierto con una manta."
26.3. página 177: "... cadáver contra cadáver, con una Isabella Fernández muerta una semana antes, en uno de esos cajones de hormigón que sirven de sepultura, a una altura de siete pisos, y son necesarios y corrientes en los países meridionales, por falta de sitio."
26.3. página 184: "Vivir en el Zenith es de lo más deprimente, tomar el desayuno en un llamado comedor pestilente, con muebles de plástico rotos y sucios, que es un sótano oscuro y sin luz y con ancianos y ancianas ya extinguidos que se arrastran penosamente con muletas, y disfrutar de la vista del mar contemplando los infranqueables muros de hormigón de las altas casas de alquiler que se alzan a sólo cinco o seis metros de las ventanas."
26.4. página 185: "Anduvimos entre dos muros de hormigón, construidos a sólo metro y medio el uno del otro y evidentemente por dos propietarios, nos abrimos paso por decirlo así y de repente nos encontramos en un lugar desde el que podía verse el balcón".
Estas son las referencias más claras a "hormigón" al final del texto. Sin embargo estas menciones creo que no encierran el verdadero significado del título que, sin duda, alude simbólicamente al aislamiento de Rudolf con respecto al mundo exterior, y a ese muro de hormigón que le separa de él. De todas formas es paradigmático que los "hormigones" acudan al texto justo en la parte final del relato para llegar a ser un personaje más dentro del relato de Anna Härdtl. De aquí podemos concluir que realmente Hormigón es el título del relato final, y esas menciones de la palabra hormigón así lo demuestran. Consigue Bernhard un equilibrio perfecto entre el simbolismo (hormigón como barrera social) del relato interior de la primera parte (en realidad 3 cuartas partes de la novela) y el relato narrativo a la vieja usanza en forma de cuento con presencia del hormigón en distintos lugares de la acción, como un personaje que no sólo aisla sino que también actúa como espectador inerte de la tragedia. Se establece un balance -algo desequilibrado en contenido, eso sí- entre realidad subjetiva (el pensamiento de Rudolf) y realidad objetiva (la historia de Anna Härdtl).


27. Los personajes.

27.1. Rudolf, el personaje central. Es realmente curioso cómo el nombre del narrador en primera persona aparece únicamente en la primera frase del texto y en tercera persona: "De marzo a diciembre, escribe Rudolf, como hay que decir en este contexto, tenía que tomar grandes cantidades de prednisolon". En la misma oración Bernhard utiliza la tercera persona del singular para pasar inmediatamente a la primera, provocando una concomitancia de personalidades que acercan al lector a la figura paroxística del protagonista. Es una forma de presentación indirecta, sutil pero eficaz. Sin darse cuenta el lector toma la voz inicial como la del narrador inequívoco que a la vez ha sido presentado. Bien podía haber comenzado diciendo: "Me llamo Rudolf, escribo de marzo a diciembre...". Pero Bernhard prefiere gesticular poéticamente sobre la personalidad del narrador. No recuerdo haber leído nada parecido en ningún otro autor.

27.2. La hermana de Rudolf. No conocemos su nombre. Acaba de marcharse cuando Rudolf comienza a escribir sus notas. Es una referencia inexcusable para Rudolf. La ama y la odia, aunque no sabemos si a partes iguales. En un momento determinado llega a emocionarse Rudolf cuando ella le dice por teléfono que se cuide antes de su viaje a Palma. De alguna forma nos hace ver el lado más humano de Rudolf. Pero nosotros nos quedamos un poco incrédulos. No nos imaginamos a Rudolf emocionándose sinceramente.

27.3. El viejo de Niederkreut. Antes de marchar de viaje a Palma Rudolf visita a este viejo. Después de estar con él su decisión de ir de viaje se afianza definitivamente. Nosotros no entendemos el porqué. El viejo simplemente le ha contado su idea con respecto a su testamento. Lo dejará todo a una desconocida escogida al azar en una guía de Londres. "El anciano de Niederkreut me había abierto de repente los ojos, que tanto tiempo había tenido cerrados."

27.4. Sarah Slother. Es la afortunada heredera del viejo de Niederkreut. No sabemos nada de ella. El viejo de Niederkreut tampoco sabe nada de ella. Tampoco sabemos por qué eligió el viejo una guía de teléfonos de Londres y no de otra ciudad. Hay algo que sí podemos saber de Sarah Slother. Vive sola. Al menos no está casada, de lo contrario el teléfono estaría a nombre del marido, pensamos. Puede ser una persona mayor, muy mayor, puede que muera incluso antes que el viejo Niederkreut, pero eso no nos preocupa. Vive en Knightsbridge 128. "Si lo pensamos bien, la verdad es que no podemos legar nada a una sola persona que conozcamos, dijo", el viejo.

