Robert Walser publicó El ayudante (Der Gehülfe) en 1908, después de Los hermanos Tanner (Geschwister Tanner, 1907) y antes de Jakob von Gunten (1909). En la ficha de la editorial se dice que fue acogida por la crítica "con el mayor de los entusiasmos".
Imaginen cuál fue mi sorpresa al encontrarme con Joseph Marti, el protagonista. ¿Cuánto tiempo estuvo trabajando en la oficina? En la oficina técnica de C. Tobler... (quedó pensativo -como si aquel recuerdo perteneciera a otra persona, a otro mundo) "Oficina Técnica"..., repitió, qué nombre más particular, ¿verdad? Asentí en silencio y le dejé continuar -empecé a desconfiar del método escogido para hacer el comentario (en realidad ya desconfiaba antes de comenzarlo -en realidad desconfiaba de cualquier método, de cualquier comentario, de todo...). Fueron seis meses, creo (el paso de las estaciones marcaban el discurrir de la novela -supongamos que llega en primavera y abandona su puesto en otoño, con las primeras nieves), no quisiera desvelar muchos detalles de la trama -¿qué trama? pensé (un tipo entra a trabajar como ayudante en la oficina de un ingeniero en un pueblo perdido del cantón de Zúrich, allí pasa una temporada)-, en fin, no podía ser de otra forma (que me marchara, puntualizó) -en las novelas las cosas sólo pueden ser de la forma que son, pensé (su marcha coincide con el fin de la novela)-, Herr Tobler, añadió, era un poco... maniático, dijo, y no pagaba, pensó (el ingeniero alternaba la inflexibilidad absoluta en términos laborales -la insegura acogida de Marti al capitalista Fischer o el día que se ausenta injustificadamente, dos ejemplos ante los que Tobler reacciona de forma intransigente (agresiva incluso -a veces hasta "amenaza" con pagar a Marti) -una exigencia que ya se había puesto de relieve en el recibimiento del primer día, solicitando al nuevo ayudante unas prestaciones y actitudes que Marti reconoce no poseer(-)- con la hospitalidad y el trato amable en el entorno doméstico -el café en la glorieta, las veladas jugando al jass, la provisión de puros...). Por cierto -dije demorando el momento de hacer un análisis del significado de la novela (si es que lo tenía)-, ¿qué labor desempeñaba usted allí? Contestó que al poco de llegar "fue iniciado brevemente en los secretos comerciales de las empresas Tobler y puesto al corriente, sin mayores detalles, de las tareas que le serían encomendadas. Por una extraña razón sólo entendió la mitad" (¿empresas, en plural? ¿entendió la mitad? ¿cuál de las dos mitades entendió? -la "extraña razón" quizás tuviera algo que ver con lo disparatado del proyecto de Tobler). También me dijo que llegar a Bärensweil ("Bärensweil es un pueblo precioso, que invita a la reflexión") o Bärenswil había supuesto un enorme cambio en su calidad de vida ("El pueblo, como casi todos los de esa región, está situado en un lugar primoroso y se distingue por un buen número de imponentes edificios privados y públicos que, en parte, se remontan a la época rococó") ya que, según me dijo, él "venía de las profundidades de la sociedad humana, de los rincones sombríos, silenciosos, miserables de la gran ciudad". Sí, ya, le dije comprensivo -a lo largo de toda la novela Marti se descubre como un tipo sensible a los cambios estacionales -"¡Qué verano tan bello, largo y querido!"- y admirador de la naturaleza-, pero ¿cuál era la actividad de la empresa? Tobler era inventor, dijo. El primer día estuvimos calculando los posibles beneficios de su producto estrella, el reloj publicitario, luego tuve que pasar a limpio todas aquellas anotaciones, explicó. Leí en el libro que a media tarde solían tomar café en una preciosa glorieta pintada de verde -se interrumpía el trabajo si era preciso-, le dije (sin mencionar a Frau Tobler). La villa Tobler era bimembre, por un lado estaba la zona comercial y por otro la residencial, dijo escuetamente (las dependencias de Marti se hallaban en la torre recubierta de cobre, allí la mente del ayudante se perdía entre reflexiones sin salida: "Aquella tarde la habitación de la torre fue una vez más el silencioso escenario, iluminado por una lámpara, de un soliloquio pronunciado en voz alta"). Tengo entendido que la comida era excelente (este argumento le hacía más soportable el impago), además tenía permiso para fumar puros en horario laboral, le recordé. La verdad es que no me puedo quejar (dijo como si aún trabajase allí, como si nada hubiese cambiado -sospeché que, como cualquier personaje de novela, Marti vivía una y otra vez la misma realidad-), claro, que "las horas de trabajo tampoco están delimitadas con precisión. Quien puede darse el lujo de tomar café fuera, en la glorieta, en compañía de una dama que, por cierto, no está nada mal, no tiene derecho a enfadarse si le piden que termine pronto algún trabajo urgente pasadas las ocho de la noche", dijo (Nota: No debe pasarse por alto el nada inocente comentario acerca de la señora Tobler). Y ¿qué me dice de los trabajos domésticos -Marti convertido en factótum (aquella carta a la ex criada, aquel paseo en barca)- que Frau Tobler le encargaba? Ah, Frau Tobler,... (calló) -en ese silencio se apreciaba el destello de un anhelo -de un recuerdo imborrable quizás-(-), una vez estuve a punto de plasmar un beso en el cuello de la señora ("Sus hermosos cabellos femeninos rozaban ligeramente el espigado cuello, tachonándolo de ricitos ensortijados. ¡Qué esbeltez la de toda esa figura de mujer!") (ella era difusa -ambigua- en su receptividad, pensaba ahora), afortunadamente me contuve... (Nota: ¿estuvo alguna vez Marti enamorado de Frau Tobler?, sólo lo pensé -no me atreví a preguntar)-. Déjeme contarle qué hice antes de llegar a casa Tobler -insistió de tal manera que no pude negarle aquel capricho (era la parte que menos -si pudiera decirse así- me interesaba de El ayudante): "Antes de hacer el servicio militar", dijo, "había trabajado en una fábrica de artículos de goma elástica". Por más que lo pensaba y repensaba no imaginaba qué clase de artículos serían esos -la historia no parecía especialmente fascinante (sin embargo, TODO en El ayudante era fascinante). Pero qué demonios hacía Marti en realidad -incluso los domingos, aunque se entretenía un poco a la hora de levantarse, después de desayunar se dirigía a la oficina y redactaba algunas cartas pendientes-, le dije, ir a la oficina de correo (una y otra vez, viniera o no a cuento, por un camino o por otro), dijo, retrasar los pagos reclamados a Tobler -en persona, por carta-, y entonces escenificó con tono teatral: "Le rogamos tenga un poco más de paciencia. La financiación de mi patente no se hará esperar mucho tiempo, y entonces me será posible saldar rápidamente las obligaciones vencidas". Sospecho que se le daba bien este cometido (pensé que él también pensaba esto -en el fondo se consideraba un buen ayudante). Me contó que "tuvo que escribir varias cartas de este tipo y se alegró de la facilidad con que dominaba el estilo comercial". Desde el principio se intuye que Marti es Walser, su capacidad para ocultarse bajo seudónimo era muy reducida (llegué a preguntarle abiertamente si él era Walser, no lo sé, me contestó, no sé quién soy), además, en varios sitios se mencionaba el carácter autobiográfico de la novela (al igual que ocurría con von Gunten y los Tanner, El ayudante era una velada transcripción de hechos autobiográficos). Estaba yo en estos pensamientos cuando fui interrumpido por Marti: "No era deshonroso no comprender algo, pero fingir que lo entendía sí era, en cambio, un robo". Aquello me resultaba familiar. Supongo que me habla del cálculo erróneo con libras esterlinas en la fábrica de artículos de goma elástica -le dije sin tiempo a que contestara-, pero no perdamos más tiempo en sus correrías previas a las empresas Tobler -quise acelerar la entrevista (a estas alturas ni siquiera me había aproximado al contenido del libro, a su sentido filosófico). Sin embargo él no había dicho la última palabra al respecto, aseguraba que era de capital importancia conocer los prolegómenos a su desdichada -otras veces la calificaba de "afortunada" (aquello no era una contradicción, era la impresión que sacaba el lector de los estados de ánimo de Marti)- estancia en villa Tobler. Que había estado en la fábrica en "calidad de auxiliar administrativo", con carácter provisional, dijo, una circunstancia que era totalmente determinante, ese carácter temporal era definitivo, dijo -o me pareció que dijo-, sin saber yo ciertamente por qué era tan determinante ni tan definitivo. Me explicó que se alojaba en un cuarto en casa de cierta señorita de nariz respingona, esa que se carteaba con un impresor o delineante -Marti no lo recordaba bien- en el Cantón de los Grisones, y cómo "allí leyó una de esas grandes novelas que uno puede leer meses y meses". Yo quería que me diera más detalles de su convivencia con los Tobler, que me hablara de aquella polémica charla sobre la criada Pauline y Silvi (los Tobler tenían cuatro hijos, Dora la predilecta y Silvi la desatendida, y Walter el predilecto y Edi el desatendido), pero él se empeñó en contarme que después de la fábrica de artículos elásticos de goma se fue ocho semanas al servicio militar, del que me dijo que "uno deja de pertenecerse y se convierte en un trozo de obediencia y ejercicio (...) Hasta los sentimientos son rigurosamente vigilados". Aquello no me sonó excepcional -¿acaso no seguían vigilados sus sentimientos en villa Tobler?-. Reconduje la situación insistiendo en el espinoso tema del sueldo. Aquí Marti arrugó el entrecejo, "a propósito, ¿en qué quedamos sobre mi sueldo?", rememoró -en que por ahora no cobras, te dan cinco francos de propina los domingos y pare usted de contar, pero Marti es agradecido -dócil-: "¿Quién puede gozar siempre de todo lo agradable y lisonjero?"-. Luego me confesó que en el tiempo que estuvo con los Tobler, disfrutando de buenas comidas, baños en el lago, paseos por el campo, etc... -por favor, especifique alguna tarea útil llevada a cabo en la oficina técnica de Tobler por el ayudante Joseph Marti, de acuerdo, también acometió las labores propias de su cargo: "¡Escriba! Y le dictó lo siguiente: Al señor Martin Grünen, Frauenberg"; o también: "¡Escríbale al relojero ese! ¿cómo se llama...?, ¡que empiece a montar enseguida los relojes para el ferrocarril de Utzwil-Stäfen! ¡La carta tiene que salir hoy mismo! El resto ya lo sabe"-, no cobró ni un solo mes ("¿Y le pagan su sueldo? preguntó el administrador. No, y es uno de los puntos que no acaban de gustarme. Varias veces he querido discutirlo con Herr Tobler pero siempre que me disponía a abrir la boca para recordarle este asunto, que, como he podido ver, no es precisamente de su agrado, me quedaba sin valor para hablar y me decía a mí mismo: ¡déjalo para otra vez!"). Le dije que me interesaba su relación con los Tobler, su relación personal, aclaré, él me saltó con su tema preferido, Wirsich, su predecesor en el cargo, aquel tipo tan apreciado por Frau Tobler quien aludía a sus cualidades (durante medio año o uno entero) delante de Marti, provocando en él unos celos incontrolables (¡él podía ser igual de eficiente! protestaba interiormente -"¡Siempre ese bendito Wirsich! Cualquiera diría que era un genio único e irrepetible"- )- que fue despedido finalmente debido a su fatal dependencia alcohólica (también pudieron influir las prácticas libidinosas que ejercía con la anterior criada -aunque era sabida la ignorancia respecto a las cuales permanecían los Tobler (y fue precisamente una carta escrita por la ex criada la que alertó de una posible relación entre Wirsich y -esta vez- la propia señora de la casa: "Esta carta que por supuesto atentaba contra la ortografía no menos que contra la sensatez, suscitó una vivísima indignación en su destinataria, pues el apego de una criada a sus ex patronos era en ella algo tan mendaz como la existencia de esos terribles rumores sobre el comportamiento de Frau Tobler")-, y qué, me dijo de repente, a que no sabe quiénes se presentaron en visita dominical a los dos días de llegar yo a El lucero vespertino -a veces Marti se comportaba como si todo fuera improvisado -como si su vida no estuviera escrita. Yo sabía la respuesta (los Wirsich), así que me salí por la tangente y le mencioné aquella carta que escribiera a Frau Weiss, su antigua casera, una carta que no tenía ni pies ni cabeza -pensada con la premura del que no sabe medir las nostalgias-, y es que, como el propio Marti reconocía en su escrito, tan sólo hacía dos días que se habían despedido. Recordé las ideas que Frau Tobler tenía sobre Marti: "Frau Tobler intuía en él algo extraño, algo no cotidiano, por así decirlo, y que no juzgaba en absoluto positivamente. Lo encontraba bastante ridículo...", y aunque en principio pensar en la ridiculez de Martin no me pareció justo -pues todo ser humano tendía a la ridiculez (Frau Tobler incluida)-, su propio comportamiento, servil, temeroso y conformista, me mostró el tipo de ridiculez de Marti mucho mejor que cualquier idea que Frau Tobler pudiera tener al respecto -era la de Marti una ridiculez previsora y responsable, también una ridiculez, por así decirlo, simpática. Entonces Marti me sorprendió con la descripción de la risa de la señora Tobler, "es bella y femenina, es incluso un tanto frívola. Sólo las damas muy respetables pueden permitirse esa risa", un comentario que delataba cierta admiración -quizás precursora de sentimientos menos gobernables-. Era evidente que entre Marti y Frau Tobler debía existir algo -o bien la falta de algo-, una especie de flirteo sostenido y continuamente denegado -disimulado-. Que qué tal fue la visita de Wirsich, el desafortunado de 35 años Wirsich, le dije, y Marti soltó una parrafada acerca de la diferencia de clases, de cómo "el bienestar y la buena posición burguesa se complacen humillando; no, tal vez no sea esto, pero sí miran muy gustosos y de arriba abajo a los humillados, sentimiento al que no se le puede negar cierta benevolencia, pero también cierta ruindad", curioso le pregunté por la actitud de Frau Tobler hacia los Wirsich, me dijo que "ambas cosas, lo agradable y lo triste, halagaban a la dama, que musitó unas palabras de consuelo a Frau Wirsich", ella era considerada, dijo (sustituyendo al pensamiento de Frau Tobler), al fin y al cabo ¡también los otros son seres humanos! Le recordé a Marti algo que él ya sabía, que "justamente esa manera tácita de dar a entender que se quería actuar con consideraciones, carecía de ellas. Era aniquiladora", una de las reflexiones más inteligentes del texto -y que me hizo pensar en Thomas Bernhard-. Yo había llegado a un punto en que no me hacía idea de lo que había supuesto la estancia de Marti en la oficina de Tobler, me remití a la temprana página 22, cuando, sin duda, Martin estaba inmerso en un estado previo al desarrollo de la historia, y donde expresaba: "!Qué bien se está realmente en la oficina técnica! Es cierto que la mayor parte de los negocios emprendidos me resultan incomprensibles" -la incomprensión de su misión no era obstáculo para su bienestar-. Y cómo luego escribía sobre su relación con Tobler en esa precipitada carta a Frau Weiss que "es posible que algún día surjan desavenencias personales entre nosotros". Que no quería hablar del incidente con Frau Tobler. De qué incidente, le dije (Él se había pedido otra cerveza, quizás estuviéramos en El velero -lugar frecuentado otrora por Herr Tobler-, pensé que estábamos en el actual Bäretswil (en realidad yo nunca había estado allí, sí en Berna, donde se encuentra el centro de documentación de Robert Walser -Robert Walser Zentrum), en el cantón de Zurich, el lugar que podía identificarse -¿un gazapo? ¿un sutil disfraz?