miércoles, 12 de febrero de 2014

Anton Reiser, de Karl Philipp Moritz.

Voy a la biblioteca con paso decidido -no sé por qué, si fuera con paso dubitativo probablemente llegaría igual- dispuesto a descubrir alguna obra maestra perdida -¿con qué propósito? ¿salvar a la Humanidad? Reconozco que nunca había escuchado hablar del Anton Reiser de Karl Philipp Moritz -o al menos eso creía yo en aquel instante decisivo, ¿no son todos los instantes decisivos? Reconozco igualmente que el motivo de pararme ante el estante de la "M" era el de buscar el último de Murakami -lo confieso, me vuelve a gustar Murakami, cierta desafección hacia lo intelectual me condujo de nuevo hasta su modesto estilo narrativo de lo cotidiano-, pero la presencia de un grueso tomo de la misma editorial de Verano tardío de Adalbert Stifter, uno de mis libros preferidos, me hace pensar, ¿no será lo que ando buscando? La hojeo (la novela, porque es una novela, signifique lo que signifique esto) por encima y averiguo ante mi sorpresa que está considerada la primera Bildungsroman, es decir, la primera novela de aprendizaje, por delante del mismísimo Wilhelm Meister (1796) de Goethe. En la introducción leo que esta extensa obra (cerca de 500 páginas) fue admirada por el propio Goethe, por Schopenhauer y más recientemente por Peter Handke y Thomas Bernhard. ¿Es esto posible? me pregunto. Tembloroso, como quien descubre un tesoro oculto durante años, comienzo a devorar las páginas de este magnífica edición de Pre-Textos de 1998, dividida en las cuatro partes originales con los correspondientes prefacios del autor y que fueron escritas y publicadas entre los años 1785 y 1790. Es Anton Reiser, el protagonista de la novela, el trasunto de Moritz -Carmen Gauger, quien también tradujera Verano tardío, dice en la introducción: "es en realidad una autobiografía". 
La novela comienza en Pyrmont, un pueblo cerca de Hannover donde se establece la secta de los quietistas, dirigida por el señor von Fleischbein, seguidor de los escritos de Madame Guyon. El padre de Anton comulgará con estas creencias y esto supondrá una confrontación continua con la madre de Anton, algo que afectará al niño emocionalmente para lo resto ("Si la doctrina de Madame Guyon sobre la entera eliminación y erradicación de todas las pasiones, aun de las más sutiles y delicadas, se acordaba con el alma dura e insensible de su esposo, a ella le fue imposible convenir jamás a esas ideas, contra las que se rebelaba su corazón"). Anton sufrirá a los ocho años una infección en el pie y será entonces cuando comience su interés por la lectura. El grueso del libro se ocupará del ajetreado período de aprendizaje de Anton -pienso que un título perfecto sería Los años de aprendizaje de Anton Reiser, pero será Goethe quien lo utilice poco después para su Wilhelm Meister, un aprendizaje más sentimental que académico en el caso de Meister. Así Anton deambulará por varias instituciones colegiales -su padre le negará cualquier ayuda para realizar estudios, de hecho no obtendrá de él ni un penique-, logrará sin esperarlo una subvención real ("a instancias del Pastor Marquard, el príncipe Carlos tomará bajo su protección al joven Reiser y le pasará una pensión mensual", se trata de Carlos de Mecklenburgo, regente en Hannover del rey Jorge III de Inglaterra), se gestarán sus propias inquietudes -comenzará reescribiendo los sermones que escucha en la iglesia ("le causaba un deleite inefable la disposición melancólica de ánimo en que recaía entonces"), luego sus aspiraciones literarias subirán un listón ("Reiser hacía proyectos de escribir: quería mejorar el estilo de la vieja Acerra philologica"), se le irá conformando cierto espíritu filosófico ("Reiser había elaborado mentalmente una especie de metafísica, muy próxima a las teorías de Spinoza"), sufrirá el despertar a la poesía, el teatro, los viajes...-, ingresará en la Universidad de Erfurt y finalizará su aventura en la Parte Cuarta del libro con un difícil viaje por la Baja Sajonia y Turingia en busca de una compañía de teatro que lo emplee. El texto está enriquecido por numerosas reflexiones que convierten la novela en algo más que una retahíla de nombres y sucesos (por ejemplo, una de las ideas que más me gusta es la pérdida de vinculación de las ideas a un lugar, lo que me hace pensar en Pessoa), y a través de las cuales vamos conociendo el ánimo solitario -rayando en lo misantrópico ("empezó a tomarle afición a la soledad")- de Reiser (en alemán, viajero, así, en el prefacio a la Tercera Parte se adelanta que "al final de esta parte comienzan los viajes de Anton Reiser y con ellos la novela propiamente dicha de su vida"). No sé qué tendría en la cabeza Moritz con respecto a esta obra, pero es evidente que finaliza de forma abrupta -quizás la intención de Moritz, pienso, fuera que las tres primeras partes funcionaran a modo de introducción a la etapa viajera de Reiser, que debía haber comprendido el grueso de la obra, en cualquier caso interrumpida. Por algún motivo Moritz no publicó más partes, puede que su temprana muerte en 1793 tuviera algo que ver con esto, es por eso que la novela queda un poco desequilibrada, confiriéndole -aún involuntariamente- un toque de modernidad adicional -Sterne ya había publicado Tristram Shandy (1759-67), relato biográfico sin parangón, y en un  pasaje de la Parte Tercera Reiser compara el humor del vinagrero filósofo K... con el de Sterne, aunque esto no asegura que Moritz hubiera leído Tristram Shandy ya que es El viaje sentimental la obra sterniana citada a lo largo de la novela. El viaje descrito en la Parte Cuarta adelanta las penalidades de Knut Hamsun en Hambre -como apunta Gauger en la introducción- y también de algún modo las travesías campo a través de Walser en Los hermanos Tanner. A partir de un determinado momento del libro la obsesión de Reiser será el teatro -al igual que sucedía en el Wilhelm Meister goethiano- y hará todo lo posible por dedicarse a esta profesión sin importarle cuantas oportunidades deje en el camino -por ejemplo, desestima la continuada invitación de un oficial a alistarse en el ejército, lo que le facilitaría un sustento seguro. Bueno, seamos sinceros, ahora mismo no sé si la vocación de Anton era la de ser teólogo, poeta, escritor de comedias o actor de teatro -y si fue todo eso, en qué orden se sucedieron estas vocaciones y por qué fueron cambiando-, es más, en realidad, la secuencia de escenas e imágenes de la novela se mezclan confusamente en mi cerebro, y soy incapaz de distinguirlas -ni consultando el libro me aclaro-, no sé cuándo estuvo en Gottinga -¿o era en Gotha?- ni en Erfurt ni en Hannover, cuándo en Hildesheim (me acuerdo del gran Hildesheimer, de su libro sobre Mozart, de su Tynset) o en Bremen. Me pregunto si todo esto es un reflejo de mi vida real, si soy incapaz de clasificar los hechos y las fechas y las conversaciones que me pasan diariamente, si ya es demasiado tarde para recapitular todo desde el principio o si no es más que parte de uno de esos episodios de la Amnesia in litteris de Patrick Süskind. Así que decido -no sin pavor- revisar página por página el Anton Reiser e ir anotando la sucesión de lugares por los que pasa. Este comentario dejará de ser una impresión para ser algo más exhaustivo, más, digamos, objetivo.
La acción comienza en una población cercana a Hannover donde vive la familia Reiser y en Pyrmont, donde está la secta delos quietistas. En Hannover Anton entra en la Escuela Pública municipal donde recibe clases de latín. Luego marcha a Braunschweig, con el sombrerero Lobenstein como mentor. Volverá a Hannover, para recibir clases en el instituto para futuros maestros rurales, allí conoce al maestro R..., este le da clases de aritmética y escritura. En un ejercicio sobre las Historias bíblicas de Hübner, Reiser da vía libre a sus instintos creativos aderezando "poéticamente aquella historia, declamándola con una especie de ornato retórico", con tal suerte que el maestro le recomienda que abrevie sus relatos. El consejero territorial de Götten le procura estudios gratuitos y libros. Anton será el preferido del Pastor Marquard en las clases de preparación a la Eucaristía e ingresará en la Escuela Superior del Liceo del director Ballhorn -luego director Schumann-, en la clase Sekunda -luego progresará hasta el grado superior-, donde recibe clases de catecismo, Geografía y Gramática latina del maestro de coro y clases de Teología, Historia y Nuevo Testamento Griego del pastor Grupen. Empieza a interesarse por el teatro porque ésa era ya "la idea predominante en él, el germen de todas sus futuras adversidades", y poco a poco va desterrando "la obsesión por la predicación". Llega a la afortunada conclusión de que la lectura se ha convertido en  una necesidad, "como pueda serlo para los orientales el opio". En un momento de crisis total, los libros le salvarán: "Como no tenía a nadie en el mundo y ni siquiera él se amaba a sí mismo, ¿a qué otra cosa podía aspirar que a olvidarse lo más frecuente y definitivamente posible de su persona? Por eso la librería de lance siguió siendo su constante refugio, y sin ella Reiser no habría podido soportar su situación". La Parte Segunda del Anton Reiser retoma algunos episodios que produjeron cierta parálisis psíquica en Reiser, aquel "qué mozo más lerdo" del inspector del seminario, el "no me he dirigido a usted" del comerciante S..., y finalmente la mirada de desprecio del rector. Reiser se emociona con la llegada a la ciudad de la compañía Ackermann para representar Emilia Galotti de Lessing y se menciona el joy of grief, "el placer de las lágrimas, deparado desde la infancia aunque se hubiese visto privado de todos los demás deleites de la vida", y termina la Parte Segunda con la arriesgada empresa llevada a cabo junto a sus compañeros G... y M... de atravesar el río peligrosamente para llegar a unos cerezos. 