27.5. La Kienesberger. Es la empleada del hogar de Rudolf. Lleva con él los diez años de estancia en la residencia paterna de Peiskam. Por momentos mantiene con ella una relación más o menos normal, propia de personas sencillas. "Lo hablas todo con la Kienesberger y vas al internista y coges todos los medicamentos necesarios y los guardas en la maleta y desapareces." Con la Kienesberger tiene una relación de total confianza, deja la casa de Peiskam a su cuidado.

27.6. La pequeña de los Cañellas. Es la hija menor de sus amigos los Cañellas de Palma de Mallorca. Estudió piano con el famoso Wührer en Viena. Al final de una noche Rudolf ¡baila con ella! "La menor de las Cañellas, chica inteligente; que entretanto ¡a los veinticuatro años! ha conseguido ya dar un concierto de Chopin en Zaragoza y otro en Madrid, y ser invitada ya a los Festivales de Slazburgo, me propuso ir hasta las cercanías de Inca, para cenar allí. Recuerdo que estuvimos hasta las dos de la madrugada y que, lo que no había hecho desde hacía más de veinte años, bailé con ella." Alguna precisión, Rudolf, si esa chica es inteligente ¿qué hace contigo hasta las dos de la madrugada? Y otra más: si hacía más de 20 años que no bailabas ¿no sería por algo?

27.7. Anna Härdtl. Es la chica a la que Rudolf llama sin querer en Palma cuando estaba con la menor de las Cañellas. Es la joven alemana que cuenta a Rudolf y a la Cañellas su historia y que compone el relato final en Hormigón.

27.8. Mendelssohn. El tema central del trabajo intelectual de Rudolf. No es el primer trabajo intelectual de Rudolf pero sí parece que va a ser el último, inconcluso como todos los anteriores sobre Bach, Berg, o Reger.

27.9. Otros: más que personajes presencias invocadoras o lugares epicéntricos: Dostoievski; Isabella Fernández; el marido de Anna Härdtl; Mozart; Viena; Palma; Peiskam; la enfermedad de Rudolf (morbus boeck); el perro de Schopenhauer; las maletas de Rudolf; el frío de Austria; el viaje a Palma; Paul Wittgenstein.


28. Resumen de la trama (para quien quiera saltarse los 27 puntos anteriores).

Rudolf está enfermo. Prepara un trabajo sobre Mendelssohn durante años y parece que va a empezarlo de una maldita vez. Planea un viaje a Palma de Mallorca. Tras la marcha de su hermana de Peiskam Rudolf visita al viejo de Niederkreut. Finalmente se va a Palma tras dejarlo todo listo con la empleada del hogar y con el internista. Allí recuerda cómo dos años antes junto a la menor de las Cañellas había conocido a una joven alemana que les cuenta una trágica historia. En esta última visita a Palma Rudolf cierra el círculo de esa historia y no comienza el trabajo intelectual sobre Mendelssohn.

miércoles, 14 de abril de 2010

Los comebarato, de Thomas Bernhard


Die Billigeser. Traducción de Carlos Fortea.