- con el Bärensweil o Bärenswil de la novela). De ese incidente, ya sabe. Marti le había dado muchas vueltas al asunto antes de comentárselo a Herr Tobler. Yo sabía perfectamente cuál era el incidente en cuestión. Sin duda Marti no quería hablar nada de aquella vez en que recriminó a la señora su actitud con su hija desatendida, Silvi. La criada la maltrataba -por tirar la comida, por cualquier cosa a intempestivas horas de madrugada...-, la madre la ignoraba. Marti pensaba que ese rechazo sin duda revertiría en la concepción futura del mundo y de la sociedad de Silvi, pensaba Marti, pero yo tampoco quería hablar de ello, me interesaba mucho más su experiencia laboral, sus desencuentros con Tobler, sus continuos paseos al correo, sus ausencias, sus métodos, etc... La historia de Wirsich (era despedido por Tobler, readmitido, despedido, readmitido,...) también me interesaba, era el punto en que "la historia del ayudante" se convertía en "la historia del predecesor del ayudante -el otro ayudante-" -el rescate (espiritual y físico) efectuado por Marti, la creciente relación de amistad entre ambos, el fallido intento de reconciliación (de Wirsich -por mediación de Marti- con Tobler)-. Retomé el asunto de Walser, quise saber si lo había conocido personalmente. Me dijo que Walser había escrito su historia con los Tobler pero que no recordaba haber hablado con él del tema, que bien podía habérselo inventado todo bien podía haberse basado en recuerdos de juventud, que ni lo sabía ni le importaba. Que Walser no había acabado bien, allí, tirado sobre la nieve, tras una excursión por los alrededores del psiquiátrico de Herisau, dijo. Así puedo acabar yo también, me confesó -sin miedo- Marti. Luego me informó de los comienzos de Tobler, como si buscara una analogía con los suyos. Que Tobler había sido un simple auxiliar en una fábrica, que luego se había instalado en Bärensweil de forma independiente, que había enterrado una herencia fabricando inventos, dijo, que había empleado esa palabra, "enterrar", para explicar lo que el ingeniero había hecho con el dinero de la herencia. Quise saber más detalles sobre los inventos de Tobler, del reloj publicitario con dos o cuatro alas que despliegan carteles publicitarios, de la cartuchera automática o máquina expendedora de cartuchos para escopetas de caza, y de otros como la silla para enfermos -que pudo ensayar con su propia esposa y corregir sobre la marcha fallos de diseño- (él había dedicado tiempo al estudio de estos proyectos aunque su labor era más administrativa que otra cosa). El primer gran enfrentamiento con Tobler lo tuvo Marti tras la visita del capitalista Fischer en ausencia del ingeniero -era una circunstancia que Marti había temido desde el principio, que se presentara un inversor cuando Tobler estuviera fuera-. Marti hizo lo que pudo para retenerlo, ¿o no? Herr Fischer se marchó con una óptima impresión -eso pareció, igual fingía, igual estaba seriamente contrariado por el comportamiento de Marti- sobre las posibilidades del reloj publicitario pero -y a causa de un descuido lamentable del ayudante- sin haber sido informado convenientemente de la cartuchera automática -por el ayudante. Todo esto -la deficiente atención dedicada a Herr Fischer- no sentó excesivamente bien a Tobler quien, por otro lado, estaba todo el día de viaje -había sacado un bono ferroviario y con tal de aprovecharlo marchaba cada mañana a distintos lugares con el propósito, al menos eso se decía, de encontrar nuevos inversores para sus productos-. Después de los miedos -compartidos con Frau Tobler, a quien llegó a columpiar, según me dijo Marti como quien recupera un olvidado momento de la infancia- generados ante la previsible -y negativa- reacción de Tobler (por la funesta actuación de Marti) -¡no invitar a Frau Fischer a pasar adentro, no asegurar la contribución de Herr Fischer!-, sobrevino el enfado de Tobler y el posterior apaciguamiento ("La simple idea de que a la mañana siguiente pudieran telefonear temprano a ese Herr Fischer hizo renacer la esperanza de ambos"). Esas esperanzas -las de conseguir inversores que sostengan los proyectos de Tobler- se irán desvaneciendo con el paso de las páginas. Los acreedores (hasta el ex agente y viajante de Tobler, Herr Sutter, empezó a bombardear con cartas certificadas, reclamando pagos y comisiones pendientes de la publicidad del reloj publicitario) irán perdiendo la paciencia paulatinamente -Marti me cuenta que no se le pasa por la imaginación pedir su sueldo si bien en una ocasión hará un intentó de rebelión-, hasta el jardinero perderá la paciencia e increpará a Tobler de mala manera. Sin embargo los Tobler continúan su vida cotidiana, incluso encargará la construcción de una gruta en pleno jardín -destinada a festejos-. En busca de fondos Frau Tobler realizará una expedición a casa de su suegra. La situación es insostenible, los reclamos de deudas -prorrogados hasta lo imposible (Marti llega a considerar de una extrema sencillez el procedimiento)- son continuos. La señora experimentó un cambio tras la enfermedad, ¿no?, le pregunté a Marti. Recuerdo perfectamente, dijo, aquel día en que la observé mientras leía cierto libro -qué libro, le pregunté (todo lo que tenía que ver con los libros me obsesionaba, confesé a Marti), no lo sé, dijo-. Me dijo que "advirtió que ella parecía haber terminado su lectura y que su cara tenía una expresión de gran bondad". No quiero entretenerle más tiempo, señor Marti, supongo que tiene que regresar al psiquiátrico antes de que anochezca, dije y él no me corrigió, pero querría preguntarle por el motivo último que le movió a abandonar a los Tobler. Marti sonrió -era una sonrisa temblorosa- y me contó cuando fue arrestado durante dos días por no presentarse a unas maniobras militares o algo así. No tenía nada que ver con mi petición última pero le dejé continuar. Siguió relatando su encuentro con Wirsich en la ciudad. Tras encontrar trabajo en Bachmann y Co. Wirsich fue despedido por lo de siempre. Se dirigieron al café Central donde empezaron a beber cervezas, una tras otra -al principio Wirsich no quiso, Martin le convenció-, hasta que entró Herr Tobler y los vio allí, desocupados, pero Tobler "no quería saber nada más de ese individuo". Marti me dijo que todo el libro no era más que una inmensa tontería. Le dije que era posible -que todo -en general- era una inmensa tontería-, pero que el libro en cuestión era una tontería absolutamente genial -que daba miedo, le dije. Marti rió y me preguntó qué pretendía con este comentario, que qué tipo de comentario era -¿crítico? añadió burlonamente-, que por qué le hacía esas preguntas, que me limitara a leer el libro una y otra vez -y lo dejara en paz, añadió para sí. Le dije que no sabía qué clase de comentario estaba escribiendo -que no era capaz de redactar un comentario crítico o de otro tipo-, que nadie lo iba a leer -que tampoco pretendía que nadie lo leyera- y que, de cualquier forma, no tenía ninguna importancia -que qué pretendió llevando de nuevo a Wirsich a villa Tobler, que si pretendía enfurecer a Herr Tobler, a Frau Tobler, o a ambos, o que si pretendía su propio despido, agregué sin venir a cuento-. Estaba oscureciendo y aún había interrogantes que disipar. Que quién era la alumna de danza a la que conoció en la ciudad, dije, que por qué guardaba una foto de ella, que por qué decía que Wirsich era el hombre del rostro de sufrimiento, que repitiera aquella reflexión sobre la rapidez con que se olvidan el comportamiento, los gestos y las acciones de los hombres, que escribiera aquí, en este papel diminuto, aquel anuncio para capitalistas, que me explicara ese juego de cartas particular, el jass, que si sabía que existía una película suiza de 1976, dirigida por Thomas Koerfer, Der Gehülfe, una película que me interesaba enormemente, que me daba igual su calidad cinematográfica, le dije, que nada de eso le interesaba, dijo, que para él todo formaba parte del pasado (y ni siquiera ese pasado le interesaba por el hecho de ser pasado), que no recordaba nada diferente de lo narrado en El ayudante, que toda su vida (si acaso la había tenido) se reducía a lo que se contaba en El ayudante -que nunca, repitió, nunca, había leído El ayudante. Me compadecí de él y se me quitaron las ganas de hacerle más preguntas (reconocía como ineludible la insoportable sensación que me abordaba al comentar un libro -había llegado a la conclusión (irrebatible) de que el único camino para dar a entender (recomendar) un libro -cualquier libro- era la de copiar literalmente ese libro -palabra por palabra). Ni siquiera la increíble posibilidad que se me había brindado de conocer al protagonista de la novela me había abierto nuevos caminos. Joseph Marti, cabizbajo y escribiendo difusos pensamientos en pequeños papeles -microgramas-, se adentró en la penumbra del bosque. Yo dí media vuelta y me dirigí a la estación -a cualquier estación.
martes, 27 de mayo de 2014
domingo, 9 de marzo de 2014
Cuentos carnívoros, de Bernard Quiriny.
Contes
carnivores.
2008 Editions du Seuil
2010 Acantilado
Traducción del francés por Marcelo
Cohen.
Prólogo de Enrique Vila-Matas.
Bernard Quiriny nació en Bélgica en 1978. Es profesor de Derecho y
Filosofía en la Universidad de Burgundy, Francia. Sus libros de relatos cortos
han recibido numerosos premios.
Sanguina.
El narrador se aloja en un hotel en
Barfleur. Allí traba conversación con un extraño, éste, ante la mirada
incrédula de su interlocutor, ingiere una ampolla de sangre junto a un zumo de naranja. Para explicar esta singular costumbre el extraño
relatará una asombrosa historia acaecida 15 años atrás en Bruselas, la historia
de la mujer ("Entonces se quitó la blusa y me vi ante el espectáculo
más extraordinario que se me haya dado contemplar") con piel de
naranja.
El
episcopado de Argentina.
Una asistenta viuda entra al servicio del
obispo de San Julián en 1939. Poco a poco desentrañará el misterio que envuelve
al obispo ("Me invitó a acercarme a la cama y poner la mano sobre la
frente del muerto"), o debería decirse... a los cuerpos del obispo.
"Qui
habet aures".
En 1965 un empleado de banca, Renouvier,
descubre tener un extraordinario poder auditivo. Gracias a las conversaciones
detectadas a distancia consigue establecer un equilibrio envidiable en sus
relaciones laborales, familiares y sociales ("La lucidez de Renouvier
asombraba; lo calificaban de fino psicólogo, de caballero cabal"),
hasta que el asunto se escapa de su control -una chica se enamora de él- y
termina en tragedia.
Unos
cuantos escritores, todos muertos.
El narrador, merced a un tal Pierre
Gould (¿algo que ver con Pierre Menard, autor del Quijote de Borges, o quizá con Glenn Gould, el excéntrico pianista canadiense? ya empiezo a ver fantasmas), reúne una serie de biografías de escritores desconocidos (una
fórmula, la del descubridor de falsos talentos, que ya pusieron en práctica
William Beckford en sus Memorias biográficas de pintores
extraordinarios o Stanislaw Lem en Vacío perfecto, y más recientemente
Danielewski en La casa de hojas -con esa turbulenta serie de
referencias bibliográficas en las notas a pie de página-, sin olvidar al
hilarante filósofo Selby de El tercer policía de Flann
O´Brien, en definitiva, una fórmula que perdió el factor sorpresa y que por
tanto ¿está agotada?). Así, Enzo Trastani publicó diez libros con nombres de
composiciones musicales. Adolphe Morceau escogía superficies relacionadas con
el contenido de sus libros para redactarlos sobre ellas. Malcolm y Clarence
Galtho fueron mellizos, ingleses, y escribieron sus libros conjuntamente.
Pierre Alexandre Skovski fue un joven prodigio que redactó su autobiografía a
los 16, a los 20 quemó toda su producción y a los 21 se pegó un tiro en la
cabeza. Francisco Martínez y Díaz escribió un solo libro, Historias
leídas en un espejo ("No serán obras maestras -dice Pierre
Gould-, pero a mí me gustan mucho" -algo me dice que semejante
afirmación va dirigida al crítico potencial de estos cuentos, oiga, mis cuentos no será obras maestras pero ¿a que le gustan mucho?). Nicolas
Sambin fue el verdadero autor de Jardines deshabitados -¿un guiño a El
jardín de senderos que se bifurcan de Borges?- de Henri
Quesnel. El problema es que a Quesnel tampoco lo conocía nadie. Marceline
Echard pasó los últimos 15 años de su vida intentando demostrar que Hitler
seguía con vida. Según el narrador este autor aparece en La vida:
instrucciones de uso de Georges Perec -no, Quiriny no
inventó a Perec, aunque seguro que le habría gustado hacerlo (este juego parece
gustarle a Quiriny, es decir, la idea de entremezclar algún autor real -Perec,
Breton, de Quincey, Arrau, Rubinstein- entre su amalgama de personajes
pseudorealistas). Benoit Sidonie, profesor italiano, amigo de
Breton, escribió 6 relatos pornográficos que ningún editor quiso publicar.