Anton cultiva el arte de la poesía con dispar éxito -unas tarjetas de felicitación, un discurso para el cumpleaños de la reina de Inglaterra con un cartel anunciador del mismo y unos encargos escolares serán sus mayores logros. Sin embargo, y a pesar del éxito temporal obtenido, no serán pocos los momentos de desesperación que viva a causa de su extrema sensibilidad y su desapego social -¿una cosa conlleva la otra? Por ejemplo, al final de la Parte Segunda leemos cómo Anton maneja alguna ideación, aunque la sangre no llega al río, nunca mejor dicho: "Pero su hastío de la vida alcanzó entonces el punto álgido: muchas veces, durante aquellos paseos por la orilla del Leine, se inclinaba sobre la impetuosa corriente, pero el admirable anhelo de respirar luchaba con la desesperación y hacía retroceder de nuevo, con enorme ímpetu, el cuerpo doblado hacia delante". Incomprensiblemente Anton superará esos momentos de desolación gracias a unas ilusiones creadas desde lo mínimo -un destello de sol, la llegada de la primavera...-, unas ensoñaciones que mantendrán en pie al joven Reiser por muchas penalidades que sufra. 
Pero, se preguntarán, ¿qué es lo que cuenta la novela? -o no, quién sabe. El propio narrador describe esta historia como una historia de contradicciones, entre sus actos y sus deseos ("Se trata de saber cómo se resolverán esas contradicciones"). Aquí Moritz está sublime pues ¿no es la historia del ser humano, de cualquier ser humano, una historia de contradicciones? Otra posible respuesta la encontramos en el Prefacio a la Parte Cuarta: "Al igual que las anteriores, esta parte de la historia de Anton Reiser, viene a tratar la importante cuestión de hasta qué punto un joven es capaz de elegir por sí mismo su vocación". En el prefacio a la Parte Tercera se leen algunas recomendaciones: "tal vez contenga este relato alguna sugerencia, no inútil del todo, para maestros y educadores, que les haga tratar con más moderación a determinados discípulos y ser más justos y equitativos en su modo de enjuiciarlos"; y es que Anton se ve injustamente tratado en alguna ocasión -en la mayoría de los casos por sucesos nimios, como un hojeo descuidado ("cuando iba a traducir algo del latín al alemán, del Libro sobre los deberes de Cicerón, sucedió que en el ejemplar que le entregó el director, Reiser pasó la hoja tan torpemente y con tan poca fortuna que casi la rasgó de arriba a abajo", descuido que molestará sobremanera al director), o por algún malentendido -todo en la vida es un malentendido, me digo. Al ser preguntado por el inspector del instituto de Hannover si se había sentido injustamente tratado por alguno de sus condiscípulos (cosa que también sucederá, será acusado de ser el fámulo del rector y desplazado por sus compañeros de las actividades teatrales), Anton responde que "le habían tratado injustamente, más no sus condiscípulos, sino sus maestros: ni se ocupaban de él ni tan siquiera le hacían preguntas, aunque él se supiese el tema mejor que otros"-, lo que en ocasiones supondrá un retraso en su educación -Anton termina desinhibiéndose de las clases, leyendo durante las mismas, desatendiendo, en definitiva-, algo que los educadores, salvo en contadas veces ("el maestro de coro le concedió el honroso título de censor perpetuus", un título que correspondía al primero de la clase), no sabrán advertir, ignorando el gran potencial como alumno de Anton. La Parte Tercera se abre con la carta de arrepentimiento al Pastor Marquard. Reiser comienza la redacción de un diario: "Ese Diario resultaba bastante curioso porque Reiser no dejaba de anotar en él ninguna circunstancia de su vida ninguno de los sucesos del día por irrelevante que fuese." Más tarde también anota decisiones y todo lo que se propone. Toma prestadas de la librería algunas obras de Shakespeare, le asaltan serios deseos de escritura: "Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venía a la pluma las siguientes palabras: ¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Es cuando escribe sus primeros poemas, estudia la traducción del Paraíso perdido de Milton por Zacheriä, realiza las tarjetas de felicitación y escribe el Discurso para la reina de Inglaterra, su suerte cambiará gracias a estos éxitos. Hay un momento clave en la Parte Tercera, ("Y cuando ya estaba muy próxima la primavera despertó en él de súbito un extraño e imperioso deseo de viajar", p.329), entonces Reiser viaja a pie hasta Bremen con la intención de bajar después por el río Wesser hasta el mar: "Ése fue el primer viaje extraño y aventurero que hizo Reiser, y desde aquel tiempo empezó a llevar su apellido con una base real". De nuevo en Hannover se obsesiona con el papel de Clavijo en la obra de Goethe, es excluido de la obra de los alumnos del grado superior (El desertor por amor filial), para la que se encomienda sin embargo un prólogo. Piensa en ir a Weimar donde está la compañía de Seiler. Hace de Blasius en El hombre puntual y de príncipe en El joven noble.
Hay un tono filosófico en algunas de las reflexiones del joven Reiser, unos pensamientos que dejan al lector con la sospecha de estar ante una obra excepcional: "En aquellos momentos tenía la impresión de que no había pensado otra cosa que palabras", p. 255; o "¡Tener que ser invariablemente él mismo y ningún otro! ¡Estar encajonado y encarcelado dentro de sí mismo!", p.205; o también, "cuando se proponía las cosas escuetamente, sin fastos ni solemnidades, muchas veces las cumplía mejor y más rápidamente", o ese brillante razonamiento cuando cayó en desgracia en la Escuela: "nadie tenía en cuenta que esa conducta suya por la cual le despreciaban era a su vez consecuencia de un desprecio anterior. Ese desprecio, causado por una serie de coincidencias fortuitas, era el origen de su conducta y no, como todos creían, su conducta el origen del desprecio." Es por este tipo de párrafos y otros por los que la novela es considerada como la primera novela psicológica.
Finalmente Reiser decide abandonar su natal Hannover con la idea de trabajar en una compañía de teatro. Es el inicio de un viaje emblemático en la historia de la literatura: "A partir de Hildesheim, su itinerario le llevaba a través de Salzdethfurt, Brockenem y Seesen, hasta Duderstadt, desde donde, pasando por Mühlhausen, quería ir derecho a Erfurt, y desde allí a Weimar, que era la meta de sus deseos", una travesía delirante a pie con un solo ducado en el bolsillo y compitiendo con toda clase de adversidades. Tendrá que alimentarse a base de pan y cerveza -como hacía en la Parte Segunda para poder gastar todo su peculio en libros de la librería de lance, "con el dinero destinado a la cena había tomado prestado Ugolino"- y en último caso recurrirá a una elemental dieta a base de hierbas del campo. Una vez llegado a Erfurt pregunta por la compañía teatral de Ekhof y le comunican que ha marchado a Gotha. Se dirige a Gotha, habla con Ekhof quien le da permiso para asistir a ensayos y representaciones pero finalmente, y para su decepción, no será contratado. Va a Eisenach en busca de la compañía de Barzant. Cuando llega allí le dicen que ha viajado a Erfurt. Sube al castillo de Wartburg. Llega a Gotha y emprende camino hacia Erfurt. Allí se inscribe en la Universitas perantiqua. Actuará en representaciones estudiantiles, con papeles femeninos en Medon o la venganza del sabio y en El desconfiado y El tesoro. Intentará entrar en la compañía de Speich que llega a Erfurt. Está a punto de conseguir el papel de  Reimreich en Los poetas a la moda, pero es víctima de una intriga y su actuación queda frustrada. Marcha a Leipzig, siguiendo el rastro de Speich. Al llegar a Leipzig finaliza la novela. 
A veces Reiser siente ataques profundos de melancolía ("Ante aquellos vanos e incesantes esfuerzos de un falso instinto poético, acabó rindiéndose y le invadió una especie de apatía total y de total hastío de la vida", p. 482), unos ataques que en ocasiones le impiden disfrutar de los placeres intelectuales: "Porque apenas puede haber un tormento mayor que un completo vacío interior, cuando el espíritu pretende en vano salir de ese estado y, siendo inocente, se echa continuamente la culpa a sí mismo y se acusa de estar insensibilizado por no conmoverse ni emocionarse ante las sublimes melodías que suenan en sus oídos" (p.462). Estas ideas son recurrentes y de alguna forma el libro se convierte en una verdadera oda a la melancolía ("Eso le produjo una honda melancolía", p. 277;"Pero luego retomó la sensación de melancolía"; "Sin embargo, en Reiser seguía dominando la tendencia a la melancolía", p. 338; "Reiser se sintió tan humillado que quedó hundido en una especie de verdadera melancolía", p.354; "Pero luego retomó la sensación de melancolía: ¿dónde iba a echar raíces él en aquel mundo ancho yermo, si se veía excluido de todas las relaciones humanas", en la Parte Tercera), un estado que le conduce a la búsqueda de la soledad ("Casi todo le daba igual; su ánimo estaba abatido; siempre que podía buscaba la soledad", p.202; "vagaba por los pasajes más solitarios de los contornos de Erfurt", p.470) y a paseos a lo largo de la muralla de Hannover. Pero no nos compadecemos de Anton Reiser por este hecho -tampoco lo  hicieron sus compañeros, pero por diferente motivo-, ya que "durante aquellos paseos era cuando su espíritu recuperaba algo de fuerzas y en su corazón volvía a anidar una tenue esperanza", además en alguno de esos paseos solitarios Reiser desarrolla "más emociones en su alma y contribuyó a la auténtica formación de su intelecto en mayor medida que la totalidad de las clases que habían sido impartidas". 