Debe ser ésta una de las pocas ediciones de un libro de Thomas Bernhard que no esté traducido por Miguel Sáenz. La verdad es que no percibo gran variación entre el estilo Bernhard-Sáenz y el Bernhard-Fortea, lo cual me lleva a la conclusión, por así decirlo, de que estamos ante, simplemente, el estilo Bernhard, naturalmente. Los comebarato es una novela corta en la que aparece el genio de Bernhard en todo su esplendor. Para situarla un poco dentro de su producción diremos que los datos de la primera edición son Suhrkamp Verlag, Frankfurt Am Main 1980, Alle Rechten Vorbehalten, y el ejemplar que tengo es de 1989, editado por Cátedra y la ilustración de la cubierta es de Dionisio Simón. Digamos pues que es posterior a su obra maestra Correción, de 1974, pero anterior a sus obras maestras El malogrado de 1983, y Tala, de 1984. Encontramos entonces a un Bernhard en el momento más genial de su obra. Los comebarato son un grupo de comensales que se reúnen diariamente en el comedor denominado CPV (Comedor Público de Viena) y escogen siempre el menú más barato. A ellos se les une el protagonista de la novela, un tipo dedicado a la vida espiritual únicamente y que se llama Koller. Koller perdió una pierna en un incidente con el perro de un vecino. Desde entonces disfruta de una pensión vitalicia que le permite dedicarse a su vida espiritual y a la elaboración del trabajo de su vida, Fisionomía. Para Koller el acercamiento a los comebarato, que son cuatro y de los cuales sólo se hablará uno por uno al final del texto, supone la culminación del capítulo más importante de los cuatro de los que se compone su tratado Fisionomía y que se llamará, naturalmente, Los comebarato. De tal forma que los otros tres capítulos quedan absolutamente eclipsados por el capítulo Los comebarato, y de tal forma que se desconoce por completo el contenido de esos otros tres capítulos de su estudio Fisionomía. Es una idea recurrente en Bernhard el que sus personajes se dediquen por completo a la elaboración de un estudio, tal y como apunta acertadamente el propio Fortea en el suculento prólogo de esta edición (unas 50 páginas que constituyen la tercera parte del libro) y que es uno de los pocos textos biográficos que he podido leer en los libros de Bernhard -por no decir el único. Así, que yo recuerde, Konrad en La calera realiza un estudio infinito sobre el oído humano, y Roithamer en Corrección, intenta crear un cono perfecto en el medio geométrico del bosque, Rudolf un estudio sobre Mendelssohn en Hormigón. Pero resulta que después de un buen número de páginas la voz narradora en primera persona toma posesión de la novela y se refiere a Koller como su amigo y relata el momento en que éste le invita al comedor habitual del narrador, el Auge Gottes, que Koller odia, pero al que no tiene más remedio que acudir para contar a su amigo el narrador el contenido del capítulo de Los comebarato de su obra Fisionomía. Koller es una persona básicamente espiritual, una persona "con el que con el tiempo ya sólo se podía constatar, total y exclusivamente, el interés por el pensamiento. Hay que decir que, naturalmente, el trato con una persona semejante es imposible a la larga." Y habría que añadir que el trato con cualquier otra persona es igualmente imposible a la larga, en una declinación del pensamiento de Bernhard que deja absolutamente indefenso a todos sus seguidores frente a la vida diaria y frente al drama humano de la existencia.
Y eso puede suceder porque nadie en realidad pretende ser entendido, nadie pretende en realidad ser soportable a la larga: "él no era un hombre al que otros pudieran aproximarse de forma natural, él mismo fue durante toda su vida un impedimento fundamental para cualquier relación humana, y existía por este hecho, lo contrario habría tenido que debilitarle inevitable y sensiblemente, y en última instancia, le habría aniquilado."
Bernhard no parece estar muy conforme con el sistema educacional austriaco, o bien mundial. Ya uno de los comebarato presumirá en ocasiones de tener estudios superiores sin ser cierto, de hecho el narrador alude a una secreta ilusión que contiene todo ser humano y que nunca se llevará a cabo, de forma que esta ilusión secreta terminará dándole la vida o bien aniquilándolo. Así Koller ha dedicado gran parte de sus energías a "defenderse del Insitituto y de sus mecanismos de destrucción, de la escuela en sí, que, dirigida contra la naturaleza de cada individuo, sólo destinada a disgregar la naturaleza de cada individuo y a destruirla y a la larga aniquilarla." Yo sospechaba que esto era así, que el Instituto pretende aniquilar nuestra existencia, de ahí los sueños recurrentes con exámenes nunca preparados y frente a profesores siempre odiados -así Kovalski.
La vida como regalo indeseado, del cual son últimos responsables evidentemente los padres de Koller, es otra de las obsesiones de Koller: "Sus llamados padres nunca habían tenido derechos sobre él, incluso se habían sustraído toda la vida al sentimiento de culpa por haberle engendrado, cometiendo con ello el doble crimen paterno."
Koller tiene claro que es necesaria una inquietud espiritual, en su caso, la elaboración del estudio Fisionomía, para poder subsistir, y de alguna forma le sorprende que no todo el mundo elabore su propio estudio Fisionomía:"Siempre le había horrorizado el hecho de que la mayoría de la gente consumía muy pronto su patrimonio espiritual, y de golpe y de la forma más repentina se encontraba ante la nada y tenía que seguir vegetando el resto de su vida con lo que él llamaba mínimo existencial espiritual."
En definitiva Koller debe dar las gracias de haber sido atacado por el perro ya que este incidente ha provocado su total ruptura con la sociedad y ha facilitado su práctica reclusión humana para poder elaborar su estudio e ir a comer cada día al CPV con los comebarato. Es significativo que el narrador y Koller se conocieran, ya en la época del colegio, cuando un día coincidieran en la farmacia del barrio. Desde entonces Koller siempre estimó la amistad del narrador, quien, en última instancia, era, en definitiva, el único amigo de Koller que lo aguantaba, que aguantaba sus desplantes, sus ataques, por así decirlo, físicos, y sus injurias, de forma que en algún punto de su ser el narrador creía conveniente continuar con la amistad de Koller.
Hay dos escenas de una hilaridad patética. Cuando Koller entra por primera vez después del incidente en el CPV intentando pasar desapercibido, y cuando se dirige hacia el Auge Gottes con el narrador. Es un relato sobre la amistad, sobre la incomprensión humana, sobre la futilidad de la vida de los demás, sobre el prisma absolutamente demencial que nos proporciona nuestra perspectiva de los hechos, de las personas y de los comedores públicos.
El fin no puede ser de otra forma en una novela de Bernhard. Creo que no sorprendo a nadie si adelanto que el estudio Fisionomía nunca será finalizado. El trabajo intelectual permanecerá inacabado, como sucede en todas las novelas de Bernhard. Es Los comebarato una obra magistral de la literatura y del pensamiento humano que nos obliga a tomar notas casi cada página ante la avalancha de ideas geniales y -me temo que resueltamente acertadas- descorazonadoras para con el alma humana.

viernes, 29 de enero de 2010

El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard


Wittgenstein Neffe. Traducción de Miguel Sáenz.

