sábado, 9 de marzo de 2013

David Foster Wallace. Dejar de estar bastante alejado de todo.


David Foster Wallace. Una entrada para la Feria.

Getting Away  from Already Pretty Much Being Away from It All fue publicado originariamente en 1994 en la revista Harper´s (posiblemente en una versión más reducida) con el título “Tiket to the Fair”.
Este relato –o ensayo u  opinión-, traducido como “Dejar de estar bastante alejado de todo”, forma parte del volumen “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Ensayos y Opiniones (A Supposedly Fun Thing I´ll Never Do Again. Essays and Arguments). Editorial Mondadori (2001). Traducción de Javier Calvo.
Sin duda este libro es algo supuestamente muy divertido –y crítico y ácido e inteligente…- que seguro volveré a leer con mucho gusto.
Vale, comencemos, tenemos a David Foster Wallace recibiendo el encargo de la revista Harper´s –una “revista chic de la costa Este”-  de cubrir la Feria Estatal de Illinois (patrocinada por McDonald´s y Wallmart). Supongo que le dijeron: “tú ve para allá y a ver qué te cuentas”. No supieron medir el alcance de sus palabras...
Al poco de llegar unas señoras confunden su revista Harper´s con Harper´s Bazar. Le dicen que les encantan sus recetas culinarias, ¡que adoran sus recetas! Wallace no deshace el entuerto –parece disfrutar con el malentendido, con la elementalidad del Medio Oeste -no sé por qué pienso que después de escribir este artículo David Foster nunca pudo volver a pasear por su casi natal Champaigne sin escolta. Wallace es el único periodista que no tiene taquilla propia, así no hay manera de parecer un periodista acreditado (“15-8, 8.20. Sala de Prensa, cuarta planta, Edificio Illinois. Soy básicamente el único periodista acreditado que no tiene una pequeña taquilla de contrachapado para su correo y notas de prensa”). Wallace va interrogando con discreción a algunos operarios. Llegará a la conclusión de que dichos operarios nunca hacen otra cosa que estar al frente de sus atracciones en el Parque de atracciones (David Foster las llama Experiencias que desafían a la muerte: Anillo de Fuego, Rueda Gigante, Torbellino, Cremallera,…). David Foster es invitado –junto a su amiga, la Compañera Nativa- a probar la denominada Cremallera. Wallace intenta escabullirse –demonios, quién quiere subirse ahí arriba, pero parece que la amiga de Wallace está absolutamente dispuesta-. Y Wallace se encuentra con el ingenio de la clase baja del Medio Oeste. “No tenemos entradas, señalo, y no hay nadie en ninguna de las casetas de ventas de entrada. El operario dice sin mirarme que a primera hora de la mañana de la inauguración el problema de las entradas “le suda las pelotas”. La relación de Wallace con los operarios de la Feria no llegará nunca a caudales más o menos cordiales –por decirlo de alguna forma-. “El colega escupe tabaco de mascar dentro de una lata que sostiene en la mano y le dice al operario “venga ya, ponla en el 8, maricón”. David Foster teme por la suerte de su amiga, que parece disfrutar de lo lindo: “Un largo grito, seguido de un eco, sale de la cabina de la Compañera Nativa, que gira y gira sobre sus goznes mientras una forma en su interior rebota en todas las direcciones como la ropa en una lavandería.”
Incluso cuando David Foster advierte cierto destello de luz en los cerebros de los operarios parece desconfiar de sus intenciones -demonios, David, son operarios, y por muy inteligentes que sean no tienen que comportarse con inteligencia, posiblemente estén hasta las narices de su pérfido curro. Pues como decía, algunos trabajadores de la Feria pueden llegar a desconfiar de la coherencia de tamaño disparate –me refiero a la descomunal Feria. O puede que ni se lo planteen -ni una cosa ni otra parece satisfacer a DFW. En otra atracción al borde de la muerte, el Torbellino: “El operario a cargo del Torbellino está con las botas apoyadas en el panel de control y leyendo una revista de motocicletas y mujeres desnudas mientras un par de tipos enchufan dos mangueras enormes de goma a las tripas del a máquina (…) lleva cinco años en este espectáculo, haciendo giras con la compañía. No sabría decir si el espectáculo le gusta o no: ¿comparado con qué?”. No está falto de razón este operario, su apreciación, la incógnita que plantea, es tan sesuda como anecdótica, tan burda como profunda. Qué son las cosas, con respecto a qué, quiénes somos, con respecto a qué personas.