Pierre Laroche de Méricourt, vanidoso y cínico, escribió la novela Mareas
negras (el hecho de que Laroche comparta nombre de pila con Gould -¿Doppelgänger de Quiriny?-, y que haya un relato incluido en este libro con ese
título da que pensar, pero ¿qué es lo que da que pensar? es a lo que no he
podido responder todavía). Bertrand Sombrelieu se ocupó de publicar por su
cuenta y riesgo una serie de biografías de desconocidos, homónimos de
personajes ilustres, incluido el suyo propio, Bertrand Sombrelieu, "propietario
de un hotelito en los Pirineos" -una broma que utiliza el propio
Quiriny con alguno de sus personajes como los músicos Gaudí, Morand y Murakami.
Quidproquopolis
(De cómo hablan los yapus).
Un joven universitario relata la investigación de una lengua nativa del Amazonas (imposible no
acordarse de Ten thousand years older, el documental de
ficción que Werner Herzog incluyera en la película colectiva Ten
minutes older). Ante el fracaso de todos sus predecesores ("Hace
unos años, un investigador belga llamado Pierre Gould arriesgó una seductora
hipótesis para dar cuenta de las aberraciones del yapu") consigue
formular una teoría que conjuga el malentendido y el absurdo como base de
comunicación.
Mareas
negras.
Un trabajador del puerto de Amberes conoce
a Pierre Gould (como hemos dicho, personaje presente en varios de los relatos, como una sombra
tutelar, e incluido también en el relato-prólogo de Vila-Matas, Un
catálogo de ausentes, un magnífico cuento en el que el narrador pretende
escribir una Historia general del vacío, y donde sale a relucir una Historia
general del aburrimiento, obra de 1788 de Pierre Gould, "insigne
antepasado, por cierto, del Pierre Gould que aparece siempre en los relatos de
Bernard Quiriny, uno de mis escritores favoritos" -con la salvedad de
que Pierre Gould NO aparece en TODOS los relatos de Quiriny, lo cual constituye
un error lamentable de Quiriny, y lo que conduce al lector a la siguiente
reflexión: ¿quién es Pierre Gould, por qué sale sólo en algunos relatos de
Quiriny y, sobre todo, el Pierre Gould que aparece es el mismo en todos los
relatos?-, y que contenía como apéndice un extravagante -la enumeración de
todas las defunciones acaecidas en la historia de la humanidad- Catálogo
de ausentes -un proyecto inabordable por su exagerada extensión y que
recuerda (no por su naturaleza, sí por su complejidad) a la novela interminable
de El jardín de los senderos que se bifurcan de Borges, donde
se lee, relativo al libro de Ts´ui Pên: "Antes de exhumar esta carta,
yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé
otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya
última página fuera idéntica a la primera con posibilidad de continuar
indefinidamente (...) Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que
se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me
sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio"- y
en el que el narrador dice preferir limitarse "a ser un personaje de
Pierre Gould. O mejor dicho, hacerme pasar por el Pierre Gould actual, por el
héroe -tal vez el doble- de Bernard Quiriny", y al final del relato:
"A veces me hago pasar por Pierre Gould, por el historiador del
aburrimiento, pero a veces también por su descendiente, ese que también se
llama Pierre Gould y aparece en los relatos de Bernard Quiriny"; un
relato, el de Vila-Matas, escrito por el narrador entre cuatro paredes blancas,
como si acabara de leer a Henry David Thoreau ("Antes de que podamos
adornar nuestras casas con objetos bellos las paredes deben estar desnudas,
nuestras vidas deben estar al desnudo"), si bien el lector sospecha que
el autor de Un catálogo de ausentes está entre cuatro paredes blancas por algún
tipo de recomendación sanitaria -que está en un manicomio, vaya). Gould lo introducirá en la estética de las mareas
negras, esas catástrofes ecológicas que Gould equipara en belleza con el
"arte" del asesinato. Así, este extraño individuo presta al
narrador -frente al petrolero mexicano "Pedro Páramo" (otro guiño, bastante menos tangencial que el del jardín)- un
folleto con una conferencia suya (que incluye extractos de Del
asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas de
Quincey, según nota de Cohen -¿no debería haber sido el autor y no el traductor quien firmara esa
nota a pie de página?) e invitara al narrador a una excursión iniciática hasta Finisterre, un viaje que finalizará
de forma tan instructiva ("Había que rendirse a la razón: ya que no
podía salvar el cabo de Finisterre, podía al menos contemplar la belleza del
espectáculo") como delirante.
Mezclas
amorosas.
Un empleado de banca -recordemos que Josef
K. era también empleado de banca- llamado Renouvier (¿el mismo de Qui
habet aures?) planifica los días de la semana de tal forma que pueda
citarse con sus tres amantes sin desatender -o al menos eso cree él- sus
compromisos familiares ("Su corazón era como un escritorio bien
ordenado, con una gaveta para cada relación; cuando Renouvier abría una no
pensaba en las otras"). Todo funciona a la perfección durante años hasta que un día el
espejo del tocador de la habitación del hotel devuelve una imagen que no se
corresponde con la imagen lógica que debiera reflejar. Asustado -o arrepentido-, decide poner fin a sus
aventuras extramaritales, una decisión que, sin embargo, no servirá para
abrirle los ojos a un secreto conyugal que ni siquiera llega a imaginar.
Crónicas
musicales de Europa y otros lugares.
Al igual que sucedía en Unos
cuantos escritores... Quiriny vuelve a recopilar una serie de autores
excéntricos -aunque en esta ocasión no son recomendaciones de Pierre Gould. Se trata de compositores con peculiares métodos de creación.
En La invención de Gaudí el músico belga Antonio Gaudí estrena
una innovadora obra en el Teatro Real. Para ello ha diseñado un portentoso
instrumento que reúne todas las modalidades de sonido. Gaudí ofrecerá un
estruendoso concierto del que nadie saldrá indiferente. En Haciendo
bramar la torre es el japonés Yoshio Murakami (el mundo
del escritor Haruki Murakami se instala, sobre todo en sus primeras novelas,
entre lo fantástico y lo grotesco, un universo al que no sería ajeno este libro
de Quiriny) quien proyecta realizar sobre la torre Eiffel una obra
físico-musical mayestática, usando para ello la vibración de la estructura de hierro
del monumento. La prueba realizada con una maqueta no será suficiente para la
aprobación de dicha representación -una nota común en algunos finales de
Quiriny es el de la inconclusión o mejor dicho, de la conclusión decepcionante.
En La dificultad no es nada el músico argentino Eduardo Morand
compone una serie de partituras de tal complejidad técnica que resultan
imposibles de tocar por intérprete humano alguno ("Arrau, Bolet y
Rubinstein han dejado caer los brazos frente a su Estudios para piano").
En La música que flota en el aire un extraño cuarteto resuena
indefinidamente en un enclave concreto de la Columbia británica. El
protagonista de Sinestesia, Thomas Garner huele la música,
describiendo la misma en base a olores reconocidos ("No son
alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la
lavanda y la vainilla"). Noticias tristes de Eicher nos
narra la singular aparición de un pianista francés de jazz. Herido, inconsciente
y amnésico, se verá incapaz de reconocer ninguna de sus antiguas melodías.
Recuerdos
de un asesino a sueldo.
Recoge las memorias de un asesino a sueldo en
cinco capítulos. El aburrimiento de un hombre de negocios de
48 años le lleva a contratar al asesino con la peligrosa intención de salir de
la monotonía. En el asunto Yaporov nuestro asesino particular
tiene un pequeño imprevisto que le conduce a una acertada reflexión. En Dylan,
la viuda de un diamantista quiere deshacerse de su nieto, cree que es el
diablo. En Autorretrato vuelve a aparecer el libro de Thomas
de Quincey ("Un amigo cercano -lo bastante cercano para saber cómo me
ganaba la vida- me lo regaló cuando cumplí cincuenta años; todavía no lo he
leído") y al final su trabajo tendrá mucho que ver con la obra maestra
de un artista contemporáneo. Dos últimas infidelidades cuenta
dos casos -tan breves que parecen escritos a desgana- en los que utilizó
métodos poco convencionales, en el último de ellos, la belleza de la víctima le
hará replantearse el sistema empleado.
El
cuaderno.
El gran escritor vienés Axeles posee un
cuaderno en el que va anotando, se piensa, ideas para futuros escritos -en uno
de los relatos de La niña del pelo raro de David Foster
Wallace hay un personaje femenino que tenía más o menos la misma costumbre:
"Él era un bebedor compulsivo de café. D.L. siempre estaba sentada en
las cafeterías, sola provista de un cuaderno para atrapar pequeños atisbos de
inspiración antes de que pudieran escaparse"; una técnica que también utilizaba Chéjov, como se dice en el mismo cuento de Quiniry) . En cualquier
momento y situación coge la pluma y escribe algo en el cuaderno, los presentes
se preguntan de quién habrá cogido esta vez el maestro el tema para una
composición magistral (y, curiosamente, a veces los cuentos de Quiriny dan esa
sensación de apunte provisional que espera ser desarrollado). Finalmente, un
joven autor sin talento, Bastian Picker, se propone -tal y como confiesa al
narrador- robar el cuaderno, elemento indispensable para salir del
atolladero en el que se encuentra su inspiración ("La comedia duró casi
seis meses. Obsesionado con el cuaderno y los temas para libros que contenía,
Bastian ordenó su vida en función de la de Axeles, aterrorizado por la
eventualidad de no estar presente cuando se presentara la ocasión de apoderarse
de él"). Cuando consiga su objetivo, Picker comprenderá el auténtico
sentido de las anotaciones del maestro.
Extraordinario
Pierre Gould.
Recoge algunos pensamientos (sobre los
sueños, la báscula total, su árbol genealógico, los ratones de biblioteca, un
reloj que avisa de la muerte del portador, un libro escrito en el cuerpo de una
mujer -¿quién no ha visto The Pillow Book de Peter Greenaway?-,
tres proyectos, la fortuna, la timidez en el amor- del excéntrico Pierre
Gould, y donde resaltan "La impaciencia de Pierre Gould no tiene
límites" y el estrambótico cartel leído por el escritor Jan Zabrana en
algún lugar de la Checoslovaquia comunista: "Debido a los trabajos en
la vía de desvío, la carretera nacional se encuentra momentáneamente reabierta".
El
pájaro raro.
Jacques Armand es un artista que realiza
sus pinturas en huevos de todo tipo (Paisaje del Zambeze, sobre huevo de
avestruz, y Homenaje a Escher, lápiz sobre huevo de cisne, son algunas de sus
obras). Durante una exposición retrospectiva en 1987 el narrador tiene ocasión
de realizar una visita a puerta cerrada junto al artista. Ante una de las obras
Armand se parará de forma enigmática ("pareció turbarse, como si
acabara de percibir el fantasma de un amigo fallecido").
Una
borrachera perpetua.
Posiblemente sea éste el mejor cuento de todo
el volumen. Se divide en Una bibliografía pobre, que selecciona las
pocas menciones que de un brebaje centroeuropeo denominado zveck -un
término que homenajea al célebre soldado de Hasek- se hace en la historia de la
literatura; Notas sobre mi padre descubre la actividad como
agente doble de los servicios secretos de espionaje británico del padre del
narrador; El manuscrito es la transcripción literal de un
pequeño texto del padre salvado de la quema y que narra un episodio
fantástico de tres accidentados espías en un lugar indeterminado -yo me inclino
a pensar en un lugar perdido de la Rumanía más ancestral- en plena guerra
mundial y que acabará en un mesón pintoresco -y pienso en El baile de
los vampiros de Polanski-, donde se celebra una fiesta local y en el que se servirá una bebida de extraños e irreversibles poderes ("Luego,
sin dejar de mirarme con insistencia, me soltó el puño como para dejar que yo
decidiera libremente. Beber o no beber, ésa era la cuestión"); Una
borrachera perpetua establece una hipótesis acerca del verdadero
destino del padre del protagonista. Un relato con evidentes tintes borgianos
-quizá podría llevar esa etiqueta algún cuento más, quizá todos -o puede que ninguno-, en cualquier
caso estaríamos ante un Borges menos barroco en su lenguaje -¡mucho menos barroco!-, menos enigmático -¡mucho menos enigmático!- y
emplazado casi siempre en la caricatura, cuando no en la parodia, con un uso
parecido de los recursos en la presentación de la trama -un extraño le cuenta, un extraño le envía una carta, un manuscrito que se creía perdido,...-, un fino -y
macabro- sentido del humor y una evidente afición por los nombres
equívocos y los juegos de identidades, cuentos que denotan admiración por Poe
(supongo que no es casualidad que en el relato de Vila-Matas que actúa como
prólogo tenga una presencia determinante el final de El relato de
Arthur Gordon Pym, así como un relato de Nabokov, Ultima Thula -donde
Falter resolvió el enigma del universo-) y Kafka -no sería justo decir que
Quiriny aspira a ser el heredero de Borges o Poe, mucho menos de Kafka,
simplemente porque eso aniquilaría para siempre a Quiriny- y que, como sugerí
anteriormente, en ocasiones parece beber de la estela de Murakami -con su visión de cómo lo mágico e increíble convive con la cotidianidad- e incluso
del Vila-Matas de Exploradores del abismo (en el
prólogo el barcelonés cita unos versos de Hilda Doolittle, "somos
navegantes, exploradores de lo desconocido", que parecen hacer referencia a su colección de cuentos). La mayoría de críticos de estos Cuentos carnívoros coinciden en las mismas influencias. Jacinta Cremades en el cultural los ha relacionado con Poe, Borges y Aymé; Juan Cervera de rockdelux con Poe, Borges, Kafka y Cortázar
-si bien, admitiendo caer en el tópico de las referencias-; Sergio Rodríguez
Prieto de El País con Borges, Buzzati y
Aymé. Unos relatos, en definitiva, entre lo fantástico y lo surreal -no en
vano aparece el nombre de Breton en uno de sus cuentos-, y que el autor hubiese
querido -no sé si lo habrá conseguido finalmente- que se definieran con la cita
de Ambroise Pierce que abre el volumen: "Si estos hechos pasmosos son
reales, voy a volverme loco; si son imaginarios ya lo estoy".