Algunos autores dicen que ésta novela de Bernhard podría ser su sexto volumen autobiográfico después de El origen, El sótano, El aliento, El frío, y Un niño, ya que narra su estancia en un pabellón para enfermos pulmonares donde se recupera de la extracción de un tumor en medio del cuello. Pero el verdadero protagonista de la novela es el sobrino del célebre filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, Paul Wittgenstein, quien se convirtió en la gran amistad de Bernhard. Paul Wittgenstein era un loco pero también era un filósofo, al igual que su tío Ludwig, que era un filósofo y que también era un loco, con la salvedad de que Paul exteriorizó su locura y retrajo su filosofía y Ludwig exteriorizó su filosofía y retrajo su locura, por así decirlo. Bernhard se encontraba en el hospital de Steinhoff, en el pabellón Hermann, donde se curaban los enfermos del pulmón, y muy cerca estaba el pabellón Ludwig, donde verdaderamente se curaban o empeoraban al máximo los enfermos mentales, y la providencia hizo que él ocupara el pabellón Hermann justo cuando su amigo Paul ocupaba el pabellón Ludwig. Y resultaba muy casual que el pabellón de enfermos mentales Ludwig se llamara igual que el tío de Paul. Las grandes inquietudes de Paul Wittgenstein eran la música -de la que sabía más que nadie-, y las carreras de coches -lo cual resultaba absolutamente inapropiado para una mente privilegiada como la suya. Así, Paul Wittgenstein y Thomas Bernhard podían hablar durante horas de la sinfonía Haffner de Mozart así como podían no hablar durante horas de nada, y de hecho nunca hablaron del tío filósofo de Paul ni de su Tractatus logicus, lógicamente. Fue Paul Wittgenstein su único amigo que le acompañó a la recogida del premio Grillparzer, cuando los dos sabían que los premios aniquilaban a las personas y que la simple aceptación de un premio aniquilaba a la persona en sí. Y fue en esa ceremonia donde nadie reconoció a Bernhard, y éste junto a su amigo Paul Wittgenstein y el gran amor de Bernhard se sentaron en medio de una fila, y así luego el director de la ceremonia tuvo que ir hasta el centro de la fila levantando a todos los asistentes hasta que al final le dijo a Bernhard que debía estar más adelante, junto a la ministra, y al final Bernhard simplemente aceptó cuando en realidad nunca debía haber aceptado porque las formas y la situación así lo demandaban. O también cuando Thomas Bernhard recogió el premio nacional de literatura en Austria y cómo después del breve pero intenso discurso de Bernhard en el que dijo que todos moriríamos indefectiblemente y ante la atónita mirada del ministro que levantó el puño y comenzó a injuriar a Bernhard así como todos los asistentes que siguieron al ministro abandonando el lugar, y cómo al final se quedó solo Bernhard con su amigo Paul y su amor de toda la vida. Estas dos anécdotas acerca de recogidas de premios deben figurar en su nueva publicación en España Los premios, lo que no sé si en versiones nuevas o extractadas de este libro y creo recordar que también en Maestros antiguos aparece alguna de estas anécdotas, y donde me parece que también se relata, como en esta novela, el episodio en el que Bernhard y sus amigos recorren media Austria e incluso llegan hasta Suiza buscando un periódico de Zurich donde debía venir una crítica de la ópera Zaida de Mozart, y cómo al final no encuentran ese periódico ni por supuesto esa crítica, después efectivamente de recorrer cientos y cientos de kilómetros tras ese periódico y tras esa crítica a esa representación de la ópera Zaida de Mozart. En definitiva otra gran obra de Bernhard, en la que se muestra absolutamente certero y puntilloso, totalmente en desacuerdo con el mundo, la naturaleza, la cordura, y en favor de la ciudad, es decir, de la gran ciudad por así llamarla, y de la música, y de su amistad con Paul Wittgenstein, al cual, por cierto, terminaría evitando como un cobarde por neto instinto de supervivencia, cosa que Bernhard jamás se perdonaría.

domingo, 24 de enero de 2010

El malogrado, de Thomas Bernhard.


Der Untergeher. Traducción de Miguel Sáenz.