Sigue la observación despiadada de Wallace, la contumaz y afilada descriptiva del operario de turno. Pero bueno, estimado y añorado David, qué quieres: “El empleado a cargo del Scooter –unos autos de choque veloces, salvajes y sin protección, un viaje seguro al quiropráctico- permanece repantigado en la misma silla y en la misma postura todas las veces que he mirado, observando los coches frenéticos sin verlos y rompiendo tickets usados con la misma inexpresividad que si estuviera en un pabellón psiquiátrico de aislamiento.” Pienso en Walser y Herisau, en Bernhard y Steinhof. Pues también merecen un respeto esos empleados de los pabellones psiquiátricos, me digo, -¿esperaría Wallace verlos leyendo a Musil, así, como para aprovechar el tiempo?-, ellos están continua y literalmente ¡al borde la locura!
Pero Wallace tiene sus propias teorías, al menos no va solo esta vez, va con su amiga –esa que no le ha importado que los operarios de la Cremallera la hayan volteado sin contemplaciones para verle las bragas, porque, básicamente (un anglicismo muy usado en la traducción), le da igual lo que piensen esos tarados, ella ha flipado en la Cremallera. Aunque todo tiene un límite y las teorías de Wallace pueden toparse con una audiencia no excesivamente ávida de teorías filosóficas: “Le comunico a la Compañera Nativa (que trabajaba quitando borlas al maíz conmigo cuando íbamos al instituto) mi teoría de que la tesis inspiradora de la Feria Estatal de Illinois tiene que ver concierta clase de intervalo organizado de comunión tanto con los vecinos como con el espacio. Lo Especial aquí es la oferta de un respiro de la alienación, la oportunidad de un momento de amar lo que la vida real por aquí nunca te deja amar. Mientras busca su encendedor, la Compañera Nativa e informa de que esta cuestión le interesa tanto como el coñazo que le he soltado en el coche acerca del niño-como-creador-de-una-ilusión-análoga-al-Dios-empirista.” Pobre Compañera Nativa, como sigas así David, vas a volver a quedarte TÚ solo "contra" la Feria.
Wallace es un filósofo, quiero decir que no es tonto, piensa las cosas (“Mi principal interés en la acreditación es poder acceder a las atracciones y conseguir cosas gratis”), en realidad un gran filósofo solipista e irreverente. La visión infantil ante las cosas nuevas no tiene una necesaria proyección en el adulto, advierto a David. Wallace es un solitario, pero su solipismo egocéntrico –un término, solipismo, que Zadie Smith empleaba mucho en su ensayo sobre el desaparecido escritor, recogido en su volumen Cambiar de idea- no es el de un niño (“Una de las pocas cosas que todavía echo de menos de mi infancia en el Medio Oeste es la extraña e ilusa convicción de que todo lo que me rodeaba existía solamente por mí”), ahora Wallace echa de menos esa avidez del niño y esa capacidad solipista: “Tal vez lo que ahora echo de menos es el hecho de que el solipismo radical e iluso del niño no le causa conflicto ni dolor.” El propio Wallace en el ensayo sobre David Lynch del mismo libro (“David Lynch conserva la cabeza”) definirá solipismo como una corriente del pensamiento que no es precisamente “la alegría de la huerta  de las orientaciones psicofilosóficas”, y resulta evidente que se siente culpable por ser uno de sus seguidores más acérrimos.
Otra teoría de David Foster Wallace sobre el porqué de la existencia de esta Feria: “Las vacaciones de verano de los habitantes de la Costa Este son huidas, alejamientos. En el Medio Oeste rural “aquí uno ya está lejos todo el tiempo”. Por esta razón, el impulso vacaciones en el Illinois rural es el acercamiento.” Esta sensación de inmensidad del Medio Oeste ya venía expuesta de forma magistral en el ensayo inicial “Deporte derivado en el corredor de tornados”. Y el día de la presentación de la Feria a la Prensa, el 5 de agosto de 1993: “todavía falta una semana para la Feria, y hay algo surrealista en el vacío absoluto de unos aparcamientos tan enormes y complejos que es necesario tener mapas.” Allí lo hacen todo a lo grande, les sobra espacio. Son 300 acres al este de Springfield. El Medio Oeste es descrito como inmensos campos de maíz, langostas que chirrían, espacios abiertos por doquier,…Uno se imagina conduciendo por esas carreteras desiertas y rectilíneas durante horas, escuchando su música preferida... La Inauguración Oficial es el día 13-8, a las 9.25 h. “Los habitantes del Medio Oeste rural viven rodeados de tierra despoblada, aislados en un espacio cuyo vacío acaba siendo tanto físico como espiritual.” Ya estamos, les van a llover palos a los del Medio Oeste, me digo, no me extraña que no tenga taquilla, ya lo conocían.