Cuento
carnívoro.
Es el último relato del volumen y, junto con Sanguina, el
único que pueda catalogarse como "carnívoro" (en su acepción más antropofágica) -¿que por qué el volumen
adopta ese nombre genérico? no lo sé, pregunten a Quiriny, o mejor ¡a Pierre
Gould! Un inspector de Scotland Yard jubilado planea escribir sus memorias. Un
caso, el del botánico John Latourelle, hallado muerto en su
invernadero, es el elegido por Groove como uno de los más extraordinarios
de su carrera. Con el propósito de ayudar en la resolución del misterio
un antiguo colaborador del botánico escribe una carta al inspector desde el
otro lado del Atlántico ("Latourelle mantenía con sus plantas una
relación malsana y patética"). Su teoría no deja de ser asombrosa y
finalmente Groove aclarará el enigma del botánico sin necesidad de recurrir a
ella -lo que, paradójicamente (y gracias a un destello genial de Quiriny), deja sin sentido al título del cuento, y,
consecuentemente, al de la colección de cuentos, y, consecuentemente o no, a este
comentario.
Bernard Quiriny nació en Bélgica en 1978. Es profesor de Derecho y Filosofía en la Universidad de Burgundy, Francia. Sus libros de relatos cortos han recibido numerosos premios.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Anton Reiser, de Karl Philipp Moritz.
Voy a la biblioteca con paso decidido -no sé por qué, si fuera con paso dubitativo probablemente llegaría igual- dispuesto a descubrir alguna obra maestra perdida -¿con qué propósito? ¿salvar a la Humanidad? Reconozco que nunca había escuchado hablar del Anton Reiser de Karl Philipp Moritz -o al menos eso creía yo en aquel instante decisivo, ¿no son todos los instantes decisivos? Reconozco igualmente que el motivo de pararme ante el estante de la "M" era el de buscar el último de Murakami -lo confieso, me vuelve a gustar Murakami, cierta desafección hacia lo intelectual me condujo de nuevo hasta su modesto estilo narrativo de lo cotidiano-, pero la presencia de un grueso tomo de la misma editorial de Verano tardío de Adalbert Stifter, uno de mis libros preferidos, me hace pensar, ¿no será lo que ando buscando? La hojeo (la novela, porque es una novela, signifique lo que signifique esto) por encima y averiguo ante mi sorpresa que está considerada la primera Bildungsroman, es decir, la primera novela de aprendizaje, por delante del mismísimo Wilhelm Meister (1796) de Goethe. En la introducción leo que esta extensa obra (cerca de 500 páginas) fue admirada por el propio Goethe, por Schopenhauer y más recientemente por Peter Handke y Thomas Bernhard. ¿Es esto posible? me pregunto. Tembloroso, como quien descubre un tesoro oculto durante años, comienzo a devorar las páginas de este magnífica edición de Pre-Textos de 1998, dividida en las cuatro partes originales con los correspondientes prefacios del autor y que fueron escritas y publicadas entre los años 1785 y 1790. Es Anton Reiser, el protagonista de la novela, el trasunto de Moritz -Carmen Gauger, quien también tradujera Verano tardío, dice en la introducción: "es en realidad una autobiografía".
La novela comienza en Pyrmont, un pueblo cerca de Hannover donde se establece la secta de los quietistas, dirigida por el señor von Fleischbein, seguidor de los escritos de Madame Guyon. El padre de Anton comulgará con estas creencias y esto supondrá una confrontación continua con la madre de Anton, algo que afectará al niño emocionalmente para lo resto ("Si la doctrina de Madame Guyon sobre la entera eliminación y erradicación de todas las pasiones, aun de las más sutiles y delicadas, se acordaba con el alma dura e insensible de su esposo, a ella le fue imposible convenir jamás a esas ideas, contra las que se rebelaba su corazón"). Anton sufrirá a los ocho años una infección en el pie y será entonces cuando comience su interés por la lectura. El grueso del libro se ocupará del ajetreado período de aprendizaje de Anton -pienso que un título perfecto sería Los años de aprendizaje de Anton Reiser, pero será Goethe quien lo utilice poco después para su Wilhelm Meister, un aprendizaje más sentimental que académico en el caso de Meister. Así Anton deambulará por varias instituciones colegiales -su padre le negará cualquier ayuda para realizar estudios, de hecho no obtendrá de él ni un penique-, logrará sin esperarlo una subvención real ("a instancias del Pastor Marquard, el príncipe Carlos tomará bajo su protección al joven Reiser y le pasará una pensión mensual", se trata de Carlos de Mecklenburgo, regente en Hannover del rey Jorge III de Inglaterra), se gestarán sus propias inquietudes -comenzará reescribiendo los sermones que escucha en la iglesia ("le causaba un deleite inefable la disposición melancólica de ánimo en que recaía entonces"), luego sus aspiraciones literarias subirán un listón ("Reiser hacía proyectos de escribir: quería mejorar el estilo de la vieja Acerra philologica"), se le irá conformando cierto espíritu filosófico ("Reiser había elaborado mentalmente una especie de metafísica, muy próxima a las teorías de Spinoza"), sufrirá el despertar a la poesía, el teatro, los viajes...-, ingresará en la Universidad de Erfurt y finalizará su aventura en la Parte Cuarta del libro con un difícil viaje por la Baja Sajonia y Turingia en busca de una compañía de teatro que lo emplee. El texto está enriquecido por numerosas reflexiones que convierten la novela en algo más que una retahíla de nombres y sucesos (por ejemplo, una de las ideas que más me gusta es la pérdida de vinculación de las ideas a un lugar, lo que me hace pensar en Pessoa), y a través de las cuales vamos conociendo el ánimo solitario -rayando en lo misantrópico ("empezó a tomarle afición a la soledad")- de Reiser (en alemán, viajero, así, en el prefacio a la Tercera Parte se adelanta que "al final de esta parte comienzan los viajes de Anton Reiser y con ellos la novela propiamente dicha de su vida"). No sé qué tendría en la cabeza Moritz con respecto a esta obra, pero es evidente que finaliza de forma abrupta -quizás la intención de Moritz, pienso, fuera que las tres primeras partes funcionaran a modo de introducción a la etapa viajera de Reiser, que debía haber comprendido el grueso de la obra, en cualquier caso interrumpida. Por algún motivo Moritz no publicó más partes, puede que su temprana muerte en 1793 tuviera algo que ver con esto, es por eso que la novela queda un poco desequilibrada, confiriéndole -aún involuntariamente- un toque de modernidad adicional -Sterne ya había publicado Tristram Shandy (1759-67), relato biográfico sin parangón, y en un pasaje de la Parte Tercera Reiser compara el humor del vinagrero filósofo K... con el de Sterne, aunque esto no asegura que Moritz hubiera leído Tristram Shandy ya que es El viaje sentimental la obra sterniana citada a lo largo de la novela. El viaje descrito en la Parte Cuarta adelanta las penalidades de Knut Hamsun en Hambre -como apunta Gauger en la introducción- y también de algún modo las travesías campo a través de Walser en Los hermanos Tanner. A partir de un determinado momento del libro la obsesión de Reiser será el teatro -al igual que sucedía en el Wilhelm Meister goethiano- y hará todo lo posible por dedicarse a esta profesión sin importarle cuantas oportunidades deje en el camino -por ejemplo, desestima la continuada invitación de un oficial a alistarse en el ejército, lo que le facilitaría un sustento seguro. Bueno, seamos sinceros, ahora mismo no sé si la vocación de Anton era la de ser teólogo, poeta, escritor de comedias o actor de teatro -y si fue todo eso, en qué orden se sucedieron estas vocaciones y por qué fueron cambiando-, es más, en realidad, la secuencia de escenas e imágenes de la novela se mezclan confusamente en mi cerebro, y soy incapaz de distinguirlas -ni consultando el libro me aclaro-, no sé cuándo estuvo en Gottinga -¿o era en Gotha?- ni en Erfurt ni en Hannover, cuándo en Hildesheim (me acuerdo del gran Hildesheimer, de su libro sobre Mozart, de su Tynset) o en Bremen. Me pregunto si todo esto es un reflejo de mi vida real, si soy incapaz de clasificar los hechos y las fechas y las conversaciones que me pasan diariamente, si ya es demasiado tarde para recapitular todo desde el principio o si no es más que parte de uno de esos episodios de la Amnesia in litteris de Patrick Süskind. Así que decido -no sin pavor- revisar página por página el Anton Reiser e ir anotando la sucesión de lugares por los que pasa. Este comentario dejará de ser una impresión para ser algo más exhaustivo, más, digamos, objetivo.
La acción comienza en una población cercana a Hannover donde vive la familia Reiser y en Pyrmont, donde está la secta delos quietistas. En Hannover Anton entra en la Escuela Pública municipal donde recibe clases de latín. Luego marcha a Braunschweig, con el sombrerero Lobenstein como mentor. Volverá a Hannover, para recibir clases en el instituto para futuros maestros rurales, allí conoce al maestro R..., este le da clases de aritmética y escritura. En un ejercicio sobre las Historias bíblicas de Hübner, Reiser da vía libre a sus instintos creativos aderezando "poéticamente aquella historia, declamándola con una especie de ornato retórico", con tal suerte que el maestro le recomienda que abrevie sus relatos. El consejero territorial de Götten le procura estudios gratuitos y libros. Anton será el preferido del Pastor Marquard en las clases de preparación a la Eucaristía e ingresará en la Escuela Superior del Liceo del director Ballhorn -luego director Schumann-, en la clase Sekunda -luego progresará hasta el grado superior-, donde recibe clases de catecismo, Geografía y Gramática latina del maestro de coro y clases de Teología, Historia y Nuevo Testamento Griego del pastor Grupen. Empieza a interesarse por el teatro porque ésa era ya "la idea predominante en él, el germen de todas sus futuras adversidades", y poco a poco va desterrando "la obsesión por la predicación". Llega a la afortunada conclusión de que la lectura se ha convertido en una necesidad, "como pueda serlo para los orientales el opio". En un momento de crisis total, los libros le salvarán: "Como no tenía a nadie en el mundo y ni siquiera él se amaba a sí mismo, ¿a qué otra cosa podía aspirar que a olvidarse lo más frecuente y definitivamente posible de su persona? Por eso la librería de lance siguió siendo su constante refugio, y sin ella Reiser no habría podido soportar su situación". La Parte Segunda del Anton Reiser retoma algunos episodios que produjeron cierta parálisis psíquica en Reiser, aquel "qué mozo más lerdo" del inspector del seminario, el "no me he dirigido a usted" del comerciante S..., y finalmente la mirada de desprecio del rector. Reiser se emociona con la llegada a la ciudad de la compañía Ackermann para representar Emilia Galotti de Lessing y se menciona el joy of grief, "el placer de las lágrimas, deparado desde la infancia aunque se hubiese visto privado de todos los demás deleites de la vida", y termina la Parte Segunda con la arriesgada empresa llevada a cabo junto a sus compañeros G... y M... de atravesar el río peligrosamente para llegar a unos cerezos.
Anton cultiva el arte de la poesía con dispar éxito -unas tarjetas de felicitación, un discurso para el cumpleaños de la reina de Inglaterra con un cartel anunciador del mismo y unos encargos escolares serán sus mayores logros. Sin embargo, y a pesar del éxito temporal obtenido, no serán pocos los momentos de desesperación que viva a causa de su extrema sensibilidad y su desapego social -¿una cosa conlleva la otra? Por ejemplo, al final de la Parte Segunda leemos cómo Anton maneja alguna ideación, aunque la sangre no llega al río, nunca mejor dicho: "Pero su hastío de la vida alcanzó entonces el punto álgido: muchas veces, durante aquellos paseos por la orilla del Leine, se inclinaba sobre la impetuosa corriente, pero el admirable anhelo de respirar luchaba con la desesperación y hacía retroceder de nuevo, con enorme ímpetu, el cuerpo doblado hacia delante". Incomprensiblemente Anton superará esos momentos de desolación gracias a unas ilusiones creadas desde lo mínimo -un destello de sol, la llegada de la primavera...-, unas ensoñaciones que mantendrán en pie al joven Reiser por muchas penalidades que sufra.
Pero, se preguntarán, ¿qué es lo que cuenta la novela? -o no, quién sabe. El propio narrador describe esta historia como una historia de contradicciones, entre sus actos y sus deseos ("Se trata de saber cómo se resolverán esas contradicciones"). Aquí Moritz está sublime pues ¿no es la historia del ser humano, de cualquier ser humano, una historia de contradicciones? Otra posible respuesta la encontramos en el Prefacio a la Parte Cuarta: "Al igual que las anteriores, esta parte de la historia de Anton Reiser, viene a tratar la importante cuestión de hasta qué punto un joven es capaz de elegir por sí mismo su vocación". En el prefacio a la Parte Tercera se leen algunas recomendaciones: "tal vez contenga este relato alguna sugerencia, no inútil del todo, para maestros y educadores, que les haga tratar con más moderación a determinados discípulos y ser más justos y equitativos en su modo de enjuiciarlos"; y es que Anton se ve injustamente tratado en alguna ocasión -en la mayoría de los casos por sucesos nimios, como un hojeo descuidado ("cuando iba a traducir algo del latín al alemán, del Libro sobre los deberes de Cicerón, sucedió que en el ejemplar que le entregó el director, Reiser pasó la hoja tan torpemente y con tan poca fortuna que casi la rasgó de arriba a abajo", descuido que molestará sobremanera al director), o por algún malentendido -todo en la vida es un malentendido, me digo. Al ser preguntado por el inspector del instituto de Hannover si se había sentido injustamente tratado por alguno de sus condiscípulos (cosa que también sucederá, será acusado de ser el fámulo del rector y desplazado por sus compañeros de las actividades teatrales), Anton responde que "le habían tratado injustamente, más no sus condiscípulos, sino sus maestros: ni se ocupaban de él ni tan siquiera le hacían preguntas, aunque él se supiese el tema mejor que otros"-, lo que en ocasiones supondrá un retraso en su educación -Anton termina desinhibiéndose de las clases, leyendo durante las mismas, desatendiendo, en definitiva-, algo que los educadores, salvo en contadas veces ("el maestro de coro le concedió el honroso título de censor perpetuus", un título que correspondía al primero de la clase), no sabrán advertir, ignorando el gran potencial como alumno de Anton. La Parte Tercera se abre con la carta de arrepentimiento al Pastor Marquard. Reiser comienza la redacción de un diario: "Ese Diario resultaba bastante curioso porque Reiser no dejaba de anotar en él ninguna circunstancia de su vida ninguno de los sucesos del día por irrelevante que fuese." Más tarde también anota decisiones y todo lo que se propone. Toma prestadas de la librería algunas obras de Shakespeare, le asaltan serios deseos de escritura: "Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venía a la pluma las siguientes palabras: ¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Es cuando escribe sus primeros poemas, estudia la traducción del Paraíso perdido de Milton por Zacheriä, realiza las tarjetas de felicitación y escribe el Discurso para la reina de Inglaterra, su suerte cambiará gracias a estos éxitos. Hay un momento clave en la Parte Tercera, ("Y cuando ya estaba muy próxima la primavera despertó en él de súbito un extraño e imperioso deseo de viajar", p.329), entonces Reiser viaja a pie hasta Bremen con la intención de bajar después por el río Wesser hasta el mar: "Ése fue el primer viaje extraño y aventurero que hizo Reiser, y desde aquel tiempo empezó a llevar su apellido con una base real". De nuevo en Hannover se obsesiona con el papel de Clavijo en la obra de Goethe, es excluido de la obra de los alumnos del grado superior (El desertor por amor filial), para la que se encomienda sin embargo un prólogo. Piensa en ir a Weimar donde está la compañía de Seiler. Hace de Blasius en El hombre puntual y de príncipe en El joven noble.