El proceso de relectura es una experiencia realmente estimulante y sorprendente. En este caso mi reencuentro con El malogrado de Thomas Bernhard no ha podido ser más afortunado e inspirador. La historia de 3 alumnos de Horowitz en el Mozarteum de Salzburgo, el narrador, Wertheimer (el malogrado) y el mismísimo Glenn Gould. Hay que decir que Bernhard parte de un Glenn Gould medio imaginario, pues Gould no recibió lecciones de Horowitz. Tampoco Bernhard utiliza algunos efectos biográficos de Gould que hubieran sido muy literarios, como bien apunta en el prólogo el traductor "oficial" al español de Bernhard, Miguel Sáenz ("la absurda silla de cocina que Gould utilizaba, su auténtico horror al contacto físico"). A través de su estilo convergente, repetitivo, prismático, reflexivo, Bernhard traza una auténtica radiografía de la relación entre los tres pianistas y sus al menos dos dramáticos finales (la muerte por extraña enfermedad de Gould, el suicidio de Wertheimer). Si bien el narrador pudo sobrevivir a las clases compartidas con Gould no fue así para Wertheimer quien sucumbió ante la gran genialidad de Gould, suicidándose finalmente frente a la casa de su hermana en una población suiza. A Wertheimer se le fueron torciendo las cosas, por un lado recibió una gran herencia multimillonaria, lo mismo para el narrador, quienes nunca necesitaron el dinero y poseyeron grandes propiedades en Suiza y en Viena, tanto el narrador como Wertheimer, luego Wertheimer fue abandonado por su hermana y finalmente Gould moría antes que él. Así, mientras el narrador regalaba su carísimo piano Steinway a la hija de un maestro, Wertheimer apenas pudo vender su Bösendorfer, en un momento en el que su arte pianístico ya no existía como pudo el narrador constatar en una visita a su casa en el campo en Traich, pues para entonces Wertheimer ya sólo aporreaba el piano, así fue desde que Gould murió pues la muerte de Gould absolutamente repentina (mientras interpretaba a Bach sobre el piano) dejó totalmente huérfano a Wertheimer quien ya no veía a Gould a pesar de que invitara a Traich al norteamericanocanadiense como así le llamaban. Y al poco de morir Gould Wertheimer tuvo que suicidarse, y tuvo que hacerlo frente a la casa de su hermana quien se había casado -inesperadamente con más de cuarenta años- con un empresario suizo multimillonario dejando absolutamente solo a Wertheimer quien no tuvo ya a su hermana para poder agarrarse a la vida. El narrador asiste al funeral de Wertheimer en Chur y después pasará por el mesón cuya patrona mantenía alguna relación con Wertheimer, Wertheimer que odiaba a todos y que siempre se había creído más cercano del distrito obrero que del distrito de los ricos en Viena, y así se paseaba por el distrito de los pobres en Viena disfrazado de pobre, por así decirlo, para regresar luego tras largas caminatas a su casa sin tener contacto en absoluto con nadie, así era Wetheimer quien no pudo superar la primera vez en que vio a Gould tocar en las clases con Horowitz. Ya desde el primer momento Wertheimer se dio cuenta de que Gould era un genio, y de que era el que mejor tocaba de todos los alumnos, incluso Wertheimer, y el propio narrador llegaron a pensar en aquellos primeros tiempos que nadie podía tocar las variaciones Goldberg como Gould, incluso llegaron a pensar que Gould tocaba mejor que el propio Horowitz, y que fue Gould quien determinó la genialidad de Horowitz así como Horowitz fue quien determinó la genialidad de Gould. Pero Wertheimer se colgó de un árbol, y cuando el narrador recibió la noticia de la muerte de Wertheimer en ningún momento pensó que Wertheimer se habría suicidado cuando era lo más lógico pensar, sin duda, que Wertheimer se habría suicidado. Y el narrador vivía tranquilamente en Madrid, la ciudad más maravillosa de todas, según sus palabras, y por fin había escapado de Viena, y de Austria, ese horrible país, presa del socialismo más corrupto, y había podido huir de los mesones austríacos, tan asquerosos en su inmundicia, más o menos así se expresa el narrador en El malogrado, de Thomas Bernhard. Y no es la historia de Glenn Gould, es un Glenn Gould casi sólo esbozado, con tintes realistas y tintes ficticios, sino que es la historia de la genialidad como destructora del ser humano, porque el propio Gould dejó de ser un ser humano para pasar a ser un pianista o un artista del piano como les gustaba a ellos denominarse, ciertamente detestaban el término pianista. Cuando Miguel Sáenz escribió a Thomas Bernhard para preguntarle por la traducción del título de El malogrado (Der Untergher, más o menos "el que se hunde") simplemente Thomas Bernhard no le contestó, y a lo mejor Bernhard vivía en Madrid en esos instantes, la única ciudad posible ya para él, lejos en cualquier