En el verano de 1775 pasa horas y horas encerrado en la bohardilla, leyendo, y de las cuales Reiser afirma que "figuran entre las más felices de mi vida". A lo largo de toda la historia planea la impresión de que Reiser quizás no sea un poeta de talento. En el prefacio de la Parte Cuarta se lee "Contiene una detallada exposición de los diferentes modos de engañarse a sí mismo que tuvo aquel inexperto por su mal entendida inclinación a la poesía y al teatro". Después de componer su primera estrofa recibe una dura pero constructiva crítica del maestro de coro "que fue verdaderamente beneficiosa para Reiser, quien nunca se lo agradecería lo bastante. De no haber sido así, el aplauso que recibió tan inmerecidamente aquel primer producto de su musa habría tenido consecuencias negativas toda la vida" (p.162). Cerca del final Reiser realiza una reflexión que, si bien en un principio el lector no es capaz de esclarecer si es una confesión o una lección a quien pretenda ser artista ("Es sin duda un signo infalible de que una persona no tiene vocación de poeta por el hecho de que en general sea sólo una sensación lo que anima a ser poeta y que la escena concreta que quiere escribir no esté en ella antes de esa sensación o al menos al mismo tiempo"), luego deviene lamento: "Ese fue el caso de Reiser, que enturbió las mejores horas de su vida con intentos fallidos, con inútiles esfuerzos por alcanzar una engañosa ilusión que siempre veía ante él y que, cuando ya creía estar abrazándola, se deshacía al instante en humo y en niebla" (p. 467), en el que tengo como uno de los pasajes más emocionantes de la novela. Curiosamente el mejor amigo de Reiser, Philipp -nótese la coincidencia con el segundo nombre del autor- se apellida igualmente Reiser -en una extraña y genial superposición de nombres e identidades propias de la novela moderna (no tengo ni idea de lo que esto quiere decir ni si quiere decir algo). Entre los dos Reiser se establece una colaboración musical, Anton escribe una coral para que Philipp -que fabrica clavicordios- pueda ponerle música. Otra vez curiosamente, Reiser recala un tiempo en Erfurt, ciudad natal de su amigo Philipp, mientras que éste permanece en Hannover, la ciudad originaria de Anton -intercambio de ubicaciones, ¿quiere esto también decir algo?-, la correspondencia entre ambos, no obstante, no se interrumpe. Resulta reveladora la desequilibrada relación entre los dos Reiser, una relación que queda dibujada en la escena en la que Anton apura sus últimos instantes en Hannover antes de emprender un loco viaje hacia ninguna parte y su amigo Philipp se dedica a sus cosas sin prestar atención al incierto y decisivo episodio que su amigo está a punto de comenzar ("Pero lo que más molestó a Anton Reiser fue que su único amigo pasara la última hora de la despedida limpiando con ahínco la escarapela del sombrero" -no sé ustedes, yo he tenido que buscar qué demonios es una escarapela de un sombrero, un adorno compuesto por cintas de colores). Aún así Anton seguirá conservando un gran aprecio por Philipp, más por inercia o resignación que otra cosa ya que, como él dice, Philipp es su único amigo. Acerca de estos detalles aparentemente livianos que inundan la narración se pronuncia Moritz en su prefacio a la Parte Primera, aludiendo a la "aparente trivialidad de algunos hechos que aquí se narran", entre los que se podrían encontrar esos paseos a lo largo de la muralla de Hannover ("amaba por encima de todo los paseos solitarios"), o esas indolentes temporadas refugiado en buhardillas (bohardillas, en el texto) pasando días y días leyendo en soledad -dirán que deliro pero pienso en Murakami, sus cabañas en el monte, sus desayunos en el Dunkin Donuts de Sapporo y sus días muertos en habitaciones solitarias de hotel. Anton sabe de su particularidad, de su, en cierto sentido, locura, cuando dicen de él que "ese Reiser es desde luego un bicho raro, por la noche, en plena oscuridad, da tres paseos entorno a la muralla y no habla más que consigo mismo, repitiendo en voz alta la lección del día, no le resultaba desagradable oírlo, antes bien, para él tenía algo de lisonjero el adquirir de esa manera una cierta fama de raro". Hacerse el raro está bien, el enigmático, el excéntrico incluso, pero tampoco hay que pasarse, acabarás encerrado en algún sótano, copiando pinturas antiguas, escuchando discos de Mike Oldfield, me digo. Es decir, la admiración que Anton empieza a tener desde muy pronto por los ermitaños es preocupante (esta admiración procede de la lectura de Vitae patrum o Vidas de antiguos eremitas que su padre le había procurado en la infancia), pues, aún dispuesto con medias de seda y buenas zapatillas -una indumentaria que le hará pasar desapercibido- termina viviendo prácticamente como un indigente, durmiendo en jergones de paja junto a otros viandantes -como aquellos que hablaban una jerga con vocablos altamente disonantes- y alimentándose de hierbas -aunque no hay que temer por Anton, es resistente, su alimento es más espiritual que otra cosa: "subió al castillo de Wartburg y contempló la amplia y hermosa comarca que se extendía ante él" -¿quién piensa en la comida en un momento como ese? Es por ello que mencionamos Hambre de Knut Hamsun y que también pensamos en El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell. 
En otro orden de cosas (pequeña digresión), y en lo que a mí respecta, no pude evitar pensar todo el tiempo en Mozart y Moritz como figuras decisivas y coetáneas. Así me gustaría advertir sobre la sorprendente coincidencia -aparte de la increíble similitud fonética de sus apellidos- de que Moritz y Mozart nacieran el mismo año, 1756, y de que Moritz apenas sobreviviera año y medio al genio salzburgués y de que la publicación de Anton Reiser abarcara los últimos años de Mozart, con lo cual se podría pensar que quizás Mozart llegara a leer Anton Reiser y que Moritz escuchara alguna vez a Mozart en concierto. 
La galería de personajes que circulan a lo largo y ancho de la novela es amplísima, a pesar de que en el prefacio a la Primera Parte escribe Moritz que no "hay que esperar gran diversidad de caracteres en un libro que cuenta sobre todo la historia interior de la persona". Desde los pastores Paulmann de Sankt Ulrich, Marquard el capellán militar, hasta directores de escuela -como el director Ballhorn, quien llamara por primera vez a Anton Reiserus-, rectores, subdirectores, el doctor Froriep, el maestro de coro Winter -al igual que Thomas Bernhard, Reiser será miembro de un coro estudiantil gracias al cual ganará algunas monedas-, profesores de Historia, pasando por zapateros -como Heidorn y Schantz-, y otros ciudadanos que se ofrecen a dar una comida a la semana al joven estudiante Reiser, como los Filter y el sacristán, alumnos que bien le respetan y admiran por sus dotes poéticas bien le hacen el vacío cuando es ridiculizado por alguno de los profesores, algunos condiscípulos a los que le une cierta amistad -el que sería exitoso autor teatral Iffland, August en sus comienzos, Ockord y Neries al final-, posaderos, algún labriego -primero querrá hacerle pagar una ciruela para luego terminar agradeciéndole que le encontrara su navaja perdida-, el anciano téologo Tischer, el sombrero de Braunschweig Lobenstein, su primer mentor, el maestro R..., el alumno G... que haría de Sócrates moribundo, el administrador H., el vinagrero filósofo K... (ya sé, ¡ustedes piensan en los personajes kafkianos!), el impresor Gradelmüller, para quien escribirá en el Semanario para burgueses y campesinos, el joven Liebetraut, el bibliotecario Reichard, el abad Günther, el profesor Springer...
El estilo de Moritz es de una claridad y austeridad que sorprenden. Párrafos concisos hacen avanzar la trama -a veces de forma desordenada, con saltos cronológicos, por lo que el autor llega a disculparse ante sus lectores- a la vez que la adornan los inspirados pensamientos del narrador, como ya se ha dicho, motivo principal de la denominación de novela psicológica, una denominación que nace de la pluma de Moritz. Nada más comenzar el libro, en el prefacio a la Primera Parte el autor anuncia: "Esta novela psicológica acaso pudiera recibir también el nombre de biografía, porque las observaciones están tomadas en su mayor parte de la vida real"; también en el Prefacio a la Parte Segunda, de 1786, Moritz se ve obligado a hacer algún tipo de corrección, supongo que empujado por la acogida de la Parte Primera: "Para prevenir falsos juicios, semejantes a los que ya han sido emitidos sobre este libro, me veo obligado a explicar que lo que yo he llamado, por causas que consideré fáciles de adivinar, novela psicológica, es propiamente biografía, y sin duda, hasta en los más pequeños matices, la pintura más verdadera y fiel de una vida humana que quizás haya sido hecha hasta ahora."
La excepcionalidad que supone Anton Reiser entre las novelas de aprendizaje, aparte de ser la primera en su género, es la ausencia de episodios amorosos en la narración. Al contrario que la Bildungsroman más famosa -el Wilhelm Meister de Goethe-, y que, acaso la más perfecta, La educación sentimental de Flaubert, en Anton Reiser tan sólo asistimos a la sensibilidad poética del autor con respecto a temas ajenos al amor. Así en la Parte Tercera se recogen algunos poemas compuestos por Anton: poesía sobre el joven ahogado en el río, p.286; poesía del hombre mundano y el cristiano, p.289; poema El alma del sabio, p.297; poema El ateo, poema La melancolía, y una excepción, su primer poema, al desamor, pero pensado para su amigo Philipp, en cuya redacción Anton advertirá facilidad para las rimas y medidas de los versos, escribiéndolo en menos de una hora. Anton Reiser no llega a enamorarse de ninguna chica, su explicación es que se considera tan poco agraciado que no cree merecer la atención de ninguna ("nunca se había propuesto conquistar el amor de una muchacha, ya que le parecía completamente imposible que, dado su mal atuendo y el desprecio que todos sentían por él, tuviera éxito en una empresa de ese género", p.279).
En la portada del libro vemos una pequeña imagen de Moritz -Retrato de Karl Philipp Moritz por Christian Friedrich Rehberg, quien, por cierto, aparece mencionado en la novela como condiscípulo de Reiser-, en un tondo casi diminuto, y en la destacan unos rasgos poco agraciados y con los que creo identificarme. Presupongo la posibilidad de que yo sea Moritz. No sé si este pensamiento me alivia o mortifica, probablemente Moritz no fuera un buen poeta, pero lo evidente es que era un genio de ¡las novelas de aprendizaje! Por otro lado recelo del débil argumento esgrimido por Reiser para no sentirse atraído por una chica. Que yo no tenga ninguna posibilidad de ser correspondido por Andrea Corr no disminuye mis sentimientos hacia ella, por ejemplo -aunque, bien pensado,la verdad es que resulta ridículo enamorarse de Andrea Corr, quizá Reiser llevaba razón después de todo.