Hay un tono filosófico en algunas de las reflexiones del joven Reiser, unos pensamientos que dejan al lector con la sospecha de estar ante una obra excepcional: "En aquellos momentos tenía la impresión de que no había pensado otra cosa que palabras", p. 255; o "¡Tener que ser invariablemente él mismo y ningún otro! ¡Estar encajonado y encarcelado dentro de sí mismo!", p.205; o también, "cuando se proponía las cosas escuetamente, sin fastos ni solemnidades, muchas veces las cumplía mejor y más rápidamente", o ese brillante razonamiento cuando cayó en desgracia en la Escuela: "nadie tenía en cuenta que esa conducta suya por la cual le despreciaban era a su vez consecuencia de un desprecio anterior. Ese desprecio, causado por una serie de coincidencias fortuitas, era el origen de su conducta y no, como todos creían, su conducta el origen del desprecio." Es por este tipo de párrafos y otros por los que la novela es considerada como la primera novela psicológica.
Finalmente Reiser decide abandonar su natal Hannover con la idea de trabajar en una compañía de teatro. Es el inicio de un viaje emblemático en la historia de la literatura: "A partir de Hildesheim, su itinerario le llevaba a través de Salzdethfurt, Brockenem y Seesen, hasta Duderstadt, desde donde, pasando por Mühlhausen, quería ir derecho a Erfurt, y desde allí a Weimar, que era la meta de sus deseos", una travesía delirante a pie con un solo ducado en el bolsillo y compitiendo con toda clase de adversidades. Tendrá que alimentarse a base de pan y cerveza -como hacía en la Parte Segunda para poder gastar todo su peculio en libros de la librería de lance, "con el dinero destinado a la cena había tomado prestado Ugolino"- y en último caso recurrirá a una elemental dieta a base de hierbas del campo. Una vez llegado a Erfurt pregunta por la compañía teatral de Ekhof y le comunican que ha marchado a Gotha. Se dirige a Gotha, habla con Ekhof quien le da permiso para asistir a ensayos y representaciones pero finalmente, y para su decepción, no será contratado. Va a Eisenach en busca de la compañía de Barzant. Cuando llega allí le dicen que ha viajado a Erfurt. Sube al castillo de Wartburg. Llega a Gotha y emprende camino hacia Erfurt. Allí se inscribe en la Universitas perantiqua. Actuará en representaciones estudiantiles, con papeles femeninos en Medon o la venganza del sabio y en El desconfiado y El tesoro. Intentará entrar en la compañía de Speich que llega a Erfurt. Está a punto de conseguir el papel de Reimreich en Los poetas a la moda, pero es víctima de una intriga y su actuación queda frustrada. Marcha a Leipzig, siguiendo el rastro de Speich. Al llegar a Leipzig finaliza la novela.
A veces Reiser siente ataques profundos de melancolía ("Ante aquellos vanos e incesantes esfuerzos de un falso instinto poético, acabó rindiéndose y le invadió una especie de apatía total y de total hastío de la vida", p. 482), unos ataques que en ocasiones le impiden disfrutar de los placeres intelectuales: "Porque apenas puede haber un tormento mayor que un completo vacío interior, cuando el espíritu pretende en vano salir de ese estado y, siendo inocente, se echa continuamente la culpa a sí mismo y se acusa de estar insensibilizado por no conmoverse ni emocionarse ante las sublimes melodías que suenan en sus oídos" (p.462). Estas ideas son recurrentes y de alguna forma el libro se convierte en una verdadera oda a la melancolía ("Eso le produjo una honda melancolía", p. 277;"Pero luego retomó la sensación de melancolía"; "Sin embargo, en Reiser seguía dominando la tendencia a la melancolía", p. 338; "Reiser se sintió tan humillado que quedó hundido en una especie de verdadera melancolía", p.354; "Pero luego retomó la sensación de melancolía: ¿dónde iba a echar raíces él en aquel mundo ancho yermo, si se veía excluido de todas las relaciones humanas", en la Parte Tercera), un estado que le conduce a la búsqueda de la soledad ("Casi todo le daba igual; su ánimo estaba abatido; siempre que podía buscaba la soledad", p.202; "vagaba por los pasajes más solitarios de los contornos de Erfurt", p.470) y a paseos a lo largo de la muralla de Hannover. Pero no nos compadecemos de Anton Reiser por este hecho -tampoco lo hicieron sus compañeros, pero por diferente motivo-, ya que "durante aquellos paseos era cuando su espíritu recuperaba algo de fuerzas y en su corazón volvía a anidar una tenue esperanza", además en alguno de esos paseos solitarios Reiser desarrolla "más emociones en su alma y contribuyó a la auténtica formación de su intelecto en mayor medida que la totalidad de las clases que habían sido impartidas".
En el verano de 1775 pasa horas y horas encerrado en la bohardilla, leyendo, y de las cuales Reiser afirma que "figuran entre las más felices de mi vida". A lo largo de toda la historia planea la impresión de que Reiser quizás no sea un poeta de talento. En el prefacio de la Parte Cuarta se lee "Contiene una detallada exposición de los diferentes modos de engañarse a sí mismo que tuvo aquel inexperto por su mal entendida inclinación a la poesía y al teatro". Después de componer su primera estrofa recibe una dura pero constructiva crítica del maestro de coro "que fue verdaderamente beneficiosa para Reiser, quien nunca se lo agradecería lo bastante. De no haber sido así, el aplauso que recibió tan inmerecidamente aquel primer producto de su musa habría tenido consecuencias negativas toda la vida" (p.162). Cerca del final Reiser realiza una reflexión que, si bien en un principio el lector no es capaz de esclarecer si es una confesión o una lección a quien pretenda ser artista ("Es sin duda un signo infalible de que una persona no tiene vocación de poeta por el hecho de que en general sea sólo una sensación lo que anima a ser poeta y que la escena concreta que quiere escribir no esté en ella antes de esa sensación o al menos al mismo tiempo"), luego deviene lamento: "Ese fue el caso de Reiser, que enturbió las mejores horas de su vida con intentos fallidos, con inútiles esfuerzos por alcanzar una engañosa ilusión que siempre veía ante él y que, cuando ya creía estar abrazándola, se deshacía al instante en humo y en niebla" (p. 467), en el que tengo como uno de los pasajes más emocionantes de la novela. Curiosamente el mejor amigo de Reiser, Philipp -nótese la coincidencia con el segundo nombre del autor- se apellida igualmente Reiser -en una extraña y genial superposición de nombres e identidades propias de la novela moderna (no tengo ni idea de lo que esto quiere decir ni si quiere decir algo). Entre los dos Reiser se establece una colaboración musical, Anton escribe una coral para que Philipp -que fabrica clavicordios- pueda ponerle música. Otra vez curiosamente, Reiser recala un tiempo en Erfurt, ciudad natal de su amigo Philipp, mientras que éste permanece en Hannover, la ciudad originaria de Anton -intercambio de ubicaciones, ¿quiere esto también decir algo?-, la correspondencia entre ambos, no obstante, no se interrumpe. Resulta reveladora la desequilibrada relación entre los dos Reiser, una relación que queda dibujada en la escena en la que Anton apura sus últimos instantes en Hannover antes de emprender un loco viaje hacia ninguna parte y su amigo Philipp se dedica a sus cosas sin prestar atención al incierto y decisivo episodio que su amigo está a punto de comenzar ("Pero lo que más molestó a Anton Reiser fue que su único amigo pasara la última hora de la despedida limpiando con ahínco la escarapela del sombrero" -no sé ustedes, yo he tenido que buscar qué demonios es una escarapela de un sombrero, un adorno compuesto por cintas de colores). Aún así Anton seguirá conservando un gran aprecio por Philipp, más por inercia o resignación que otra cosa ya que, como él dice, Philipp es su único amigo. Acerca de estos detalles aparentemente livianos que inundan la narración se pronuncia Moritz en su prefacio a la Parte Primera, aludiendo a la "aparente trivialidad de algunos hechos que aquí se narran", entre los que se podrían encontrar esos paseos a lo largo de la muralla de Hannover ("amaba por encima de todo los paseos solitarios"), o esas indolentes temporadas refugiado en buhardillas (bohardillas, en el texto) pasando días y días leyendo en soledad -dirán que deliro pero pienso en Murakami, sus cabañas en el monte, sus desayunos en el Dunkin Donuts de Sapporo y sus días muertos en habitaciones solitarias de hotel. Anton sabe de su particularidad, de su, en cierto sentido, locura, cuando dicen de él que "ese Reiser es desde luego un bicho raro, por la noche, en plena oscuridad, da tres paseos entorno a la muralla y no habla más que consigo mismo, repitiendo en voz alta la lección del día, no le resultaba desagradable oírlo, antes bien, para él tenía algo de lisonjero el adquirir de esa manera una cierta fama de raro". Hacerse el raro está bien, el enigmático, el excéntrico incluso, pero tampoco hay que pasarse, acabarás encerrado en algún sótano, copiando pinturas antiguas, escuchando discos de Mike Oldfield, me digo. Es decir, la admiración que Anton empieza a tener desde muy pronto por los ermitaños es preocupante (esta admiración procede de la lectura de Vitae patrum o Vidas de antiguos eremitas que su padre le había procurado en la infancia), pues, aún dispuesto con medias de seda y buenas zapatillas -una indumentaria que le hará pasar desapercibido- termina viviendo prácticamente como un indigente, durmiendo en jergones de paja junto a otros viandantes -como aquellos que hablaban una jerga con vocablos altamente disonantes- y alimentándose de hierbas -aunque no hay que temer por Anton, es resistente, su alimento es más espiritual que otra cosa: "subió al castillo de Wartburg y contempló la amplia y hermosa comarca que se extendía ante él" -¿quién piensa en la comida en un momento como ese? Es por ello que mencionamos Hambre de Knut Hamsun y que también pensamos en El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell.
En otro orden de cosas (pequeña digresión), y en lo que a mí respecta, no pude evitar pensar todo el tiempo en Mozart y Moritz como figuras decisivas y coetáneas. Así me gustaría advertir sobre la sorprendente coincidencia -aparte de la increíble similitud fonética de sus apellidos- de que Moritz y Mozart nacieran el mismo año, 1756, y de que Moritz apenas sobreviviera año y medio al genio salzburgués y de que la publicación de Anton Reiser abarcara los últimos años de Mozart, con lo cual se podría pensar que quizás Mozart llegara a leer Anton Reiser y que Moritz escuchara alguna vez a Mozart en concierto.
La galería de personajes que circulan a lo largo y ancho de la novela es amplísima, a pesar de que en el prefacio a la Primera Parte escribe Moritz que no "hay que esperar gran diversidad de caracteres en un libro que cuenta sobre todo la historia interior de la persona". Desde los pastores Paulmann de Sankt Ulrich, Marquard el capellán militar, hasta directores de escuela -como el director Ballhorn, quien llamara por primera vez a Anton Reiserus-, rectores, subdirectores, el doctor Froriep, el maestro de coro Winter -al igual que Thomas Bernhard, Reiser será miembro de un coro estudiantil gracias al cual ganará algunas monedas-, profesores de Historia, pasando por zapateros -como Heidorn y Schantz-, y otros ciudadanos que se ofrecen a dar una comida a la semana al joven estudiante Reiser, como los Filter y el sacristán, alumnos que bien le respetan y admiran por sus dotes poéticas bien le hacen el vacío cuando es ridiculizado por alguno de los profesores, algunos condiscípulos a los que le une cierta amistad -el que sería exitoso autor teatral Iffland, August en sus comienzos, Ockord y Neries al final-, posaderos, algún labriego -primero querrá hacerle pagar una ciruela para luego terminar agradeciéndole que le encontrara su navaja perdida-, el anciano téologo Tischer, el sombrero de Braunschweig Lobenstein, su primer mentor, el maestro R..., el alumno G... que haría de Sócrates moribundo, el administrador H., el vinagrero filósofo K... (ya sé, ¡ustedes piensan en los personajes kafkianos!), el impresor Gradelmüller, para quien escribirá en el Semanario para burgueses y campesinos, el joven Liebetraut, el bibliotecario Reichard, el abad Günther, el profesor Springer...