caso de Austria, y por supuesto de Viena y Salzburgo, dos ciudades que ya nada tenían que ver con su pasado como dice el narrador en Der Untergeher. Thomas Bernhard cursó estudios de música, cantó en un coro hasta que le cambió la voz, y de alguna manera el narrador y el propio Bernhard le adjudican a Gould una enfermedad pulmonar que en ningún caso padeció Gould, aunque Glenn Gould murió de una extraña enfermedad y más tarde le fue diagnosticado el síndrome de Asperger. Y es que tanto el narrador como Wertheimer eran grandes virtuosos y podrían haber sido grandes concertistas de piano en el mundo entero pero eso no les interesaba porque a ellos sólo les interesaba ser el mejor y el mejor era simplemente Glenn Gould, con lo cual sus vidas digamos artísticas ya no tenían ningún sentido, así como el resto de su existencia consecuentemente. Y la idea de Gould de aislarse en una casa de campo y dejar de dar conciertos pudo provenir del propio Wertheimer que se había aislado en su casa de campo de Traich, de modo que Wertheimer influía sin saberlo en Gould mientras que Gould exterminaba a Wertheimer sin saberlo también como una vez le reconoció al narrador quien le dijo que él, Gould, había exterminado a Wertheimer con su arte mientras que Gould le respondió que no creía que eso fuera así, cuando ambos quizás estaban seguros de que era totalmente así, es decir, que el arte de Gould había exterminado a Wertheimer por completo y aún sin reconocerlo abiertamente había exterminado también el arte del narrador que tuvo que regalar su piano Steinway a la hija de un maestro que rápidamente destruyó el Steinway, cosa que el narrador consideró era la mejor forma de acabar con el Steinway. Cuando el narrador habla de su libro Sobre Glenn Gould todos pensamos que el narrador es Thomas Bernhard pero a veces pensamos que Bernhard es Wertheimer por toda esa historia de la residencia de caza y de la educación con su abuelo, y es el escrito que prepara el narrador Sobre Glenn Gould quien nos convence o al menos nos da la pista de la autenticidad de lo que estamos leyendo porque podría ser en algún momento que El malogrado fuera esa obra sobre Glenn Gould que el narrador dice estar escribiendo durante 14 años dice, pero que no pudo empezar a escribir realmente hasta que no vendió el Steinway, cuando se dio cuenta, por así decirlo de que su arte se había evaporado para siempre. Y el porqué el narrador decide ir a Traich después del funeral de Wertheimer, un funeral que sólo duró veinte minutos y al que sólo asistieron él mismo y su hermana con su marido, además del cura, y que fue a las cinco de la mañana para que pasara totalmente desapercibido, eso no lo sabía con exactitud el narrador, el porqué ir a Traich en lugar de seguir directamente hasta Viena y luego hasta Madrid, es decir, sin pasar por Traich, donde hablaría con la posadera y más tarde incluso en el pabellón de caza con Franz el guarda que le contó algunas cosas de Wertheimer, de su relación con su hermana, y de sus últimos días pasados allí en los cuales Wertheimer invitó a unos amigos músicos y que le destrozaron la casa, y también le contó más cosas, sobre todo acerca del nuevo piano que había comprado Wertheimer, que era de muy mala calidad y estaba totalmente desafinado, y finalmente allí mismo el narrador podría conjeturar qué fue lo último que decidió a Wertheimer a suicidarse, porque el camino emprendido en las ciencias espirtuales por Wertheimer así como el camino emprendido por el narrador en las ciencias filosóficas no les había salvado en absoluto al menos a Wertheimer que había terminado suicidándose a pesar de que fuera Wertheimer quien advirtiera al narrador de su debilidad, y cómo ninguno de los dos sabía que eran esas ciencias espirituales y esas ciencias filosóficas, es decir, el narrador desconocía qué eran esas ciencias filosóficas a las cuales se iba a dedicar después de fracasar totalmente como artista del piano, sobre todo después de escuchar a Glenn Gould en el Mozarteum y tampoco Wertheimer sabía bien qué eran esas ciencias espirituales a las cuales se dedicaría después de ser tachado por el propio Gould de Malogrado, un término que él desconocía en el momento de oírlo pero que pronto admitió ser el término más exacto para definirle, y por eso puede que Wertheimer destruyera todos los papeles escritos en el pabellón de caza de Traich y así el narrador no pudo nunca encontrar esos escritos sobre ciencias espirituales a los que Wertheimer había dedicado finalmente toda su vida. El malogrado es una de las últimas novelas de Bernhard, escrita en 1983, tras Hormigón y el sobrino de Wittgenstein de 1982, y antes de sus obras maestras Tala (1984), Maestros antiguos (1985) y la última e increíblemente perfecta Extinción (1986).