A lo largo de esos días de Feria Wallace visitará numerosas exhibiciones, concursos, casetas mercantiles, atracciones,…, tales como -y sin intención de ser exhaustivo: Concurso Juvenil de Cabras Pigmeas, en el Establo Caprino; Concurso Filatélico en el Edificio de Ferias Comerciales; Espectáculo Canino del Club Four H en el Club Mickey DJ; Seminario de acampada para Señoras; Primeras Rondas del Concurso de Vaciado Rápido en Conservation World; Parque de Atracciones (donde se encuentran las Experiencias Próximas a la Muerte); Exhibición Bovina; Espectáculo de Sociedad Equina; Demostración de tejido con trigo en el Edificio Hobbies, Arte y Oficios; Consejo Nacional Asirio en la Aldea Étnica; Competición de Tambor y Corneta en la Carpa de Miller Light; Competición de Baloncesto tres contra tres; Concurso Abierto de Aves de Corral; el 15-8 a las 7.30 h. Servicios Dominicales Pentecostales en la Sala de baile; Competición de Fuerza de tractores y Camiones del Medio Oeste y carrera automovilística del United States Auto Club, “Las 100 vueltas de Bill Oldani”; Presentaciones de ganado porcino (“¡Los cerdos tienen pelo!”), ovino (“15-8, 6.20 h. Estoy viendo legiones enteras de ovejas dormidas”) en el Edificio Ovino (“Soy el único humano despierto aquí dentro”), equino (“15-8, 8.47 h. Un vistazo rápido a la Exhibición de Caballos de tiro (…) Creo que originalmente se criaban para tirar de cosas. Solamente Dios sabe cuál es su función ahora”; Torneo de Boxeo Guante de Oro; Exposición de Motocicletas Distinguidas; Retrospectiva de Tupperware,…
En el Edifico de Ferias Comerciales Wallace descubrirá que ¡hay aire acondicionado!, y no sólo eso: “Es un mundo y una fiesta cerrada autosuficiente: el cuarto Nosotros de la Feria.” Resumiendo, lo que ve allí Wallace podríamos citarlo directamente: “Cada centímetro del interior de este sitio está dedicado a la publicidad y el comercio de alguna forma especial y chabacana.” Y más concretamente, las casetas que allí puede visitar son -prepárense: Corte Fácil; tarjetas de identidad personalizadas para mascotas; infame Encendedor Mágico, “Limpiarrapid: un concepto totalmente nuevo en limpieza”; Aspirador Arco Iris; caseta de Equipaje Envejecido de Cuero (“¿no se habrán equivocado con el orden de las palabras?”); esferas de reloj sobreimpresas encima de pinturas barnizadas hiperrealistas de Jesucristo; John Wayne y Marilyn Monroe; evaluaciones computerizadas de la postura de uno; supermuslificador, sí, supermuslificador de la señora Suzanne Sommers…; Caseta de Dulce de Leche con Extra de Manteca y teteras de Cobre,; Análisis de Grasas mediante Inmersión Corporal Completa (por 8 1/2 $); “Compuvac Inc ofrece un Análisis computerizado de la Personalidad por un dólar y medio”: (resultado: “la valentía de su naturaleza está contra-compensada por el miedo a emprender riesgos”, lo que lleva a Wallace a sospechar que hay un enano dentro de la máquina improvisando las tirillas -aparece el fantasma del cine de Lynch; caseta de ignotos enseres de cocina antiadherentes; caseta de limpiamos sus gafas gratis; caseta con esponjas anticelulíticas; más helado futurista Dippin Dots;  caseta donde “por 99,95 $ sobreimprimen tu cara en un póster de “Se busca” del FBI o en la portada de un Penthouse”; caseta de Desaparecidos de guerra: Traigámoslos de vuelta; caseta antiabortiva Los salvavidas…
A pesar de la diligencia de Wallace por conocer al máximo todo lo que la Feria puede ofrecer al visitante, “Por desgracia, cierta publicación chic de la Costa Este no consigue obtener impresiones periodísticas” del Seminario de Aves de Presa del Medio Oeste; del Concurso de llamadas al Marido, y de algo que la Guía para los medios llama “el Certamen Clásico de Mugidos Célebres”, todas ellas visitas obligadas, según Wallace, pero que, lamentablemente, se encuentran en avenidas adyacentes a la carpa de Comidas y Postres –Wallace está traumatizado por un episodio relacionado con una tarta de tres capas de seda de chocolate.