El estilo de Moritz es de una claridad y austeridad que sorprenden. Párrafos concisos hacen avanzar la trama -a veces de forma desordenada, con saltos cronológicos, por lo que el autor llega a disculparse ante sus lectores- a la vez que la adornan los inspirados pensamientos del narrador, como ya se ha dicho, motivo principal de la denominación de novela psicológica, una denominación que nace de la pluma de Moritz. Nada más comenzar el libro, en el prefacio a la Primera Parte el autor anuncia: "Esta novela psicológica acaso pudiera recibir también el nombre de biografía, porque las observaciones están tomadas en su mayor parte de la vida real"; también en el Prefacio a la Parte Segunda, de 1786, Moritz se ve obligado a hacer algún tipo de corrección, supongo que empujado por la acogida de la Parte Primera: "Para prevenir falsos juicios, semejantes a los que ya han sido emitidos sobre este libro, me veo obligado a explicar que lo que yo he llamado, por causas que consideré fáciles de adivinar, novela psicológica, es propiamente biografía, y sin duda, hasta en los más pequeños matices, la pintura más verdadera y fiel de una vida humana que quizás haya sido hecha hasta ahora."
La excepcionalidad que supone Anton Reiser entre las novelas de aprendizaje, aparte de ser la primera en su género, es la ausencia de episodios amorosos en la narración. Al contrario que la Bildungsroman más famosa -el Wilhelm Meister de Goethe-, y que, acaso la más perfecta, La educación sentimental de Flaubert, en Anton Reiser tan sólo asistimos a la sensibilidad poética del autor con respecto a temas ajenos al amor. Así en la Parte Tercera se recogen algunos poemas compuestos por Anton: poesía sobre el joven ahogado en el río, p.286; poesía del hombre mundano y el cristiano, p.289; poema El alma del sabio, p.297; poema El ateo, poema La melancolía, y una excepción, su primer poema, al desamor, pero pensado para su amigo Philipp, en cuya redacción Anton advertirá facilidad para las rimas y medidas de los versos, escribiéndolo en menos de una hora. Anton Reiser no llega a enamorarse de ninguna chica, su explicación es que se considera tan poco agraciado que no cree merecer la atención de ninguna ("nunca se había propuesto conquistar el amor de una muchacha, ya que le parecía completamente imposible que, dado su mal atuendo y el desprecio que todos sentían por él, tuviera éxito en una empresa de ese género", p.279).
En la portada del libro vemos una pequeña imagen de Moritz -Retrato de Karl Philipp Moritz por Christian Friedrich Rehberg, quien, por cierto, aparece mencionado en la novela como condiscípulo de Reiser-, en un tondo casi diminuto, y en la destacan unos rasgos poco agraciados y con los que creo identificarme. Presupongo la posibilidad de que yo sea Moritz. No sé si este pensamiento me alivia o mortifica, probablemente Moritz no fuera un buen poeta, pero lo evidente es que era un genio de ¡las novelas de aprendizaje! Por otro lado recelo del débil argumento esgrimido por Reiser para no sentirse atraído por una chica. Que yo no tenga ninguna posibilidad de ser correspondido por Andrea Corr no disminuye mis sentimientos hacia ella, por ejemplo -aunque, bien pensado,la verdad es que resulta ridículo enamorarse de Andrea Corr, quizá Reiser llevaba razón después de todo.
En Anton Reiser hallamos también una idea precursora en cuanto a la enumeración de numerosas obras literarias con las que se encuentra el protagonista -y de la que tanto se servirán autores como Vila-Matas, Sergio Pitol, si bien ellos lo harán de una forma forzada y a veces caricaturesca, abundando en las citas uno, presentando análisis sesudos el otro-, unos títulos que proceden tanto de las lecturas del protagonista (algunas que le influyen sobremanera como Werther y también Los viajes sentimentales de Yorik, que no es otro sino El viaje sentimental de Laurence Sterne, Muerte de Jesús de Ramler, que determinaría su afición temprana a la poesía, La bella Banise de von Ziegler und Kliphausen, Las mil y una noches, La isla de Felsenburg de Schnabel, Daniel en el foso de los leones de Carl von Moser, ...), de los libros de estudio (Synopsis historiae universalis de Holberg, Geografía general de los cuatro continentes de Hübner, Historia de Alejandro Magno de Quinto Curcio, la Gramática latina de Elio Donato o "el Donato") como de las obras de teatro representadas a lo largo de la acción (Clavijo de Goethe, El desertor por amor filial de Gottlieb Stephanie, La venganza de Young, Clarisa de Bock, Eugenia de Caron de Beaumarchais, Emilia Galotti de Lessing, Los mellizos de Klinger...). La influencia de la literatura en el espíritu de Reiser es fundamental. Uno de los libros que más le impactarán serán Las desventuras del joven Werther de Goethe, pero no serán los pasajes amorosos -en los cuales no se reconoce al igual que no entiende las aventuras amorosas de su amigo Philipp-, los que llamen su atención: "Cuando se publicaron Las desventuras del joven Werther y leyó las deliciosas descripciones de Wahlheim, enseguida pensó en aquel molino de viento y en las horas de soledad tan agradables que había pasado allí" (p.349). Y entonces me viene a la cabeza esa edición que vi ayer en la biblioteca del Walden de Henry David Thoreau y que, me digo, tengo que sacar la próxima vez que vaya, cuando devuelva La casa de hojas de Danielewski -si sigo con vida, claro. Uno de los pasajes que más le impresionan a Reiser de Werther es el de la comparación de la vida con un teatro de marionetas. Reiser leyó tanto esta obra que llegó un punto en el que no sabía cuáles eran ideas propias y cuáles debidas a Goethe. Moritz coincidió con Goethe en Italia en 1786, más tarde, Goethe escribiría su célebre Viaje a Italia (1816). En la novela Goethe aparece simplemente como "el autor de Werther" y será el motivo principal por el que Reiser decida ir a Weimar, allí donde Goethe ostenta un cargo público -si bien la novela se corta antes de que esto suceda. En la introducción Gauger recoge un extracto del Viaje a Italia donde Goethe dice de Moritz que es como un hermano menor, de su misma índole, "pero pisoteado y maltratado por ese destino que a mí me ha colmado de favores". Según Gauger, Goethe ayudó económicamente a Moritz en Roma y luego terció para que consiguiera una cátedra de Estética en la Academia de las Artes de Berlín. Hace años leí el Viaje a Italia de Goethe, incluso escribí unas notas en mi blog sobre arte. Sinceramente no recordaba haber leído el nombre de Moritz en El viaje a Italia pero eso no es extraño -lo raro sería que me hubiese acordado. Así que, despertada mi curiosidad al ver que Moritz aparecía en sus páginas, cojo el Viaje de Goethe de la estantería y reviso el capítulo de la primera estancia en Roma. El 1 de diciembre de 1786 escribe Goethe: "Moritz se encuentra en la ciudad, el escritor que despertó nuestra atención con su Antonio el viajero y Viajes a Inglaterra. Es un hombre auténtico, excelente, que nos complace mucho". Sonrío -no sé si a causa de mi torpeza o al ver reconocido el talento de Moritz por el mismísimo Goethe. Lamentablemente, el traductor y encargado de las citas, Manuel Scholz Rich, no estimó conveniente aclarar la personalidad de este Moritz a pie de página -como sí hizo con todos los personajes que van apareciendo en el libro. El 6 de enero de 1787 sabemos que a Moritz le han quitado el vendaje del brazo y que Goethe le ha servido de enfermero durante cuarenta días durante los cuales han intercambiado opiniones que les serán de provecho a ambos. El 10 de enero Goethe escribe, a propósito de ciertos aspectos de la lengua germana, que "Moritz ha discurrido la existencia de cierta jerarquía silábica".
En cierto sentido me gusta ver en Anton Reiser un precursor del típico personaje bernhardiano obsesionado por los trabajos intelectuales inconclusos. Durante buena parte de la narración Anton Reiser dedica sus esfuerzos a un gran poema ("llevaba mucho tiempo dándole vueltas a un poema sobre la creación"), sin terminarlo, al igual que le sucede con una obra de teatro ("su mente empezó a fraguar planes,quería ser escritor y escribir una tragedia, El juramento en falso", p.346). También cavila sobre el propósito de elaborar un estudio filosófico literario sobre la sensibilidad o más bien sobre la sensibilidad impostada.
En general, y para terminar, decir que la novela deja entrever la idea de lo decisivo que resulta la infancia para el posterior desarrollo del individuo. Es en la época adulta cuando comenzamos a valorar el significado de las ilusiones infantiles: "La muralla de Hannover era desde sus días infantiles el lugar preferido de sus fantasías más agradables e ideas más novelescas". Al final, y repentinamente, Reiser se quedará calvo, tendrá que usar peluca, y eso será un gran revés justo cuando ya empezaba a abrirse camino como actor -quizás un símbolo de la decadencia. La novela, por ultimo, se podría resumir en la expresión que a veces utiliza el narrador, "joy of grief", el placer de las lágrimas, esa emoción que asiste a Anton al leer un libro o asistir a una representación teatral -al identificarse con los personajes y los pensamientos que los pueblan- y que le aísla de la realidad cotidiana, un joy of grief que, digámoslo sin miedo, sentimos nosotros mismos al leer esta excepcional obra de Moritz.
Ficha del libro
La novela comienza en Pyrmont, un pueblo cerca de Hannover donde se establece la secta de los quietistas, dirigida por el señor von Fleischbein, seguidor de los escritos de Madame Guyon. El padre de Anton comulgará con estas creencias y esto supondrá una confrontación continua con la madre de Anton, algo que afectará al niño emocionalmente para lo resto ("Si la doctrina de Madame Guyon sobre la entera eliminación y erradicación de todas las pasiones, aun de las más sutiles y delicadas, se acordaba con el alma dura e insensible de su esposo, a ella le fue imposible convenir jamás a esas ideas, contra las que se rebelaba su corazón"). Anton sufrirá a los ocho años una infección en el pie y será entonces cuando comience su interés por la lectura. El grueso del libro se ocupará del ajetreado período de aprendizaje de Anton -pienso que un título perfecto sería Los años de aprendizaje de Anton Reiser, pero será Goethe quien lo utilice poco después para su Wilhelm Meister, un aprendizaje más sentimental que académico en el caso de Meister. Así Anton deambulará por varias instituciones colegiales -su padre le negará cualquier ayuda para realizar estudios, de hecho no obtendrá de él ni un penique-, logrará sin esperarlo una subvención real ("a instancias del Pastor Marquard, el príncipe Carlos tomará bajo su protección al joven Reiser y le pasará una pensión mensual", se trata de Carlos de Mecklenburgo, regente en Hannover del rey Jorge III de Inglaterra), se gestarán sus propias inquietudes -comenzará reescribiendo los sermones que escucha en la iglesia ("le causaba un deleite inefable la disposición melancólica de ánimo en que recaía entonces"), luego sus aspiraciones literarias subirán un listón ("Reiser hacía proyectos de escribir: quería mejorar el estilo de la vieja Acerra philologica"), se le irá conformando cierto espíritu filosófico ("Reiser había elaborado mentalmente una especie de metafísica, muy próxima a las teorías de Spinoza"), sufrirá el despertar a la poesía, el teatro, los viajes...-, ingresará en la Universidad de Erfurt y finalizará su aventura en la Parte Cuarta del libro con un difícil viaje por la Baja Sajonia y Turingia en busca de una compañía de teatro que lo emplee. El texto está enriquecido por numerosas reflexiones que convierten la novela en algo más que una retahíla de nombres y sucesos (por ejemplo, una de las ideas que más me gusta es la pérdida de vinculación de las ideas a un lugar, lo que me hace pensar en Pessoa), y a través de las cuales vamos conociendo el ánimo solitario -rayando en lo misantrópico ("empezó a tomarle afición a la soledad")- de Reiser (en alemán, viajero, así, en el prefacio a la Tercera Parte se adelanta que "al final de esta parte comienzan los viajes de Anton Reiser y con ellos la novela propiamente dicha de su vida"). No sé qué tendría en la cabeza Moritz con respecto a esta obra, pero es evidente que finaliza de forma abrupta -quizás la intención de Moritz, pienso, fuera que las tres primeras partes funcionaran a modo de introducción a la etapa viajera de Reiser, que debía haber comprendido el grueso de la obra, en cualquier caso interrumpida. Por algún motivo Moritz no publicó más partes, puede que su temprana muerte en 1793 tuviera algo que ver con esto, es por eso que la novela queda un poco desequilibrada, confiriéndole -aún involuntariamente- un toque de modernidad adicional -Sterne ya había publicado Tristram Shandy (1759-67), relato biográfico sin parangón, y en un pasaje de la Parte Tercera Reiser compara el humor del vinagrero filósofo K... con el de Sterne, aunque esto no asegura que Moritz hubiera leído Tristram Shandy ya que es El viaje sentimental la obra sterniana citada a lo largo de la novela. El viaje descrito en la Parte Cuarta adelanta las penalidades de Knut Hamsun en Hambre -como apunta Gauger en la introducción- y también de algún modo las travesías campo a través de Walser en Los hermanos Tanner. A partir de un determinado momento del libro la obsesión de Reiser será el teatro -al igual que sucedía en el Wilhelm Meister goethiano- y hará todo lo posible por dedicarse a esta profesión sin importarle cuantas oportunidades deje en el camino -por ejemplo, desestima la continuada invitación de un oficial a alistarse en el ejército, lo que le facilitaría un sustento seguro. Bueno, seamos sinceros, ahora mismo no sé si la vocación de Anton era la de ser teólogo, poeta, escritor de comedias o actor de teatro -y si fue todo eso, en qué orden se sucedieron estas vocaciones y por qué fueron cambiando-, es más, en realidad, la secuencia de escenas e imágenes de la novela se mezclan confusamente en mi cerebro, y soy incapaz de distinguirlas -ni consultando el libro me aclaro-, no sé cuándo estuvo en Gottinga -¿o era en Gotha?- ni en Erfurt ni en Hannover, cuándo en Hildesheim (me acuerdo del gran Hildesheimer, de su libro sobre Mozart, de su Tynset) o en Bremen. Me pregunto si todo esto es un reflejo de mi vida real, si soy incapaz de clasificar los hechos y las fechas y las conversaciones que me pasan diariamente, si ya es demasiado tarde para recapitular todo desde el principio o si no es más que parte de uno de esos episodios de la Amnesia in litteris de Patrick Süskind. Así que decido -no sin pavor- revisar página por página el Anton Reiser e ir anotando la sucesión de lugares por los que pasa. Este comentario dejará de ser una impresión para ser algo más exhaustivo, más, digamos, objetivo.