miércoles, 3 de junio de 2009

Relatos, de Thomas Bernhard


Nueva recopilación realizada por Miguel Sáenz -el traductor habitual de Bernhard al castellano- de Relatos de Thomas Bernhard para Alianza Editorial Biblioteca Bernhard, que si bien ya habían sido publicados en España, la verdad es que yo no conocía ninguno y deben estar descatalogados por completo. El primero es La gorra, en ella el protagonista busca al propietario de una gorra de carnicero que ha encontrado en plena calle: "Una gorra de visera, pienso, y ahora, de repente, tengo en la mano una gorra de visera como las que he visto siempre en la cabeza de los carniceros y los leñadores y los campesinos. ¿Qué voy a hacer con esta gorra? Me la probé y me estaba bien". Me reí mucho con los carniceros de Burgau y Parschallen: "Los carniceros de Burgau pagaban en Parschallen mejores precios que los carniceros de Parschallen, y a la inversa, los carniceros de Parschallen pagaban en Burgau mejores precios por los cochinillos que los carniceros de Burgau, de forma que los criadores de cochinillos de Parschallen, de siempre, vendían sus cochinillos a los carniceros de Burgau, y a la inversa, los criadores de cochinillos de Burgau, de siempre, sus cochinilos a los carniceros de Parschallen." El segundo relato es ¿Es una comedia? ¿Es una tragedia? En él Bernhard -digamos- se topa con un extraño individuo con zapatos de mujer a las puertas del teatro y cuya enigmática conducta encierra un suceso trágico en el pasado. "Sería realmente interesante saber -dijo- si en el instante en que nos dirigimos al ala suiza se representa en el teatro una comedia o una tragedia... Es la primera vez que no sé qué se representa. Pero usted no debería decírmelo...¡No, no me lo diga! No debería de ser difícil -dijo-, estudiándolo a usted, concentrándome totalmente en usted, ocupándome exclusivamente de usted, deducir si en el teatro se representa en ese instante una comedia o una tragedia." Midland en Stilfs nos habla del aislamiento, de la soledad, de la inadaptación... vaya, como casi todo Bernhard: "En verdad podemos contar con los dedos de una mano las personas que de cuando en cuando nos visitan como supuestamente deseadas pero también de esas personas deseadas tenemos miedo de que puedan visitarnos, porque tenemos miedo de todas las personas que pudieran visitarnos, hemos desarrollado un miedo intenso de que algún ser humano pueda siquiera visitarnos de pronto, aunque nada esperamos con mayor empeño que el que un ser humano, y a menudo pensamos: da igual qué ser humano, ¡aunque sea inhumano!, nos visite e interrumpa nuestro martirio de la alta montaña, nuestros ejercicios escolares parra hacer en casa durante toda la vida, nuestro infierno de soledad." Como dice Sánez en el prólogo Ungenach son palabras mayores, más bien una novela corta que un relato, y añade "A Bernhard a quien durante toda su vida preocupó, con tenacidad aldeana, la adquisición de propiedades, lo fascinaba la dispersión de sus propiedades a manos de los herederos. De Trastorno a Extinción, la inevitabilidad de ese desmoronamiento recorre el mundo novelístico de Bernhard." En este relato hay varias voces narradoras, Robert el protagonista y único superviviente, Karl, el hermano fallecido, y a partir de fragmentos, listas, cartas, se nos presenta este puzzle que no delatará todas las claves hasta el final del mismo. "Que todo fue siempre únicamente un intento de hacerse comprender, mientras que en Ungenach, junto a mis padres, y junto a mi hermano y junto a mi tutor y junto a todos los demás me consumía. O buen se matan súbitamente, porque no soportan ya el ritmo que aquí impera, o se consumen en una lectura demente. Es una vehemencia demente". El siguiente relato es el llamado Watten. Aquí estamos ante una de las obras maestras de Bernhard, al nivel de Tala, Corrección o Extinción, sólo que en miniatura. Un médico que ha sido expulsado de su consulta y se refugia en una barraca ha dejado de repente de ir a jugar su partida de Watten como cada miércoles a raíz del suicidio del papelero -uno de los jugadores habituales-. El carretero le hace una visita para convencerle de que se reincorpore al juego. "Es absurdo querer convencerme, le digo al carretero: no iré ya a jugar al watten, es imposible. Sin embargo se comporta como si y o no hubiera dicho nada. Sería hora de volver a ir a jugar al watten, dice. Siempre es lo mismo, estimado señor, se queda sentado y dice una y otra vez, con cortos intervalos, que debería ir a jugar otra vez al watten, y yo le contesto siempre: no, nada de watten ya." La historia del viajante que descubre el cuerpo del papelero es genial: "Un viajante pues, se hospedó en la posada y que se hospeda allí desde hace años, como usted dice, le digo al carretero, y al que yo, según usted, no conozco." El último relato, En la linde de los bosques, nos presenta a un Bernhard detectivesco. Un guardia destinado en Mülhbach observa la llegada al hotel de una pareja sospechosa mientras se debate en la escritura de una carta a su novia. "Conversé con la dueña, mientras escuchaba a los dos forasteros, lo escuchaba todo, y de pronto tuve la idea de que aquellos dos estaban violando la ley". Sus sospechas finalmente se descubren como bien fundadas.