En Anton Reiser hallamos también una idea precursora en cuanto a la enumeración de numerosas obras literarias con las que se encuentra el protagonista -y de la que tanto se servirán autores como Vila-Matas, Sergio Pitol, si bien ellos lo harán de una forma forzada y a veces caricaturesca, abundando en las citas uno, presentando análisis sesudos el otro-, unos títulos que proceden tanto de las lecturas del protagonista (algunas que le influyen sobremanera como Werther y también Los viajes sentimentales de Yorik, que no es otro sino El viaje sentimental de Laurence Sterne, Muerte de Jesús de Ramler, que determinaría su afición temprana a la poesía, La bella Banise de von Ziegler und Kliphausen, Las mil y una noches, La isla de Felsenburg de Schnabel, Daniel en el foso de los leones de Carl von Moser, ...), de los libros de estudio (Synopsis historiae universalis de Holberg, Geografía general de los cuatro continentes de Hübner, Historia de Alejandro Magno de Quinto Curcio, la Gramática latina de Elio Donato o "el Donato") como de las obras de teatro representadas a lo largo de la acción (Clavijo de Goethe, El desertor por amor filial de Gottlieb Stephanie, La venganza de Young, Clarisa de Bock, Eugenia de Caron de Beaumarchais, Emilia Galotti de Lessing, Los mellizos de Klinger...). La influencia de la literatura en el espíritu de Reiser es fundamental. Uno de los libros que más le impactarán serán Las desventuras del joven Werther de Goethe, pero no serán los pasajes amorosos -en los cuales no se reconoce al igual que no entiende las aventuras amorosas de su amigo Philipp-, los que llamen su atención: "Cuando se publicaron Las desventuras del joven Werther y leyó las deliciosas descripciones de Wahlheim, enseguida pensó en aquel molino de viento y en las horas de soledad tan agradables que había pasado allí" (p.349). Y entonces me viene a la cabeza esa edición que vi ayer en la biblioteca del Walden de Henry David Thoreau y que, me digo, tengo que sacar la próxima vez que vaya, cuando devuelva La casa de hojas de Danielewski -si sigo con vida, claro. Uno de los pasajes que más le impresionan a Reiser de Werther es el de la comparación de la vida con un teatro de marionetas. Reiser leyó tanto esta obra que llegó un punto en el que no sabía cuáles eran ideas propias y cuáles debidas a Goethe. Moritz coincidió con Goethe en Italia en 1786, más tarde, Goethe escribiría su célebre Viaje a Italia (1816). En la novela Goethe aparece simplemente como "el autor de Werther" y será el motivo principal por el que Reiser decida ir a Weimar, allí donde Goethe ostenta un cargo público -si bien la novela se corta antes de que esto suceda. En la introducción Gauger recoge un extracto del Viaje a Italia donde Goethe dice de Moritz que es como un hermano menor, de su misma índole, "pero pisoteado y maltratado por ese destino que a mí me ha colmado de favores". Según Gauger, Goethe ayudó económicamente a Moritz en Roma y luego terció para que consiguiera una cátedra de Estética en la Academia de las Artes de Berlín. Hace años leí el Viaje a Italia de Goethe, incluso escribí unas notas en mi blog sobre arte. Sinceramente no recordaba haber leído el nombre de Moritz en El viaje a Italia pero eso no es extraño -lo raro sería que me hubiese acordado. Así que, despertada mi curiosidad al ver que Moritz aparecía en sus páginas, cojo el Viaje de Goethe de la estantería y reviso el capítulo de la primera estancia en Roma. El 1 de diciembre de 1786 escribe Goethe: "Moritz se encuentra en la ciudad, el escritor que despertó nuestra atención con su Antonio el viajero y Viajes a Inglaterra. Es un hombre auténtico, excelente, que nos complace mucho". Sonrío -no sé si a causa de mi torpeza o al ver reconocido el talento de Moritz por el mismísimo Goethe. Lamentablemente, el traductor y encargado de las citas, Manuel Scholz Rich, no estimó conveniente aclarar la personalidad de este Moritz a pie de página -como sí hizo con todos los personajes que van apareciendo en el libro. El 6 de enero de 1787 sabemos que a Moritz le han quitado el vendaje del brazo y que Goethe le ha servido de enfermero durante cuarenta días durante los cuales han intercambiado opiniones que les serán de provecho a ambos. El 10 de enero Goethe escribe, a propósito de ciertos aspectos de la lengua germana, que "Moritz ha discurrido la existencia de cierta jerarquía silábica". 
En cierto sentido me gusta ver en Anton Reiser un precursor del típico personaje bernhardiano obsesionado por los trabajos intelectuales inconclusos. Durante buena parte de la narración Anton Reiser dedica sus esfuerzos a un gran poema ("llevaba mucho tiempo dándole vueltas a un poema sobre la creación"), sin terminarlo, al igual que le sucede con una obra de teatro ("su mente empezó a fraguar planes,quería ser escritor y escribir una tragedia, El juramento en falso", p.346). También cavila sobre el propósito de elaborar un estudio filosófico literario sobre la sensibilidad o más bien sobre la sensibilidad impostada.
En general, y para terminar, decir que la novela deja entrever la idea de lo decisivo que resulta la infancia para el posterior desarrollo del individuo. Es en la época adulta cuando comenzamos a valorar el significado de las ilusiones infantiles: "La muralla de Hannover era desde sus días infantiles el lugar preferido de sus fantasías más agradables e ideas más novelescas". Al final, y repentinamente, Reiser se quedará calvo, tendrá que usar peluca, y eso será un gran revés justo cuando ya empezaba a abrirse camino como actor -quizás un símbolo de la decadencia. La novela, por ultimo, se podría resumir en la expresión que a veces utiliza el narrador, "joy of grief", el placer de las lágrimas, esa emoción que asiste a Anton al leer un libro o asistir a una representación teatral -al identificarse con los personajes y los pensamientos que los pueblan- y que le aísla de la realidad cotidiana, un joy of grief que, digámoslo sin miedo, sentimos nosotros mismos al leer esta excepcional obra de Moritz.

Ficha del libro

jueves, 6 de febrero de 2014

Yoga para los que pasan del yoga, de Geoff Dyer.

La primera noticia que tuve de Geoff Dyer fue a raíz del comentario en un blog sobre su libro La Zona. No sé si me pareció más sorprendente que alguien escribiera un libro sobre Stalker de Tarkovski o que alguien hubiera decidido publicarlo. Dicen que el libro es bueno. El caso es que yo estaba en la biblioteca matando el tiempo -mientras mi vida se evaporaba- cuando tropecé con un libro de ese autor. Me resultó familiar. En principio -lo reconozco- lo confundí con Lars Iyer, otro inglés del que había escrito algo este verano sobre su novela Magma. Cuando tuve el libro en mis manos reparé en mi error -había leído mal el nombre, había que considerar, en mi favor, lo rocambolesca que era la existencia de dos narradores ingleses, ambos un poco retorcidos, con los nombres de Iyer y Dyer, como si se tratara de una pareja de personajes secundarios en un cómic belga-, luego recordé aquel artículo sobre La zona. Leí la siempre engañosa contraportada y como versaba sobre viajes -o al menos eso parecía- lo eché en el saco.
Yoga..., a pesar de su equívoco título -parece el nombre de un libro de autoayuda, pero no adelantemos acontecimientos, todo tiene su porqué-, es un libro divertido -todo lo divertido que puedan ser las peripecias de un escritor variopinto entrado en la cuarentena, consumidor por entonces de ciertas drogas, que hace turismo o  lo que sea por lugares tan dispares como Camboya, Tailandia, Laos, Libia, París o Miami, Detroit y Nueva Orleans. El libro se compone de once relatos en los cuales el autor -se supone que son autobiográficos, aunque podrían pasar por simples relatos de ficción, nadie llama por su nombre al narrador ni él se presenta en ningún momento, luego podría ser cualquiera- viaja -a todos los niveles- y le pasan cosas, algunas graciosas, otras extrañas, otras ambas cosas a la vez. ¿Es esto suficiente para escribir un libro? me pregunto. No sé, supongo. Lo que sí tengo claro es que después de leerlo me dieron ganas de escribir algo similar con episodios de mis viajes por la vieja Europa -aquí reflexioné sobre la similitud fonética de las palabras "viaje" y "vieja", sin llegar a conclusiones ponderables. En Desviación horizontal el narrador -primera persona- pasa una temporada en Nueva Orleans, según él, el sitio más perfecto del mundo. Vale, un momento, me digo, he estado en algunos sitios en los que me he dicho, si pudiera vendría a pasar aquí largas temporadas, me refiero a lugares encantadores y mágicos como Lucerna, Sintra, Delft o Beaugency (¡cerca de la Orleans original!), me digo entonces, si pudiera alquilaba un piso y me venía un tiempo para escribir una novela o simplemente para no hacer nada, pasear y lamentarme de todo, pero a Dyer, que ha estado en infinitos lugares, por alguna incomprensible razón, le atrae Nueva Orleans, en concreto aterriza en el Barrio Francés, un sitio, según él, "donde de vez en cuando matan  a algún turista británico por negarse a entregar su cámara de vídeo a  los chorizos adictos al crack que viven y trabajan por lo alrededores". Allí conoce a un tipo de dudosa categoría moral llamado Donelly del que se hace amigo ("Al haber vivido en muchas ciudades, muchos países, me he acostumbrado a trabar nuevas amistades a una edad en que mucha gente vive de las menguantes reservas de las amistades acumuladas durante la universidad, cuando tenían diecinueve o veinte años"). Reflexiono sobre esta parte del relato, es interesante el tema de la amistad, pero enseguida me aburro de él y no pienso más en ello. El diálogo entre Donelly y Dyer acerca de la conveniencia de tener el cargador de la pistola lleno de balas es desternillante. En Miss Camboya Dyer dibuja una ilustración devastadora del turismo civilizado en el tercer mundo. La chica que vende Coca-Cola no encontrará comprador en Dyer, éste ya ha decidido comprársela a un joven tullido después de haberse comprometido con la chica. Pero señor Dyer, no sea usted miserable, compre otra Coca-Cola. Dyer hace un ejercicio de sinceridad que me recuerda al despiadado Oé de Una cuestión personal, lo cual no justifica su inmoralidad, de alguna forma se regodea en la negativa a la chica ("Si el niño nos parecía la personificación de Camboya, para la niña nosotros personificábamos todo el caprichoso poder y la riqueza de Occidente"). Por otro lado, la insensibilidad intelectual que llega a provocar la visión de miles de templos