La acción comienza en una población cercana a Hannover donde vive la familia Reiser y en Pyrmont, donde está la secta delos quietistas. En Hannover Anton entra en la Escuela Pública municipal donde recibe clases de latín. Luego marcha a Braunschweig, con el sombrerero Lobenstein como mentor. Volverá a Hannover, para recibir clases en el instituto para futuros maestros rurales, allí conoce al maestro R..., este le da clases de aritmética y escritura. En un ejercicio sobre las Historias bíblicas de Hübner, Reiser da vía libre a sus instintos creativos aderezando "poéticamente aquella historia, declamándola con una especie de ornato retórico", con tal suerte que el maestro le recomienda que abrevie sus relatos. El consejero territorial de Götten le procura estudios gratuitos y libros. Anton será el preferido del Pastor Marquard en las clases de preparación a la Eucaristía e ingresará en la Escuela Superior del Liceo del director Ballhorn -luego director Schumann-, en la clase Sekunda -luego progresará hasta el grado superior-, donde recibe clases de catecismo, Geografía y Gramática latina del maestro de coro y clases de Teología, Historia y Nuevo Testamento Griego del pastor Grupen. Empieza a interesarse por el teatro porque ésa era ya "la idea predominante en él, el germen de todas sus futuras adversidades", y poco a poco va desterrando "la obsesión por la predicación". Llega a la afortunada conclusión de que la lectura se ha convertido en una necesidad, "como pueda serlo para los orientales el opio". En un momento de crisis total, los libros le salvarán: "Como no tenía a nadie en el mundo y ni siquiera él se amaba a sí mismo, ¿a qué otra cosa podía aspirar que a olvidarse lo más frecuente y definitivamente posible de su persona? Por eso la librería de lance siguió siendo su constante refugio, y sin ella Reiser no habría podido soportar su situación". La Parte Segunda del Anton Reiser retoma algunos episodios que produjeron cierta parálisis psíquica en Reiser, aquel "qué mozo más lerdo" del inspector del seminario, el "no me he dirigido a usted" del comerciante S..., y finalmente la mirada de desprecio del rector. Reiser se emociona con la llegada a la ciudad de la compañía Ackermann para representar Emilia Galotti de Lessing y se menciona el joy of grief, "el placer de las lágrimas, deparado desde la infancia aunque se hubiese visto privado de todos los demás deleites de la vida", y termina la Parte Segunda con la arriesgada empresa llevada a cabo junto a sus compañeros G... y M... de atravesar el río peligrosamente para llegar a unos cerezos.
Anton cultiva el arte de la poesía con dispar éxito -unas tarjetas de felicitación, un discurso para el cumpleaños de la reina de Inglaterra con un cartel anunciador del mismo y unos encargos escolares serán sus mayores logros. Sin embargo, y a pesar del éxito temporal obtenido, no serán pocos los momentos de desesperación que viva a causa de su extrema sensibilidad y su desapego social -¿una cosa conlleva la otra? Por ejemplo, al final de la Parte Segunda leemos cómo Anton maneja alguna ideación, aunque la sangre no llega al río, nunca mejor dicho: "Pero su hastío de la vida alcanzó entonces el punto álgido: muchas veces, durante aquellos paseos por la orilla del Leine, se inclinaba sobre la impetuosa corriente, pero el admirable anhelo de respirar luchaba con la desesperación y hacía retroceder de nuevo, con enorme ímpetu, el cuerpo doblado hacia delante". Incomprensiblemente Anton superará esos momentos de desolación gracias a unas ilusiones creadas desde lo mínimo -un destello de sol, la llegada de la primavera...-, unas ensoñaciones que mantendrán en pie al joven Reiser por muchas penalidades que sufra.
Pero, se preguntarán, ¿qué es lo que cuenta la novela? -o no, quién sabe. El propio narrador describe esta historia como una historia de contradicciones, entre sus actos y sus deseos ("Se trata de saber cómo se resolverán esas contradicciones"). Aquí Moritz está sublime pues ¿no es la historia del ser humano, de cualquier ser humano, una historia de contradicciones? Otra posible respuesta la encontramos en el Prefacio a la Parte Cuarta: "Al igual que las anteriores, esta parte de la historia de Anton Reiser, viene a tratar la importante cuestión de hasta qué punto un joven es capaz de elegir por sí mismo su vocación". En el prefacio a la Parte Tercera se leen algunas recomendaciones: "tal vez contenga este relato alguna sugerencia, no inútil del todo, para maestros y educadores, que les haga tratar con más moderación a determinados discípulos y ser más justos y equitativos en su modo de enjuiciarlos"; y es que Anton se ve injustamente tratado en alguna ocasión -en la mayoría de los casos por sucesos nimios, como un hojeo descuidado ("cuando iba a traducir algo del latín al alemán, del Libro sobre los deberes de Cicerón, sucedió que en el ejemplar que le entregó el director, Reiser pasó la hoja tan torpemente y con tan poca fortuna que casi la rasgó de arriba a abajo", descuido que molestará sobremanera al director), o por algún malentendido -todo en la vida es un malentendido, me digo. Al ser preguntado por el inspector del instituto de Hannover si se había sentido injustamente tratado por alguno de sus condiscípulos (cosa que también sucederá, será acusado de ser el fámulo del rector y desplazado por sus compañeros de las actividades teatrales), Anton responde que "le habían tratado injustamente, más no sus condiscípulos, sino sus maestros: ni se ocupaban de él ni tan siquiera le hacían preguntas, aunque él se supiese el tema mejor que otros"-, lo que en ocasiones supondrá un retraso en su educación -Anton termina desinhibiéndose de las clases, leyendo durante las mismas, desatendiendo, en definitiva-, algo que los educadores, salvo en contadas veces ("el maestro de coro le concedió el honroso título de censor perpetuus", un título que correspondía al primero de la clase), no sabrán advertir, ignorando el gran potencial como alumno de Anton. La Parte Tercera se abre con la carta de arrepentimiento al Pastor Marquard. Reiser comienza la redacción de un diario: "Ese Diario resultaba bastante curioso porque Reiser no dejaba de anotar en él ninguna circunstancia de su vida ninguno de los sucesos del día por irrelevante que fuese." Más tarde también anota decisiones y todo lo que se propone. Toma prestadas de la librería algunas obras de Shakespeare, le asaltan serios deseos de escritura: "Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venía a la pluma las siguientes palabras: ¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Es cuando escribe sus primeros poemas, estudia la traducción del Paraíso perdido de Milton por Zacheriä, realiza las tarjetas de felicitación y escribe el Discurso para la reina de Inglaterra, su suerte cambiará gracias a estos éxitos. Hay un momento clave en la Parte Tercera, ("Y cuando ya estaba muy próxima la primavera despertó en él de súbito un extraño e imperioso deseo de viajar", p.329), entonces Reiser viaja a pie hasta Bremen con la intención de bajar después por el río Wesser hasta el mar: "Ése fue el primer viaje extraño y aventurero que hizo Reiser, y desde aquel tiempo empezó a llevar su apellido con una base real". De nuevo en Hannover se obsesiona con el papel de Clavijo en la obra de Goethe, es excluido de la obra de los alumnos del grado superior (El desertor por amor filial), para la que se encomienda sin embargo un prólogo. Piensa en ir a Weimar donde está la compañía de Seiler. Hace de Blasius en El hombre puntual y de príncipe en El joven noble.
Hay un tono filosófico en algunas de las reflexiones del joven Reiser, unos pensamientos que dejan al lector con la sospecha de estar ante una obra excepcional: "En aquellos momentos tenía la impresión de que no había pensado otra cosa que palabras", p. 255; o "¡Tener que ser invariablemente él mismo y ningún otro! ¡Estar encajonado y encarcelado dentro de sí mismo!", p.205; o también, "cuando se proponía las cosas escuetamente, sin fastos ni solemnidades, muchas veces las cumplía mejor y más rápidamente", o ese brillante razonamiento cuando cayó en desgracia en la Escuela: "nadie tenía en cuenta que esa conducta suya por la cual le despreciaban era a su vez consecuencia de un desprecio anterior. Ese desprecio, causado por una serie de coincidencias fortuitas, era el origen de su conducta y no, como todos creían, su conducta el origen del desprecio." Es por este tipo de párrafos y otros por los que la novela es considerada como la primera novela psicológica.
Finalmente Reiser decide abandonar su natal Hannover con la idea de trabajar en una compañía de teatro. Es el inicio de un viaje emblemático en la historia de la literatura: "A partir de Hildesheim, su itinerario le llevaba a través de Salzdethfurt, Brockenem y Seesen, hasta Duderstadt, desde donde, pasando por Mühlhausen, quería ir derecho a Erfurt, y desde allí a Weimar, que era la meta de sus deseos", una travesía delirante a pie con un solo ducado en el bolsillo y compitiendo con toda clase de adversidades. Tendrá que alimentarse a base de pan y cerveza -como hacía en la Parte Segunda para poder gastar todo su peculio en libros de la librería de lance, "con el dinero destinado a la cena había tomado prestado Ugolino"- y en último caso recurrirá a una elemental dieta a base de hierbas del campo. Una vez llegado a Erfurt pregunta por la compañía teatral de Ekhof y le comunican que ha marchado a Gotha. Se dirige a Gotha, habla con Ekhof quien le da permiso para asistir a ensayos y representaciones pero finalmente, y para su decepción, no será contratado. Va a Eisenach en busca de la compañía de Barzant. Cuando llega allí le dicen que ha viajado a Erfurt. Sube al castillo de Wartburg. Llega a Gotha y emprende camino hacia Erfurt. Allí se inscribe en la Universitas perantiqua. Actuará en representaciones estudiantiles, con papeles femeninos en Medon o la venganza del sabio y en El desconfiado y El tesoro. Intentará entrar en la compañía de Speich que llega a Erfurt. Está a punto de conseguir el papel de Reimreich en Los poetas a la moda, pero es víctima de una intriga y su actuación queda frustrada. Marcha a Leipzig, siguiendo el rastro de Speich. Al llegar a Leipzig finaliza la novela.
A veces Reiser siente ataques profundos de melancolía ("Ante aquellos vanos e incesantes esfuerzos de un falso instinto poético, acabó rindiéndose y le invadió una especie de apatía total y de total hastío de la vida", p. 482), unos ataques que en ocasiones le impiden disfrutar de los placeres intelectuales: "Porque apenas puede haber un tormento mayor que un completo vacío interior, cuando el espíritu pretende en vano salir de ese estado y, siendo inocente, se echa continuamente la culpa a sí mismo y se acusa de estar insensibilizado por no conmoverse ni emocionarse ante las sublimes melodías que suenan en sus oídos" (p.462). Estas ideas son recurrentes y de alguna forma el libro se convierte en una verdadera oda a la melancolía ("Eso le produjo una honda melancolía", p. 277;"Pero luego retomó la sensación de melancolía"; "Sin embargo, en Reiser seguía dominando la tendencia a la melancolía", p. 338; "Reiser se sintió tan humillado que quedó hundido en una especie de verdadera melancolía", p.354; "Pero luego retomó la sensación de melancolía: ¿dónde iba a echar raíces él en aquel mundo ancho yermo, si se veía excluido de todas las relaciones humanas", en la Parte Tercera), un estado que le conduce a la búsqueda de la soledad ("Casi todo le daba igual; su ánimo estaba abatido; siempre que podía buscaba la soledad", p.202; "vagaba por los pasajes más solitarios de los contornos de Erfurt", p.470) y a paseos a lo largo de la muralla de Hannover. Pero no nos compadecemos de Anton Reiser por este hecho -tampoco lo hicieron sus compañeros, pero por diferente motivo-, ya que "durante aquellos paseos era cuando su espíritu recuperaba algo de fuerzas y en su corazón volvía a anidar una tenue esperanza", además en alguno de esos paseos solitarios Reiser desarrolla "más emociones en su alma y contribuyó a la auténtica formación de su intelecto en mayor medida que la totalidad de las clases que habían sido impartidas".
