
En 1995 rodó Angelopoulos esta peli de 176 minutos que he revisitado recientemente -en 4 sesiones- y que me ha vuelto a dejar impresionado por su "poética desgarradora". La música vuelve a ser de Eleni Karaindrou y la impresionante fotografía es de Yorgos Arvanitis, como en Paisaje en la niebla. Harvey Kietel es un cineasta griego exiliado en Estados Unidos que vuelve a Grecia en busca de unos rollos de película perdidos de los hermanos Manakia, unos rollos que conforman la que pudo ser la primera película de la historia, la primera "mirada". El viaje de Keitel es emocionante y descorazonador a partes iguales, una búsqueda desde la soledad -en ningún momento contacta con nadie de su lugar de origen, algún familiar, algún conocido, nada, incapaz de amar, Keitel llora la relación fracasada con la bibliotecaria-, quizás una búsqueda de la propia identidad -el exilio que conlleva la pérdida de su lengua natural, quiénes somos, es importante esa película de los Manakia, qué es importante para nosotros, y para el mundo, quiénes somos, a quién le importa lo que somos o lo que pretendamos ser, dios, creo que voy a dejar de escribir en el blog, me estoy deprimiendo, jeje-, desafiando cataclismos políticos -fronteras interrogadoras, kafkianas-, horribles guerras -la de los Balcanes-, personajes perdidos -Levi en una paisaje de Sarajevo desalentador-, fórmulas químicas desconocidas -hasta conseguir revelar los rollos de película, emocionante momento de alegría-, figura monumental de Lenin a través del Danubio -nadie a bordo-, nieblas sin identidades, muertes injustificadas -al final-, territorios en ruinas -viuda sin casa-, amistades infinitas -reencuentro en Belgrado-. Ganó el Grand Prix en Cannes en 1995 -segundo premio más importante del festival después de la Palma de Oro. Puede que sea la gran película de Angelopoulos y también la gran película del cine europeo de los noventa.