es muy característica del turista hastiado de tanta belleza consecutiva: "En el curso  de los tres días previos  habíamos visitado tantos templos que me costaría decir qué rasgos particulares tenía este en concreto aparte del hecho  de que se encontraba cerca de otro templo, casi idéntico". Es como cuando uno entra en el Louvre o el Prado, si uno intenta visitarlos en su totalidad es seguro que saldrá mareado y con la intención de no ver una pintura nunca más en su vida, me digo, la admiración del arte necesita ciertas pausas -y pautas-, pienso, he conectado con Dyer, me digo, ¡y sin necesidad de drogas! Dyer no tiene reparos en describir el cinismo que le concede su superioridad primer mundista: "Todo el que visita países en desarrollo, si es sincero, confesará que en realidad le gusta ver un poco de miseria: gente que vive en vertederos de basura, poblados de chabola, ese tipo de cosas". Pero ¿puede haber pasajes divertidos en este tipo de situaciones, en esta disertación inmoral? Dyer lo logra, cuando describe el método fotográfico de su novia, cuando descubre que la barcaza que les lleva por el río Tonlé Sap está dando vueltas, tal y como le advierte su novia, ¡Circle! ("¿Sabes qué? -dijo Circle. ¿Qué? pregunté. Creo que avanzamos en círculos. ¿Cómo dices, Circle?", un circunloquio que resulta menos sonoro a causa de la traducción). En El borde infinito Dyer juega al ping pong con los empleados de los bungalows donde está instalado en Ubud, Bali, y visita con su novia Circle las cascadas de Kuang Si en Luang Prabang, Laos, donde Dyer se pone filosófico: "Esta idea de la cadena de la existencia inspirada por las cascadas también funcionaba en sentido contrario. Nietzsche decía  que no podía existir un dios; si existiese, ¿cómo iba él a soportar no serlo? En el borde infinito, me parecía a mí, podías ser dios y en realidad no cambiaba nada; hasta era posible que no supieras que lo eras". Pensé, bien, de acuerdo, puedo ser dios, pero entonces, ¿por qué es todo tan aburrido? En Skunk Dyer deambula por la ciudad de la luz con una nueva amiga y se coloca con una especie de hierba denominada skunk, un producto que a Marie no parece gustarle mucho, Dyer excusa a la droga: "Saltaba a la vista que no estaba divirtiéndose. Ni por asomo. No sabía dónde estaba. Quién era. Ni siquiera si era. La skunk es así, en especial durante los primeros veinte minutos más o menos, que pueden parecer un pandemonio." Dyer le dice que está escribiendo un artículo turístico de París para una revista, ella sospecha que en realidad está utilizándola para emplearla en una novela ("¿Quién te envía? ¿Quién te envía?"). Sé que no es gracioso pero yo no paraba de reír, imaginaba al "pobre" Dyer intentando impresionar a la chica con su marihuana estratosférica y sufriendo ella ese ataque maniaco depresivo. En el relato Yoga para los que pasan del yoga Dyer llega a Haad Rin, Tailandia, una semana antes de la fiesta de la luna, esta vez con su novia Kate. Algo me dice que se van a volver a colocar. Allí conoce a una comunidad variopinta de turistas occidentales. Troy, quien una vez se tomó un bote de veneno de escorpión, era un tipo que había experimentado con todo tipo de meditación, desde concentrarse en la imagen de su cadáver descomponiéndose bajo tierra hasta el tai-chi kamikaze ("Superado cierto punto del viaje interior, Troy no recordaba nada"). O Wayne, un escritor de unas memorias sobre la vida en EEUU en los 60 y 70, que se libró del reclutamiento al tatuarse  en el borde la mano derecha la expresión "jódete". Mientras Dyer espera a que Kate y Gareth vuelvan de su excursión advierte que desde su entrada en el santuario se encuentra en estado de gracia, ha desaparecido esa inquietud propia del propio Troy (y aquí reparo en que he descubierto una de esas fórmulas lingüísticas difíciles de decir rápidamente), es decir, desaparece en él esa sensación de que en todo momento preferiría estar haciendo otra cosa que la que está haciendo (pongo un post it en este pasaje, es justo lo que me pasa a mí todo el tiempo, para animarme me digo que eso debe pasarle a todo el mundo, si bien me lo digo no muy convencido de lo que estoy diciendo a la vez que dejo de hacer lo que estaba haciendo y me pongo a hacer otra cosa completamente opuesta). Al final le confiesa Dyer a Kate: "Tengo una idea  para un libro de autoayuda -dije-. Yoga para los que pasan del yoga". En Decadencia y caída Dyer está en Roma conversando con Nick sobre su imaginaria obra cinematográfica: "Pensaba en El sentido de la Antigüedad, la película que no había filmado, en concreto en la secuencia en la villa Adriana". El narrador fantasea con la posibilidad de escribir un libro sobre la Antigüedad. Al final, en un momento crucial, ante el que responde como se debe responder en estos momentos, es decir, sin hacer nada, Dyer se confiesa "a cierto nivel sabía que había estado engañándome: que toda la disciplina intelectual y la ambición de mis primeros años se habían disipado por culpa del consumo desganado de drogas, la indolencia y la decepción, que carecía de propósito y dirección y tenía todavía menos idea de lo que quería de la vida ahora que cuando tenía veinte o treinta años, que estaba en camino de convertirme yo mismo en una ruina y que no me parecía mal". En La desesperación del Art Decó Dyer nos cuenta aquella vez que vio un cadáver -¿o fueron sólo las zapatillas de un cadáver?- en el barrio Art Decó de Miami, va y le pregunta al tipo que hay a su lado -y que lleva un tatuaje de una lavadora en el brazo, sí, yo tampoco me lo creía cuando lo leí-: "¿Qué ha pasado? Suicidio. Por Dios. Una mujer de setenta y dos años. Ha saltado. Mierda. Bonito tatuaje." Y sí, Dyer y su novia de entonces, Dazed -a lo mejor sus padres eran devotos de Led Zeppelin, se me ocurre ridículamente-, se fotografían como buenos turistas frente a la casa de Versace, donde fue asesinado. Hotel Olvido transcurre en Amsterdam. Contra todo sentido Dyer  hace una apología de la amistad entrañable (¿nos han cambiado al cáustico Dyer por otro más sentimentaloide? nos preguntamos, igual es que no está aún colocado, era el principio del relato): "Siempre que uno tuviera tardes como aquella, el hecho de que uno  no hubiera logrado casi nada... no cambiaba nada. Cuando uno estaba lleno de pasión, ambición y esperanza, era mejor tener cuarenta años que veinte. Era mejor que tener treinta años, cuando aquellas esperanzas que en otro tiempo te habían animado se convertían en una incordiante fuente de tormentos". Definitivamente este libro es para cuarentones, me digo, para cuarentones viajeros. Aunque siendo exactos, a Dyer se le olvidó puntualizar que cuando sobrepasas los cuarenta otro tipo de fuentes de tormentos te incordian, por ejemplo, el insomnio, el miedo a la muerte, ¡el tendedero de los vecinos! Leptis Magna -unas ruinas romanas en Libia, cerca de Trípoli- es mi relato favorito. Nada más llegar Dyer sufre el hundimiento del viajero, como me gusta llamarlo, "como pronto descubrí, (la palabra hotel) significaba algo así como sensación de enorme decepción al llegar,a menudo acompañada de un amargo arrepentimiento por haber abandonado el hogar". Me repito, tengo que escribir algo sobre esta sensación, sé perfectamente de qué va, luego recapacito, es inútil, no lograría expresarlo mejor que Dyer. Son hilarantes algunas de las situaciones vividas desde su llegada, para todo hay que rellenar folios y folios de formularios, ("Me registré en el hotel. Ah, qué engañosamente simple suena eso"), y gracioso es su encuentro con Ahmed junto a unas ruinas solitarias, este lugareño que se comunica a base de sustantivos -su dominio del inglés es reducido- le recita una lista de jugadores de fútbol ingleses de todos los tiempos. Dyer es un escritor sarcástico, de un humor ácido -no interpreten segundas lecturas, por favor, bueno, en realidad sí que pueden-, pero a veces me deja conmocionado: "Me tumbé en la cama, absorto en las antiquísimas cuestiones del viajar: ¿por qué viajo? ¿qué estoy haciendo aquí Preguntas que generaron una tercera: ¿qué le pido a la vida? Cuya respuesta era: volver al hogar, quedarme quieto, dentro de casa, poner los pies en alto y ver la tele". Me tumbo en la cama y pienso sobre ello, ¿qué le pido a la vida?, me pregunto al más puro estilo Dyer, me quedo dormido. Huelga decir que para que este impulso tenga sentido -es decir, la idea de vuelta al hogar, goin´ home, como cantaban los White Lion- previamente hay que salir de casa y enfrentarse a las múltiples molestias y absurdidades típicas de los viajes -sobre todo si vas en tren como es mi caso. También aborda Dyer una cuestión de vital importancia para los que practicamos turismo cultural. Informarse antes o después del viaje, he ahí el dilema. Dyer opta por lo segundo, aún a sabiendas que después del viaje no leerá nada sobre Leptis Magna. Así, libre de cualquier predisposición y/o conocimiento Dyer realiza profundas reflexiones sobre el significado de las ruinas de la Antigüedad, éste no es otro que el de ser unas ruinas, ser -poéticamente-, por ejemplo, el marco de un cielo azul -debido a las oquedades producidas por el paso del tiempo. Y desde aquí Dyer especula sobre lo mecánico de la sala de la capilla Rothko en Houston -digamos que una vez allí quiso sentir algo muy fuerte pero no sintió absolutamente nada- y sobre la Zona de la peli Stalker de Tarkovski, un lugar -la Zona- que le devuelve a la frustración: "Sentí que ya no podía soportar más los altibajos emocionales de viajar, sus explosiones de júbilo, sus depresiones de abatimiento, sus inmensos trechos de abatimiento e incomodidades. Ya no estaba a gusto en el foro, pero la perspectiva de regresa al hotel era aún más triste". La lluvia dentro sucede en Detroit, allí Dyer da una clase magistral sobre ruinas -y dale con las ruinas, al final escribirá su libro sobre la Antigüedad, ya verán- a unos turistas: "Las ruinas nos invitan a pensar en cómo eran en su apogeo, antes de convertirse en ruinas -dije. El Coliseo romano o el anfiteatro de Leptis magna nunca han sido otra cosa que ruinas. Son ruinas eternas". A pesar de ello Dyer tiene que quitar el coche que les molesta para fotografiar la estación ferroviaria de 1913 -definitivamente su analogía con un cuadro de Caspar David Friedrich no convenció a los turistas. En el último relato, La zona suenan ecos del mejor David Foster Wallace (el cronista de Cosas supuestamente divertidas...), el narrador va a Black Rock desert donde..., bueno, mejor lo leen ustedes.