En el verano de 1775 pasa horas y horas encerrado en la bohardilla, leyendo, y de las cuales Reiser afirma que "figuran entre las más felices de mi vida". A lo largo de toda la historia planea la impresión de que Reiser quizás no sea un poeta de talento. En el prefacio de la Parte Cuarta se lee "Contiene una detallada exposición de los diferentes modos de engañarse a sí mismo que tuvo aquel inexperto por su mal entendida inclinación a la poesía y al teatro". Después de componer su primera estrofa recibe una dura pero constructiva crítica del maestro de coro "que fue verdaderamente beneficiosa para Reiser, quien nunca se lo agradecería lo bastante. De no haber sido así, el aplauso que recibió tan inmerecidamente aquel primer producto de su musa habría tenido consecuencias negativas toda la vida" (p.162). Cerca del final Reiser realiza una reflexión que, si bien en un principio el lector no es capaz de esclarecer si es una confesión o una lección a quien pretenda ser artista ("Es sin duda un signo infalible de que una persona no tiene vocación de poeta por el hecho de que en general sea sólo una sensación lo que anima a ser poeta y que la escena concreta que quiere escribir no esté en ella antes de esa sensación o al menos al mismo tiempo"), luego deviene lamento: "Ese fue el caso de Reiser, que enturbió las mejores horas de su vida con intentos fallidos, con inútiles esfuerzos por alcanzar una engañosa ilusión que siempre veía ante él y que, cuando ya creía estar abrazándola, se deshacía al instante en humo y en niebla" (p. 467), en el que tengo como uno de los pasajes más emocionantes de la novela. Curiosamente el mejor amigo de Reiser, Philipp -nótese la coincidencia con el segundo nombre del autor- se apellida igualmente Reiser -en una extraña y genial superposición de nombres e identidades propias de la novela moderna (no tengo ni idea de lo que esto quiere decir ni si quiere decir algo). Entre los dos Reiser se establece una colaboración musical, Anton escribe una coral para que Philipp -que fabrica clavicordios- pueda ponerle música. Otra vez curiosamente, Reiser recala un tiempo en Erfurt, ciudad natal de su amigo Philipp, mientras que éste permanece en Hannover, la ciudad originaria de Anton -intercambio de ubicaciones, ¿quiere esto también decir algo?-, la correspondencia entre ambos, no obstante, no se interrumpe. Resulta reveladora la desequilibrada relación entre los dos Reiser, una relación que queda dibujada en la escena en la que Anton apura sus últimos instantes en Hannover antes de emprender un loco viaje hacia ninguna parte y su amigo Philipp se dedica a sus cosas sin prestar atención al incierto y decisivo episodio que su amigo está a punto de comenzar ("Pero lo que más molestó a Anton Reiser fue que su único amigo pasara la última hora de la despedida limpiando con ahínco la escarapela del sombrero" -no sé ustedes, yo he tenido que buscar qué demonios es una escarapela de un sombrero, un adorno compuesto por cintas de colores). Aún así Anton seguirá conservando un gran aprecio por Philipp, más por inercia o resignación que otra cosa ya que, como él dice, Philipp es su único amigo. Acerca de estos detalles aparentemente livianos que inundan la narración se pronuncia Moritz en su prefacio a la Parte Primera, aludiendo a la "aparente trivialidad de algunos hechos que aquí se narran", entre los que se podrían encontrar esos paseos a lo largo de la muralla de Hannover ("amaba por encima de todo los paseos solitarios"), o esas indolentes temporadas refugiado en buhardillas (bohardillas, en el texto) pasando días y días leyendo en soledad -dirán que deliro pero pienso en Murakami, sus cabañas en el monte, sus desayunos en el Dunkin Donuts de Sapporo y sus días muertos en habitaciones solitarias de hotel. Anton sabe de su particularidad, de su, en cierto sentido, locura, cuando dicen de él que "ese Reiser es desde luego un bicho raro, por la noche, en plena oscuridad, da tres paseos entorno a la muralla y no habla más que consigo mismo, repitiendo en voz alta la lección del día, no le resultaba desagradable oírlo, antes bien, para él tenía algo de lisonjero el adquirir de esa manera una cierta fama de raro". Hacerse el raro está bien, el enigmático, el excéntrico incluso, pero tampoco hay que pasarse, acabarás encerrado en algún sótano, copiando pinturas antiguas, escuchando discos de Mike Oldfield, me digo. Es decir, la admiración que Anton empieza a tener desde muy pronto por los ermitaños es preocupante (esta admiración procede de la lectura de Vitae patrum o Vidas de antiguos eremitas que su padre le había procurado en la infancia), pues, aún dispuesto con medias de seda y buenas zapatillas -una indumentaria que le hará pasar desapercibido- termina viviendo prácticamente como un indigente, durmiendo en jergones de paja junto a otros viandantes -como aquellos que hablaban una jerga con vocablos altamente disonantes- y alimentándose de hierbas -aunque no hay que temer por Anton, es resistente, su alimento es más espiritual que otra cosa: "subió al castillo de Wartburg y contempló la amplia y hermosa comarca que se extendía ante él" -¿quién piensa en la comida en un momento como ese? Es por ello que mencionamos Hambre de Knut Hamsun y que también pensamos en El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell.
En otro orden de cosas (pequeña digresión), y en lo que a mí respecta, no pude evitar pensar todo el tiempo en Mozart y Moritz como figuras decisivas y coetáneas. Así me gustaría advertir sobre la sorprendente coincidencia -aparte de la increíble similitud fonética de sus apellidos- de que Moritz y Mozart nacieran el mismo año, 1756, y de que Moritz apenas sobreviviera año y medio al genio salzburgués y de que la publicación de Anton Reiser abarcara los últimos años de Mozart, con lo cual se podría pensar que quizás Mozart llegara a leer Anton Reiser y que Moritz escuchara alguna vez a Mozart en concierto.
La galería de personajes que circulan a lo largo y ancho de la novela es amplísima, a pesar de que en el prefacio a la Primera Parte escribe Moritz que no "hay que esperar gran diversidad de caracteres en un libro que cuenta sobre todo la historia interior de la persona". Desde los pastores Paulmann de Sankt Ulrich, Marquard el capellán militar, hasta directores de escuela -como el director Ballhorn, quien llamara por primera vez a Anton Reiserus-, rectores, subdirectores, el doctor Froriep, el maestro de coro Winter -al igual que Thomas Bernhard, Reiser será miembro de un coro estudiantil gracias al cual ganará algunas monedas-, profesores de Historia, pasando por zapateros -como Heidorn y Schantz-, y otros ciudadanos que se ofrecen a dar una comida a la semana al joven estudiante Reiser, como los Filter y el sacristán, alumnos que bien le respetan y admiran por sus dotes poéticas bien le hacen el vacío cuando es ridiculizado por alguno de los profesores, algunos condiscípulos a los que le une cierta amistad -el que sería exitoso autor teatral Iffland, August en sus comienzos, Ockord y Neries al final-, posaderos, algún labriego -primero querrá hacerle pagar una ciruela para luego terminar agradeciéndole que le encontrara su navaja perdida-, el anciano téologo Tischer, el sombrero de Braunschweig Lobenstein, su primer mentor, el maestro R..., el alumno G... que haría de Sócrates moribundo, el administrador H., el vinagrero filósofo K... (ya sé, ¡ustedes piensan en los personajes kafkianos!), el impresor Gradelmüller, para quien escribirá en el Semanario para burgueses y campesinos, el joven Liebetraut, el bibliotecario Reichard, el abad Günther, el profesor Springer...
El estilo de Moritz es de una claridad y austeridad que sorprenden. Párrafos concisos hacen avanzar la trama -a veces de forma desordenada, con saltos cronológicos, por lo que el autor llega a disculparse ante sus lectores- a la vez que la adornan los inspirados pensamientos del narrador, como ya se ha dicho, motivo principal de la denominación de novela psicológica, una denominación que nace de la pluma de Moritz. Nada más comenzar el libro, en el prefacio a la Primera Parte el autor anuncia: "Esta novela psicológica acaso pudiera recibir también el nombre de biografía, porque las observaciones están tomadas en su mayor parte de la vida real"; también en el Prefacio a la Parte Segunda, de 1786, Moritz se ve obligado a hacer algún tipo de corrección, supongo que empujado por la acogida de la Parte Primera: "Para prevenir falsos juicios, semejantes a los que ya han sido emitidos sobre este libro, me veo obligado a explicar que lo que yo he llamado, por causas que consideré fáciles de adivinar, novela psicológica, es propiamente biografía, y sin duda, hasta en los más pequeños matices, la pintura más verdadera y fiel de una vida humana que quizás haya sido hecha hasta ahora."
La excepcionalidad que supone Anton Reiser entre las novelas de aprendizaje, aparte de ser la primera en su género, es la ausencia de episodios amorosos en la narración. Al contrario que la Bildungsroman más famosa -el Wilhelm Meister de Goethe-, y que, acaso la más perfecta, La educación sentimental de Flaubert, en Anton Reiser tan sólo asistimos a la sensibilidad poética del autor con respecto a temas ajenos al amor. Así en la Parte Tercera se recogen algunos poemas compuestos por Anton: poesía sobre el joven ahogado en el río, p.286; poesía del hombre mundano y el cristiano, p.289; poema El alma del sabio, p.297; poema El ateo, poema La melancolía, y una excepción, su primer poema, al desamor, pero pensado para su amigo Philipp, en cuya redacción Anton advertirá facilidad para las rimas y medidas de los versos, escribiéndolo en menos de una hora. Anton Reiser no llega a enamorarse de ninguna chica, su explicación es que se considera tan poco agraciado que no cree merecer la atención de ninguna ("nunca se había propuesto conquistar el amor de una muchacha, ya que le parecía completamente imposible que, dado su mal atuendo y el desprecio que todos sentían por él, tuviera éxito en una empresa de ese género", p.279).
En la portada del libro vemos una pequeña imagen de Moritz -Retrato de Karl Philipp Moritz por Christian Friedrich Rehberg, quien, por cierto, aparece mencionado en la novela como condiscípulo de Reiser-, en un tondo casi diminuto, y en la destacan unos rasgos poco agraciados y con los que creo identificarme. Presupongo la posibilidad de que yo sea Moritz. No sé si este pensamiento me alivia o mortifica, probablemente Moritz no fuera un buen poeta, pero lo evidente es que era un genio de ¡las novelas de aprendizaje! Por otro lado recelo del débil argumento esgrimido por Reiser para no sentirse atraído por una chica. Que yo no tenga ninguna posibilidad de ser correspondido por Andrea Corr no disminuye mis sentimientos hacia ella, por ejemplo -aunque, bien pensado,la verdad es que resulta ridículo enamorarse de Andrea Corr, quizá Reiser llevaba razón después de todo.
En Anton Reiser hallamos también una idea precursora en cuanto a la enumeración de numerosas obras literarias con las que se encuentra el protagonista -y de la que tanto se servirán autores como Vila-Matas, Sergio Pitol, si bien ellos lo harán de una forma forzada y a veces caricaturesca, abundando en las citas uno, presentando análisis sesudos el otro-, unos títulos que proceden tanto de las lecturas del protagonista (algunas que le influyen sobremanera como Werther y también Los viajes sentimentales de Yorik, que no es otro sino El viaje sentimental de Laurence Sterne, Muerte de Jesús de Ramler, que determinaría su afición temprana a la poesía, La bella Banise de von Ziegler und Kliphausen, Las mil y una noches, La isla de Felsenburg de Schnabel, Daniel en el foso de los leones de Carl von Moser, ...), de los libros de estudio (Synopsis historiae universalis de Holberg, Geografía general de los cuatro continentes de Hübner, Historia de Alejandro Magno de Quinto Curcio, la Gramática latina de Elio Donato o "el Donato") como de las obras de teatro representadas a lo largo de la acción (Clavijo de Goethe, El desertor por amor filial de Gottlieb Stephanie, La venganza de Young, Clarisa de Bock, Eugenia de Caron de Beaumarchais, Emilia Galotti de Lessing, Los mellizos de Klinger...). La influencia de la literatura en el espíritu de Reiser es fundamental. Uno de los libros que más le impactarán serán Las desventuras del joven Werther de Goethe, pero no serán los pasajes amorosos -en los cuales no se reconoce al igual que no entiende las aventuras amorosas de su amigo Philipp-, los que llamen su atención: "Cuando se publicaron Las desventuras del joven Werther y leyó las deliciosas descripciones de Wahlheim, enseguida pensó en aquel molino de viento y en las horas de soledad tan agradables que había pasado allí" (p.349). Y entonces me viene a la cabeza esa edición que vi ayer en la biblioteca del Walden de Henry David Thoreau y que, me digo, tengo que sacar la próxima vez que vaya, cuando devuelva La casa de hojas de Danielewski -si sigo con vida, claro. Uno de los pasajes que más le impresionan a Reiser de Werther es el de la comparación de la vida con un teatro de marionetas. Reiser leyó tanto esta obra que llegó un punto en el que no sabía cuáles eran ideas propias y cuáles debidas a Goethe. Moritz coincidió con Goethe en Italia en 1786, más tarde, Goethe escribiría su célebre Viaje a Italia (1816). En la novela Goethe aparece simplemente como "el autor de Werther" y será el motivo principal por el que Reiser decida ir a Weimar, allí donde Goethe ostenta un cargo público -si bien la novela se corta antes de que esto suceda. En la introducción Gauger recoge un extracto del Viaje a Italia donde Goethe dice de Moritz que es como un hermano menor, de su misma índole, "pero pisoteado y maltratado por ese destino que a mí me ha colmado de favores". Según Gauger, Goethe ayudó económicamente a Moritz en Roma y luego terció para que consiguiera una cátedra de Estética en la Academia de las Artes de Berlín. Hace años leí el Viaje a Italia de Goethe, incluso escribí unas notas en mi blog sobre arte. Sinceramente no recordaba haber leído el nombre de Moritz en El viaje a Italia pero eso no es extraño -lo raro sería que me hubiese acordado. Así que, despertada mi curiosidad al ver que Moritz aparecía en sus páginas, cojo el Viaje de Goethe de la estantería y reviso el capítulo de la primera estancia en Roma. El 1 de diciembre de 1786 escribe Goethe: "Moritz se encuentra en la ciudad, el escritor que despertó nuestra atención con su Antonio el viajero y Viajes a Inglaterra. Es un hombre auténtico, excelente, que nos complace mucho". Sonrío -no sé si a causa de mi torpeza o al ver reconocido el talento de Moritz por el mismísimo Goethe. Lamentablemente, el traductor y encargado de las citas, Manuel Scholz Rich, no estimó conveniente aclarar la personalidad de este Moritz a pie de página -como sí hizo con todos los personajes que van apareciendo en el libro. El 6 de enero de 1787 sabemos que a Moritz le han quitado el vendaje del brazo y que Goethe le ha servido de enfermero durante cuarenta días durante los cuales han intercambiado opiniones que les serán de provecho a ambos. El 10 de enero Goethe escribe, a propósito de ciertos aspectos de la lengua germana, que "Moritz ha discurrido la existencia de cierta jerarquía silábica".
En cierto sentido me gusta ver en Anton Reiser un precursor del típico personaje bernhardiano obsesionado por los trabajos intelectuales inconclusos. Durante buena parte de la narración Anton Reiser dedica sus esfuerzos a un gran poema ("llevaba mucho tiempo dándole vueltas a un poema sobre la creación"), sin terminarlo, al igual que le sucede con una obra de teatro ("su mente empezó a fraguar planes,quería ser escritor y escribir una tragedia, El juramento en falso", p.346). También cavila sobre el propósito de elaborar un estudio filosófico literario sobre la sensibilidad o más bien sobre la sensibilidad impostada.
En general, y para terminar, decir que la novela deja entrever la idea de lo decisivo que resulta la infancia para el posterior desarrollo del individuo. Es en la época adulta cuando comenzamos a valorar el significado de las ilusiones infantiles: "La muralla de Hannover era desde sus días infantiles el lugar preferido de sus fantasías más agradables e ideas más novelescas". Al final, y repentinamente, Reiser se quedará calvo, tendrá que usar peluca, y eso será un gran revés justo cuando ya empezaba a abrirse camino como actor -quizás un símbolo de la decadencia. La novela, por ultimo, se podría resumir en la expresión que a veces utiliza el narrador, "joy of grief", el placer de las lágrimas, esa emoción que asiste a Anton al leer un libro o asistir a una representación teatral -al identificarse con los personajes y los pensamientos que los pueblan- y que le aísla de la realidad cotidiana, un joy of grief que, digámoslo sin miedo, sentimos nosotros mismos al leer esta excepcional obra de Moritz.
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