martes, 14 de octubre de 2008

En las alturas, de Thomas Bernhard


Escrito en 1959, este librito de Thomas Bernhard es, creo, la primera novela que publicó el genio austríaco-holandés. Es la que me faltaba de sus 19 novelas. Aunque realmente no sé si denominarla novela. Es el libro más extraño de Bernhard. En cuanto a apariencia. La ordenación del texto obedece más a una estética poética que a una narrativa convencional, y el contenido de sus fraseos también. No existen los puntos y seguidos y en muchas ocasiones hila varias frases con sucesión de los dos puntos, con lo que consigue que cada frase sea la antesala de la siguiente. Con dificultad se puede concretar una especie de trama. Un hostal, un funcionario de los juzgados -o es un articulista especialista en asuntos judiciales-, una señorita -judía-, un catedrático -arruinado-, un bosque, una ciudad -odiosa-, un constante ataque al sistema y al ser humano..., vamos, que es Bernhard en toda su esencia, salvo que al ser un obra temprana aún no ha desarrollado su peculiar estilo tipo "apisonadora-narrativa". Está claro que la belleza subyace en cada anhelo humano: "El mundo se compone cada vez más de fealdades, pero eso no me asusta: la indiferencia y la fealdad juntos producen un estado en el que todo significa lo mismo". La desocupación puede volver loco a las personas: "ella me dice, ¿y cómo pasa las tardes? cuente usted, profesor, ¿qué hace esas tardes tan largas de Viena? ¿no son tardes francamente desoladas". Lo cotidiano y lo trascendental se dan la mano grotescamente: "Se me ha acabado el dinero, revulevo la leche en polvo en mi cuenco, escondido en el cuarto de baño, revuelvo y voy atravesando mis pensamientos de suicidio como un jardín exótico". El protagonista quiere pensar un poco en la existencia: "¿qué espera toda esa gente de mi, que me he decidido a trabajar, reflexionar para trabajar, y trabajar para reflexionar, qué quiere toda esa gente borrosa ante mis ojos?". Bernhard no tiene muchos amigos, eso es algo evidente: "las amistades, los conocidos te cansan, te molestan, te apartas de todos: transferir a su lamentable contradicción lo que temen: aburrimiento, desesperación ante su vida caduca"; o también: "como todo en ellos, exterior e interiormente, es como es debido, y seguirá siendo eternamente como es debido, me resulta imposible seguir teniendo aunque sea la relación más raída con ellos: para mi están tan muertos como yo estoy muerto para ellos". Pero Bernhard también puede estar enamorado, sí, qué pasa: "la locura de esa cantante que me ha atraído hacia ella, a la que me he rendido, a la que me he entregado en cuerpo y alma, rendido, entregado a todas sus fantasías de fama e inmortalidad, a su estupidez en la oscuridad de su alcoba". El profesor también quiere escribir una novela, aunque es demasiado exigente: "he pensado en mi libro, un libro requiere todos los pensamientos que se ha tenido nunca". Tiene dudas en esta empresa: "es un crimen empezar algo siquiera, todo es mentira, toda coma es mentira, todo es solo una horrible charlatenería, una insignificancia, una bajeza, una humillación para mi, pero me aferro a esos pocos pensamientos, y lo que importa es cada letra, lo que importa es cada letra y el reconocmiento de la estupidez". ¿Es la claridad una utopía?: "aclarar todas esas cosas poco claras, aclararlo todo, tomar el camino más corto hacia la claridad, no apartarse ya de ese camino más corto hacia la claridad". Párrafos de mucha actualidad: "todos los escritos y todas las conversaciones de la gente están llenos de su concepción del mundo: imagen mundial, federación mundial, histeria mundial, crisis mundial, bancarrota mundial, pacto mundial, salud mundial, todo eso es insoportable". Bernhard es, a pesar de todo, un tipo con suerte: "suerte, eso es todo: en medio de todos mis sufrimientos y horrores he tenido siempre suerte: la suerte de los imbéciles". Pensamientos esperanzadores, marca de la casa: "es el abismo lo que nos mantien vivos a todos, nada más que el abismo". Uf, qué alivio, menos mal que está el abismo, que si no... No está exento el libro de escenas poéticas: "utilizaré todos los medios: conseguiré hacerme impopular, sopla un viento frío, pasan trenes por el puente, el río es negro, los árboles son negros, mi cerebro es negro". Bonito color el negro. Otra muestra: "mirar al río, durante semanas el único placer, el único cambio, la única posibilidad de no hundirse". Como no te tires a él de cabeza, ¿a qué esperas, por dios?. Nadie está a salvo del caos y la desesperación, observemos al catedrático: "el catedrático dice, el mundo es aburrido, el mundo es aburrido entre dos y es aburrido solo". Este tío es la juerga padre, no me extraña que terminaran desahuciando al catedrático. Existen dos tipos de personas: "desde hace mucho tiempo lo mismo: las cabezas ardientes están contra los calculadores fríos, los calculadores fríos están contras las cabezas ardientes". Que no se crean sus paisanos que se les ha olvidado a Bernhard en esta novela: "desolación, tormento: expresión de muerte, esribiré un artículo: ¡sobre mi país! ¡sobre mis paisanos!". En pocas palabras: soledad, aislamiento, muerte, engendro cotidiano, ¿amor?, odio, rutina: la vida.