Ficha del libro:

Autor: Geoff Dyer (Gloucestershire, 1958)
Título: Yoga for people who can´t be bothered to do it
Editorial: Mondadori
Año: 2012
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

jueves, 20 de junio de 2013

Magma, de Lars Iyer.

Título original: Spurious.
Traducción: José Miguel Amores.
Editorial Pálido Fuego, 2013.

Magma o la ausencia de Bernhard.
W. y Lars son dos intelectuales europeos que hacen un viaje ("W. habla su pésimo francés en voz baja, y soñamos, durante un instante, que somos auténticos intelectuales europeos"), y que van, según nota de la pestaña interior, en busca de conferencias literarias donde se sirva la mejor ginebra -de alguna forma el editor llega a esta conclusión. La obra ha sido calificada en Reino Unido como una de las más brillantes de la década. Como ya se ha escrito mucho sobre este libro, en blogs mucho más populares que el mío, en blogs de autores emergentes, ¡en blogs de autores consagrados!, qué puedo añadir yo que no se haya dicho ya, me digo, o que no se haya dicho. La mayoría de comentarios comienzan con Kafka, es inevitable: "Kafka es nuestro líder espiritual, reconocemos W. y yo delante de unos cócteles en la Münsterplatz", en la página 18, y también, en la página 22: "Kafka fue siempre nuestro modelo, admitimos. ¿Cómo es posible que un ser humano pudiera escribir así?", y en ¡numerosas páginas! En cuantas más páginas aparecen Kafka y Brod más convencido estoy de que Iyer no nunca ha leído a Kafka -tampoco a Brod. El protagonista W., bajo la atenta mirada del narrador, Lars, se debate entre Kafka (W. no puede pasar un día sin hablar de Kafka) y Max Brod ("¿Cuál de nosotros es Kafka y cuál Brod?"), entre la llegada del apocalipsis ("Cuando llegue el apocalipsis será un alivio") y sus estudios mesiánicos, entre la certeza de ser melancólico ("Somos melancólicos") y la de ser alegre ("Somos esencialmente alegres, reflexiona W. (...) Conocemos nuestros fallos, sabemos que nunca conseguiremos nada, pero aún así estamos contentos"), entre la idiotez de su amigo Lars y la suya propia -sus esfuerzos por ser un intelectual son ímprobos pero no merecen recompensa. Ambos son conscientes de que tener un modelo espiritual del calibre de Kafka puede conducir a episodios continuos de frustración: "Nuestras vidas tomaron una dirección equivocada cuando abrimos El castillo. Aquello tuvo consecuencias funestas: ¡allí estaba la literatura en sí  misma! Estábamos acabados." Nunca hay que abrir El castillo, eso es un gran error, si lo abres te maravillará primero, luego te aniquilará. Ellos están convencidos de que no hay nada malo en la literatura, "pero aquélla ha tenido un efecto nocivo para nosotros". Por eso recapacitan: "Él es quien ha ido más lejos, admitimos. Pero también necesitamos líderes más cercanos".
Pronto veremos cómo nombran a un nuevo líder espiritual -sin renegar de Kafka, por supuesto. Kafka, por otro lado, no debería ser un modelo a seguir en cuanto a conducta social -a no ser que persigas la aniquilación. Sin embargo ellos recurren a su líder al primer contratiempo: "¿Adónde deberíamos ir? En momentos de crisis, W. siempre se pregunta qué haría Kafka. ¿Qué haría Kafka en nuestro lugar ? ¿Qué haría él en cualquier situación?" Yo te lo voy a decir, escribiría cientos de cartas a sus novias y luego se iría al campo, o bien primero se iría al campo y desde allí escribiría cientos de cartas...
"No sé cómo Kafka podía escribir cuando estaba enfermo, dice W. Cuando W. estaba enfermo, estaba más lejos de escribir El proceso de lo que nunca lo había estado, dice." Algo me hace sospechar que la distancia entre W. y El proceso es algo más infranqueable que una enfermedad. También habría que decirle a W. -o a Iyer quizás- que cuando Kafka escribió El proceso aún no estaba enfermo, sí lo estaba ya cuando acometió la empresa descomunal de El castillo, el mejor libro de todos los tiempos. También habría que aclarar al personaje de Iyer que quien sí escribió enfermo durante toda su vida fue Thomas Bernhard, el único que ha podido acercarse de alguna forma al genio de Kafka, el único que pudo establecer una analogía metafísica con el castillo kafkiano, Altensam, Wolfsegg,... Desde la mediocridad W. intenta justificar su peculiar situación: "Pero esa es la cuestión: Kafka nunca se encontraría en nuestra situación". No, a él le fue aún peor, se convirtió en cucaracha, pienso; "él nunca habría cometido los errores que nosotros hemos cometido". No, cometió uno mucho peor, confiarle sus escritos a Max Brod, me digo. Digamos que W. es el intelectual en activo y Lars el intelectual que ha admitido su fracaso y no hace nada por recuperarse -lee revistas de chismes en el tren, su tema de conversación es la modelo Jordan, mientras que W. lee a Spinoza. W. recrimina a Lars algunas cosas a lo largo del libro, y me pregunto cómo Lars puede aguantarlo, a no ser que tenga en mente la idea de escribir un libro -una novela titulada Magma, no sabemos el porqué de semejante nombre, "Spurious" de subtítulo en la versión española, ¡entre corchetes!-, así Lars es advertido por W. a causa de: ser un pensador patético ("Naturalmente él también lo es. Lo aprendió de mí", dice Lars, el narrador); su obesidad, que siempre le ha impresionado, su glotonería -la de Lars, el narrador, ese que va a triunfar con su libro Magma-; su deslealtad ("Tú no eres leal. Tú no sabes nada de lealtad. Tú romperías la falange, dice W."); su fracaso ("¿Cuándo supiste que eras un fracasado?, me pregunta W. reiteradamente. ¿Cuándo supiste que jamás tendrías un pensamiento propio, ni uno?" ); su estupidez ("W. me envía una cita para que medite sobre mi estupidez"). Parece que no pero W. y Lars son amigos, lo que pasa es que W. parece estar decepcionado con Lars, y a Lars esto le importar un bledo, él se limita a escribir un libro titulado Spurious. "Los amigos deberían enviarse entre ellos lo que escriben, dice W. Él me lo envía todo -todo-, y yo apenas lo leo." Esto es lo peor que hay, la peor de las infidelidades, enviar a un amigo unos escritos y que no los lea, y lo que es peor, que te diga que sí los ha leído: "W. dice que ni siquiera leí los capítulos que me envió. Sabe lo que dice: mis comentarios fueron demasiado genéricos. Le digo que los leí..., bueno, casi todos. No leíste el capítulo cinco, el del perro". Que alguien, a quien se ha enviado un documento que incluye un capítulo de un perro, no lea el capítulo del perro es lo peor que puede pasar, porque en los capítulos de perro siempre aparecen ¡Tarkovski y Bela Tarr! -y debería surgir algún sueño de Pitol, pero esto no lo sabe Iyer, luego me pregunto, ¿habrá leído alguno de éstos Las investigaciones de un perro de Kafka? Estoy seguro de que no, me digo, no saben quién es Kafka, me convenzo. Lars, el narrador, refiere la amistad entre los filósofos Levinas y Blanchot: "De sus intercambios casi diarios, no se sabe nada; de nuestra amistad, se sabe todo, pues yo, como un idiota, la cuelgo toda en internet". La amistad es la mayor fuente de decepción, pienso. Luego me digo, ¿qué importancia puede tener que todo el mundo lea nuestra vida en internet si nuestra vida es absurda, insulsa y decepcionante?