David Foster recorre la mayoría de estas casetas intentando llevar a cabo su infatigable y honesta actividad periodística –un periodista criado en el Medio Oeste trabajando para una revista chic del Este en un artículo sobre una Feria del Medio Oeste, un infiltrado, un topo, un traidor, en definitiva. Pero sus paisanos no se lo ponen fácil, como si se olieran la encerrona: “la mayoría de los vendedores de la Feria Comercial no quieren contestar preguntas y se quedan mirándome con cara inexpresiva mientras tomo notas en mi bloc de Barney” –un bloc con motivos infantiles, el único que pudo encontrar en la Feria.
Hay grandes interrogantes existenciales, visitar este tipo de Ferias tiene su riesgo –mental-, puedes descubrir que algo falta en tu vida, que algo no encaja entre tú y el entorno, entre tú y el resto de los seres humanos –al menos de los del Medio Oeste-. ¿Quién no puede sino adorar a un muñeco gigante de MacDonalds? Este Wallace es un insensible (“Vuelvo a estar en la gigantesca carpa McDonald´s, en un extremo, presidida por el titánico payaso hinchable”). Ya lo veo, sorprendentemente hermoso... Ese muñeco que preside la Feria -y que configura un deforme personaje grotesco propio del cine de David Lynch, otra vez, David está obsesionado- parece ser, más que un reclamo para la asistencia masiva de espectadores, una figura pesadillesca de la que huir: “15-8, 8.40 h. Un Ronald MacDonald hinchable del tamaño del flotador de los almacenes Macy´s, sentado y extrañamente parecido a un Buda, preside la fachada norte de la carpa del Club Mickey D. Una familia se está haciendo una foto delante del Ronald hinchable, colocando a sus niños en formación meticulosa. Anotar en cuaderno: ¿Por qué?”. Pienso en la versión original, en lo definitivo que debe resultar para el lector encontrarse con ese “Why?” de golpe, un efecto amortiguado por la versión en castellano –con un uso obligado del doble de caracteres.
Una de las actividades que despierta mayor interés en Wallace es el concurso de bastoneadoras. “Son las finales de Revoleo de Bastones del Estado de Illinois”. Al principio no caía en qué consistía esa suerte hasta reconocer que son esas jóvenes animadoras con minifaldas (“No hay revoleadores gordas“) y capirotes marciales que hacen girar un bastón con la muñeca y lo lanzan al aire para luego recogerlo con gran gracia y donaire –o bien estrellarlo contra alguien del público (“…he ido a parar al espectáculo más peligroso para los espectadores de toda la Feria. Los bastones perdidos salen disparados silbando terroríficamente”). DFW intenta analizar el espectáculo (“se parece un poco al patinaje artístico”), y estudiar metódicamente el comportamiento físico del bastón (“Irónicamente, son las maniobras fallidas las que le permiten a uno cómo funciona realmente el revoleo de bastones (que para mí siempre ha tenido algo de prestidigitación y ocultismo) en términos de mecánica”).
Wallace queda retenido por la soberbia exhibición del baile “nosequé” – por culpa del cual va a llegar tarde a las carreras de coches-, un baile entre el claqué y el tradicional irlandés que embelesa al Wallace más crítico (Concurso de clogging). Ya no sabemos si aquí Wallace está más cerca de la ironía que del reportaje –de hecho, nunca lo hemos sabido, quizás está dentro del género reportaje irónico-ácido-destructor: “Hay pocas mujeres  que tengan menos de treinta y cinco años y menos todavía que pesen menos de ochenta kilos.” El agudo Wallace también observa que “No hay negros en la Sala de Baile”.
Por fin Wallace llega a una de las casetas más apasionantes de toda la Feria, la de camisetas con impresiones originales (“Esta caseta parece crucial. El pliegue más sórdido del vientre del Medio Oeste”). Aquí es donde el genio americano sale a relucir, donde los más individualistas tienen la oportunidad de presumir de su máxima individualidad junto a ¡los miles de individuos que han comprado la misma camiseta que él! Nos acordamos del excelente ensayo sobre publicidad y narrativa americana en el mismo volumen (E unbus pluram: televisión y narrativa americana). Pero el problema es mucho más complejo: “Lo depresivo es que las declaraciones de las camisetas no solamente están preimpresas y producidas masivamente, sino que son tan estúpidas y tienen tan poca gracia que sirven para emplazar de lleno al portador en ese grupo enorme y desafortunado de gente que piensa que esos mensajes no solamente son individuales sino también divertidos.” No es para tanto, a mí alguna sí me resulta graciosa, sobre todo esa que reza: “Con cuarenta años no eres viejo… SI ERES UN ÁRBOL”. Me siento aludido, pienso que soy un árbol, la idea me reconforta.