Que Iyer es un gran fan de Thomas Bernhard es un secreto a voces, sólo hay que leer su famoso manifiesto "Desnudo en la bañera, asomado al abismo" para confirmarlo. Querer parecerse a Bernhard es un arma de doble filo -cuando no un suicidio literario. Emular la implacable narrativa del austriaco es una misión destinada al fracaso más absoluto -no consiste simplemente en acuñar una frase acá y otra acullá. De todas formas no creo que sea esto lo que pretenda Iyer, él tan sólo recurre -que no es poco- a determinadas "virtudes" del personaje bernhardiano para definir los suyos, así toma de él su dependencia total de lo intelectual, su aislamiento, su fracaso ("¿Hemos fracasado? W. está seguro de ello. Somos unos completos fracasados"), y para ello remeda en ocasiones algunas herramientas literarias usadas comúnmente por Bernhard, herramientas tales como vivos pensamientos entre signos de admiración, claudicaciones definitivas, conclusiones fatales y repentinas, etc, aunque sin la convicción ni la retórica del genio austriaco. De hecho, las mejores líneas de Magma -al menos, las más divertidas- son las que recuerdan a Bernhard. "Cada verano, se pone a trabajar con gran ambición, dice W. ¡Leerá más que nunca, y con mayor profundidad! ¡Escribirá como nunca antes ha escrito! Sin embargo, al final del verano, todo ha ido mal. ¿Por qué nunca aprenderá?, reflexiona W. ¿Por qué nada cambia?". Los trabajos intelectuales bernhardianos tienen que aparecer por algún lado, me digo. W. recurre periódicamente a sus estudios sobre mesianismo (Rosenzweig, Cohen, Schelling), o sobre matemáticas -de las que no entiende nada-, o sobre griego clásico. W. es agorafóbico, solamente "es feliz de verdad cuando se refugia en su habitación, trabajando. Preferiría no salir nunca de casa, dice W. O, de hecho, de su estudio". W. pudo decir, "de su Calera", o de la "buhardilla de los Höller", nos hubiera encantado que Iyer hubiera mencionado la Calera o la buhardilla de los Höller, ¡pero no lo hizo! Esa reclusión con fines intelectuales, como sabemos, es la que buscan la mayoría de personajes bernhardianos, pero aquí se presenta este aislamiento en pro de la intelectualidad como una parodia nefasta y ridícula -¿acaso también en Bernhard?-, entonces, me digo, ¿está parodiando Iyer a Bernhard? ¿Se parodiaba Bernhard a sí mismo? ¿Acaso no es cualquier manifestación literaria una parodia de sí misma? ¿No lo es La educación sentimental de Flaubert de La educación sentimental de Flaubert?, me pregunto estos días mientras leo La educación sentimental de Flaubert, el libro preferido de Kafka y pienso, ¿por qué Flaubert no aparece en Iyer? ¿Por qué Iyer niega -desde la indiferencia- a Dostoyevski y a Kleist y a Flaubert, los autores preferidos de Kafka? Como en Bernhard, la idea de suicidio aparece tarde o temprano -solo que en Bernhard cobra presencia en personajes secundarios y como una preocupación innata del narrador, mientras que en Magma es sólo un chiste. En Magma es la idea del doble suicidio, Lars y W. se suicidarían alternativamente, piensan, la que acomete a los protagonistas. Pero ¿para qué? "Naturalmente, yo debería quitarme la vida de inmediato, eso sería lo honorable, dice W. Debería subirme a un taburete hasta alcanzar la soga... Pero ya sería demasiado tarde, ese es el problema, dice W. El pecado ya ha sido cometido. El pecado contra la existencia, contra el orden de lo existente." Excusas, definitivamente W. no es Mishima. En el caso de Bernhard el pecado contra la existencia lo cometen los demás, esos monigotes que circulan alrededor del narrador y que no poseen ningún tipo de pretensión intelectual. Si bien esa descaracterización de lo culto que le rodea será lo que coloque al personaje bernhardiano en condición de inferioridad -por incomprensión, por indefensión-, aniquilándolo, si bien no estoy muy seguro de esto, así como de nada de lo que he escrito ni voy a escribir (además, no sé en qué momento este fatal comentario sobre Magma pasó a convertirse en un fatal comentario sobre Bernhard). "Tendrá una vida corta, dice W., y yo igualmente vida corta, frustrada, que no llegará a nada. ¿Para qué ha servido todo?, pregunta W. ¡Para nada!, dice. ¡Ni una sola cosa!". Cuando la vida es un fracaso siempre resulta corta, aunque vivas 90 años, me digo, luego, toda vida es corta pues toda vida es un fracaso -¡incluso la del bueno de Kafka! "Las cosas van mal. Deberíamos suicidarnos, dice W." Le faltó continuar diciendo: "empieza tú". W. "tiene la idea de prenderse fuego delante de la multitud como ese demente de la película de Tarkovsky". Esta simple mención a Nostalghia de Tarkovsky es suficiente para que en la portada aparezca rotulado el nombre de Tarkovsky como reclamo (junto a los de Béla Tarr, Franz Kafka, Friburgo, estupidez, etc..., en lo que supone una horrorosa ilustración sobre un rediseño de la foto en Davos de Blanchot y Levinas). Lars está acabado. W. también está acabado pero parece resistirse a este hecho inalterable. W. busca alivio en la derrota evidente de Lars, ¿para silenciar su propia derrota? "¿Por qué ya no lees? ¿Por qué no escribes? ¿Qué te ocurrió? ¿Cómo has llegado a esto?". W. sabe que en poco o en nada se diferencia de Lars, quien también afronta -al menos afrontaba, ya no- ambiciosos proyectos intelectuales. Hace dos años Lars iba a aprender sánscrito y se iba a convertir en una gran experto en hinduismo, el año pasado se iba a convertir en un gran experto musical, no hace falta a Iyer decir que Lars, el narrador, fracasa estrepitosamente en ambos casos. Puede que por eso, Lars, el narrador, ya ni lo intente, mientras que W. insiste una y otra vez a pesar de tener plena consciencia del fracaso del planteamiento filosófico. El planteamiento filosófico fracasa desde la base, me digo. La idea filosófica en Bernhard está muy presente, no sólo en las lecturas de Schopenhauer que realizan sus personajes, o en los estudios filosóficos (o científico-filosóficos) al que se dedican. La idea de filosofía en Bernhard se presenta como salvación (así como aniquilación, por defecto), en Iyer no aparece por ningún lado, todo es tan sólo una broma (cuando W. lee a Spinoza "experimenta la beatitud", por ejemplo). Esto no es obstáculo para que W. siga creyendo en una posible vida intelectual, a la sombra de Kafka, por supuesto, ¿de quién si no?, y por eso instiga a Lars, que ni siquiera se defiende: "Tu declive. ¿Por dónde íbamos? ¿Qué planes tienes? ¿Qué estás escribiendo? Nada, le digo. No tengo planes", le contesta Lars, el narrador. Tener planes es lo peor , me digo. Estoy aprendiendo mucho con esta novela, anoto. Cualquier pensamiento que leemos en un libro nos convence, los pensamientos de los libros nos convencen, me digo, por el simple hecho de estar en un libro nos convencen. W. pregunta a Lars si ha tenido algún pensamiento durante el fin de semana, la respuesta es "no", pregunta también a Lars si está deprimido, la respuesta es "mucho". Sólo en un momento de la novela parece Lars querer replicar a su amigo -con amigos como W. quién necesita enemigos, pienso. W. le interroga una vez más: "¿Cuándo lo supiste?, dice W. ¿Cuándo supiste que nunca llegarías a nada?". A lo que Lars, el narrador, en lugar de decirle, ¡qué pesadez!, contesta: "¿Cuándo me refugié en ideas vagas y poco claras que no tienen nada que ver con el mundo?". Con esta pregunta Lars, el narrador, intenta traducir la pregunta de su amigo -¿quieres decir en qué momento me refugié en ideas vagas y poco claras que no tienen que ver con el mundo?-, es decir, no reconoce que nunca llegará a nada, tan solo mantiene la incógnita, cosa que sería distinta de no haber empleado tilde: "¿Cuando me refugié en ideas vagas y poco claras que nada tienen que ver con el mundo?". Contestar a una pregunta con otra pregunta: ¿acaso supe -Lars, el narrador- que no llegaría a nada cuando me refugié en ideas vagas y poco claras que no tienen que ver con el mundo?, y en esta formulación de la pregunta Lars, el narrador, acepta su fracaso. También Lars, el narrador, pone excusas ante el atosigamiento de W., "¿Y tú?, pregunta W. ¿Dónde escribes tus pensamientos? Le digo que estoy demasiado preocupado para pensar." W. escribe sus pensamientos en unos cuadernos de notas. Son pensamientos ridículos, el hecho de que los anote no los convierte en auténticos pensamientos. Lars podría contestarle con este pasaje de La calera de Thomas Bernhard: "Qué idea podía pensar y qué resultado más lamentable anotar. Las palabras echan a perder lo que se piensa, el papel ridiculiza lo que se piensa y, aunque todavía se esté contento de poder llevar al papel algo echado a perder y algo ridículo, la memoria pierde aún eso echado a perder y eso ridículo. De una cosa inmensa, el papel hacía una cosa accesoria, una ridiculez, decía Konrad." También podría explicar a W. que había llegado -él, Lars, el narrador- a un punto de insoportabilidad del que no se puede retornar, un punto al que el propio W. terminaría llegando, tarde o temprano, y recordar esa cita de El sobrino de Wittgenstein de Bernhard: "No me soporto a mí mismo, por no hablar de soportar a toda una hora de mis iguales, meditando y escribiendo." Al final del libro W. está a punto de tener una idea pero no sabe muy bien cómo será porque nunca ha tenido ninguna. Cuando W. ve que Lars va a tener una idea le grita "¡Apúntalo, apúntalo!, me grita a menudo W. durante mis momentos de iluminación, pero cuando releo mis notas, únicamente encuentro garabatos incomprensibles y palabras aleatorias sin sentido." Y ésa es la gran estafa de los momentos de iluminación -e Iyer ha tenido uno al reflejar esto de manera tan diáfana-, lo que nos pareció una idea brillante en el momento de su concepción, con el paso de las horas se convierte en un garabato -la idea es la misma, es nuestro umbral de reconocimiento de idea el que ha variado, me digo, ¿por qué no profundiza Iyer en esta idea?, me digo, eso es esta novela, pienso, esta novela llamada Magma es una fuente de ideas incipientes sin rematar, una cobardía, me digo, una impotencia, pienso. Por una vez Lars se rebela y es él quien interroga a W. sobre cuestiones trascendentales -si bien es una pregunta hecha con desgana, como el que se sabe derrotado de antemano: "¿Por qué ha llegado todo a este nivel de absurdo?, le pregunto a W. (...) Pero W. me recuerda lo que ambos sabemos: que cualquier éxito que hayamos tenido ha sido precisamente bajo la premisa de ese absurdo." Este pasaje se queda a poco de resultar lúcido. Yo hubiera añadido que "cualquier éxito (y cualquier fracaso) que hayamos tenido ha sido bajo la premisa de ese absurdo". De modo que el absurdo dentro de un contexto absurdo cobra significado, constituye un valor que no puede desligarse de la realidad, como lo ridículo y lo grotesco en Bernhard, señas de identidad de una humanidad fracturada por la vileza y la vanidad, un mensaje bernhardiano que, por enfático, termina siendo, aunque de distinta forma, ridículo y grotesco en sí mismo. En Iyer no percibimos lo ridículo como un destino ineludible, sus personajes sólo intentan disfrutar de la vida -a pesar de su intelectualidad, deben pensar, debe pensar Iyer-, en una terraza, en un hidropedal, paseando, viajando en tren...("¿Tengo aspecto de estar teniendo pensamientos sublimes?", se pregunta W.), intentan sobrevivir a lo ridículo de sus vidas, intentan eludir lo ridículo -sin conseguirlo. Las categorizaciones excéntricas de Bernhard también hacen su aparición en Iyer: "No hay nada mejor que visitar una ciudad periferia, dice W., lo mismo que no hay nada peor que visitar una ciudad del centro (aunque , concede, en cada centro hay periferias)." Lo mejor y lo peor, como si fuera tan fácil determinar qué es lo mejor y lo peor -cuando no imposible, ridículamente posible, diríamos-, es un absolutismo que niega ese mismo absolutismo. Bernhard nos dice, ¿no veis lo absurdo que resulta decir que algo es lo mejor o lo peor? Iyer cae en esa ardid bernhardiano y escoge la forma más fácil de citar al austriaco, sin saber que está siendo víctima de una exageración.