No está teniendo suerte Wallace con la comida, definitivamente, en esta Feria. Ya se indigestó en el concurso de postres –tuvo que visitar urgencias, “el día entero es un desastre; increíblemente vergonzoso; falta de profesionalidad; indescriptible. Borrarlo entero”-, sino que ahora le da por realizar experimentos gastronómicos: “Me estoy comiendo una salchicha rebozada de maíz cocinada en 100% aceite de soja (…) La salchicha tiene un sabor muy fuerte a aceite de soja, que a su vez sabe como a aceite de maíz filtrado a través de una toalla vieja de hacer deporte.” Después de leer esto –no me pregunten cómo porque no lo sé- uno puede saborear ese sabor absolutamente repugnante. Con mucha frecuencia me pregunto si la capacidad descriptiva –y metafórica- de Wallace no es de un nivel extraterrestre, cómo si no hubiera podido escribir algo como esto: “Detrás de él (el dios Ronald) nubes enormes y ominosas parecidas a cucharadas de helado de café con leche se amontonan en el flanco oeste del cielo, pero el sol sigue dominando en lo alto.” Y no sólo aquí brilla el talento poético de un desconocido Wallace, también en: “Los caballos tienen unas caras alargadas que de alguna forma recuerdan ataúdes”, después de lo cual no volveré a ver un solo caballo sin imaginarme su cara como ataúd, o ilustra el amanecer neblinoso del Medio Oeste –que él conoce bien- con inspiradas comparaciones como “El cielo parece jabón” o “El aire parece lana húmeda”.
Hay muchos puestos de comida especializada, multitud sitios donde escoger, ¡qué bien! ¡deliciosa comida rápida del Medio Oeste! En el café de la calle del cerdo –demonios, imaginen- Wallace se teme lo peor: “El Pork Street Café es un establecimiento que ofrece “un cien por cien de productos porcinos”, según los altavoces. “Hasta el último producto”. Rezo para que eso no incluya las bebidas.” Aunque no las incluya, por dios, me digo.
Wallace va constatando una realidad, su visita a la Feria Estatal de Illinois no sólo le sirve para redactar un sensacional fresco de la sociedad americana idiotizada y pseudo liberal sino que también le ayuda a comprobar el pésimo gusto musical de sus habitantes: “El espectáculo de esta noche en el Estadio Central son los pobres viejos chochos de los Beach Boys, que sospecho que ahora se deben ganar la vida todo el tiempo gracias a las ferias estatales”. El demonio del envejecimiento aturde a DFW, quién puede estar a salvo de él, me digo, le digo a Wallace, ya entrado en la treintena, éste reconoce su declive a través de una sintomatología prácticamente infalible: “En el parque soy más consciente que nunca de que espiritualmente ya no soy del Medio Oeste y de que ya no soy joven: no me gustan las multitudes, los gritos, el ruido, a todo volumen ni el calor.” Reconduzcamos la acción del cuento (¿cuento?), ¿a quién le gusta todo eso? Pues a la gente, sí, ¿no lo creen? Vayan una mañana a la feria de agosto malagueña, perdón, quiero decir, siendo fieles a la estética ortográfica norteamericana, a la Feria de Agosto de la Ciudad de Málaga. Cuéntenme si sobreviven –yo ya ni lo intento.
Intentemos ser objetivos, es posible que Wallace esté distorsionando la realidad para hacerse el gracioso y firmar un artículo magistral que le haga pasar a la posteridad. Es posible, es una idea nada desdeñable, una interesante idea de hecho, y bueno, ¡lo consiguió! Pero seamos más cautos, intentemos comprender a esos pobres habitantes rurales del Medio Oeste que visitan por miles la susodicha Feria, ¡no pueden estar todos equivocados! No es posible, quizás ellos son mejores que uno: “La multitud del parque (…) parece radicalmente alegre, intensa, activada, esponjas de datos sensoriales, alimentándose de lo que perciben. Es la primera vez que me siento realmente solo en la Feria”. Conclusión: el problema es de David Foster Wallace, ese genio irrepetible que, simplemente, no supo disfrutar de una entrañable y absurdamente enorme Feria Estatal de Illinois, ya saben, en el Medio Oeste.

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