Magma y Béla Tarr.
Puestos a buscar un líder más cercano estos dos intelectuales parecen inclinarse por la figura de Béla Tarr. "W. se ha obsesionado con Béla Tarr. Es un genio, dice. Dice que sólo hace películas sobre gente pobre y fea. La gente pobre y fea son su gente, eso es lo que dice él, dice W." ¡Otro recurso bernhardiano!: "dice él, dice W.", muy presente en Trastorno, por ejemplo. La gran paradoja del cine de Tarr es que su obra está precisamente vedada -por su naturaleza intelectual- a aquella clase que es retratada con más frecuencia. ¿Alguien puede imaginar a esos borrachos de tabernas de pueblo húngaro embarrado en sus casas viendo una película de Tarr, leyendo a Krasznahorkai? Continúa W. con la descripción del cine de Tarr: "Béla Tarr iba para filósofo. Pero cuando empezó a hacer películas... La abstracción no es lo suyo, dice W. (...) Sus películas están llenas de borrachos. Y de barro. Sus películas están llenas de barro". El barro de las películas de Béla Tarr termina por ilustrar la metáfora del fracaso, me digo. Iyer tiene una escena predilecta: "Utiliza actores no profesionales, dice W. de Béla Tarr. Hablamos del gran diálogo sobre cubos de carbón y suicidio en La condena. Es la mejor escena que he visto nunca en una película, le digo. Está de acuerdo. Y el fragmento en el barro con el perro, Karrer a cuatro patas ladrándole al perro. No hay nada mejor. Pues ahí es donde terminaremos: ¡en el barro, cubiertos de barro, ladrando! ¡El uno al otro, si no hay nadie más! Ladrando: ¡en el barro!" Ahora empieza a tener más sentido el capítulo cinco del perro que escribió W. y que entregó a Lars, el narrador, y que Lars, el narrador, no llegó a leer, como quedó suficientemente demostrado. En Thomas Bernhard la figura del perro aparece en ocasiones como la última opción de compañía para el ser humano -lo cual lo convierte en otro perro, irremisiblemente. En Los comebarato: "Durante un instante me había parecido el hombre más solitario del mundo, y había deseado que por lo menos tuviera un perro, que habría pegado con su entera arrogancia espiritual y miseria física, y pensé en Schopenhauer. Pero un perro nunca hubiera sido posible para él, por muchos motivos. No habría podido permitirse un perro." Esos motivos pueden sernos desconocidos, aunque pensamos lo evidente, Köller fue atacado por un perro y lo dejó lisiado.
Y en Hormigón: "(...) desde que soy adulto, he odiado siempre a los perros (...) Al fin y al cabo hace ya tiempo que tendría a una persona en la casa si soportase a esa persona, y como es natural tampoco a ningún perro. No he llegado al perro, me decía, y no llegaré al perro, reventaré pero no llegaré al perro." La compañía puede ser tan opresiva o más que la propia soledad, y la compañía de un perro un constante recuerdo de nuestro fracaso como ser social. Uno se pregunta por qué no menciona Iyer al perro de Stalker de Tarkovski, ese perro que incomprensiblemente sobrevive a la zona. W. está impresionado por la precocidad de Tarr: "Béla Tarr hizo su primera película cuando tenía dieciséis años, dice W., ¡dieciséis! ¡Dieciséis! A esa edad es a la que empezó, dice W." Bueno, digamos que a esa edad rodó alguna película de aficionado, no sería hasta los 22 cuando estrenara su primer film, Nido familiar. A W. se le ocurre la forma más directa de colaborar con la genialidad de Tarr: "W. le ha sonsacado a algún fondo académico 2600 libras (...) ¡Deberíamos enviarle el dinero a Béla Tarr! ¡Enviárselo todo! Béla Tarr es nuestro líder." Es una opción bastante loable, además, Tarr lo agradecerá, no es por capricho que Tarr utilice actores no profesionales, nunca tiene presupuesto, y cuando lo tiene (El hombre de Londres), va el productor y se suicida (Humbert Balsan).
La realidad: no somos genios.
Aún siendo Kafka el líder espiritual de ambos, tanto Lars como W. tienen más afinidad identitaria con Max Brod: "Max Brod, tan generoso en su promoción de Kafka, y aún así tan dado a un patetismo despistado y ordinario -a impulsos amorfos completamente ajenos a la precisión de la estructura de su amigo-, nos ha servido siempre como aviso y ejemplo." Extraña idea. No creo que haya en la historia de la literatura un tipo más desordenado estructuralmente que Franz Kafka. Una situación que roza lo ordinario sirve de fondo a profundos análisis -que derivan en una simple anécdota- sobre Brod: "Con los pies en el salpicadero, el cuenco azul del cielo sobre nosotros, hablamos del destino de Max Brod, que se pasó la vida escribiendo comentarios y exégesis de la obra de Kafka y del destino de Kafka, que parece mucho más oscuro y misterioso debido precisamente a los comentarios y exégesis de Brod." Y es que toda interpretación literaria conlleva un grado de recreación. La obra de Kafka puede ser tan oscura y misteriosa o tan simple y diáfana como queramos, según nos pille el día. Sin emabrgo ellos albergan una de las cualidades más fundamentales para el desarrollo de la humanidad, porque, se puede no ser un genio, pero ¿y si nadie es capaz de reconocer ese genio? Corremos el riesgo de que pase desapercibido y termine en la cloaca (entonces, ¿era Brod un genio igualmente, un genio reconocedor de talento? Esta novela no es sobre Kafka y Brod, definitivamente):"Reconocemos el genio, dice W. aforísticamente, aunque sabemos que no somos genios. Es un talento, dice, y sin embargo también una maldición. Podemos reconocer el genio en otros, pero nosotros no lo poseemos." No es una maldición, me digo, una maldición es ser un genio de la pintura y no reconocer a Mozart, una maldición es ser un genio de la música y permanecer insensible ante un Velázquez, una maldición es ser Kafka y no reconocer que has escrito una obra cumbre en la historia de la literatura. La obsesión por la figura de Kafka -y por la de Max Brod- es tal que W. termina confundiendo personalidades -para él sólo existen dos tipos, Kafka o Brod, si no eres Kafka eres Brod, si no eres Brod es porque eres Kafka: "Todo empieza cuando comprendes que tú, y sobre todo tú, eres Max Brod: esto, para W., es el principio fundacional." Si bien 30 páginas antes se había especulado con otra posibilidad más sabia y probable: "Somos Brod y Brod, convenimos, y ninguno de los dos es Kafka", pero pueden soñar... Y un poco antes: "Ambos somos Brod, dice, y eso es lo penoso. Brod sin Kafka, y qué es un Brod sin Kafka." Dejar a Brod sin Kafka es despojarlo de todo, pobre Brod, me digo, todos quieren acabar con él, desde Kundera hasta Iyer. W. y Lars se vanaglorian de poder reconocer el genio pero en sus actividades, lecturas, hobbies, aficiones apenas vemos nada de esto. A lo largo del libro no leemos nada sobre Mozart o Schubert o Bach -la música brilla por su ausencia-, alguna pincelada sobre Tarkovsky y Tarr, pero nada de Bergman, Antonioni, Buñuel, ¡Fellini!, alguna,¡varias! reflexiones en torno a Kafka y Max Brod, pero de ningún calado cualitativo, es decir, semejan proyecciones gratuitas de unas mentalidades elitistas, sin mostrar en ningún momento el porqué de la tan recitada excelencia kafkiana. "Nosotros también, decidimos W. y yo hace bastante tiempo, debemos entregar nuestras vidas al servicio de los demás. Debemos escribir ensayos interpretativos sobre la obra de otros más inteligentes y con más talento que el que nosotros tendremos jamás. Nosotros también debemos hacer lo que podamos para ofrecer apoyo y solaz a otros pese al hecho de que siempre malinterpretaremos su genio, y solamente los molestaremos con nuestro entusiasmo." Ese "también" es por Brod (al igual que Brod). "En cuanto a él, W. no hace ejercicio. No se ha sentido bien durante bastantes años, once o doce, no está seguro de cuántos. Hubo una época en la que daba grandes paseos por el campo, recuerda." El personaje bernhardiano tampoco hace ejercicio físico, tan solo ejercicio intelectual -que repercute en una degeneración física y consecuentemente mental. Puede adentrarse en los bosques (Watten), pasear por el monte a primeras horas de la mañana (Helada), realizar largas travesías -cuasi walserianas (Los hermanos Tanner)- (Corrección),..., pero su propósito no es el de la ejercitación física sino el de la reflexión intelectual -o bien está movidos por una urgencia o una obligación. Normalmente el paseo bernhardiano es solitario salvo puntualmente (El italiano) -pero escribo de memoria, no me hagan caso, esto no es un comentario sobre Bernhard, borren todo lo que he escrito sobre Bernhard, luego borren todo lo que he escrito sobre Iyer, luego deben saber que W. se ofrece como albacea de Lars a su muerte y que procederá a borrarlo todo. "No se puede pasear solo, eso simplemente acarrearía una melancolía enorme, dice." En Hormigón de Thomas Bernhard podemos leer: "Hoy ya no sales de casa, eso es lo más perjudicial, dijo, precisamente ella, que en todas partes y por todos es conocida como poco aficionada a andar (...) Pero naturalmente, pienso, la verdad es que no tiene la enfermedad que yo tengo. Yo tendría que pasear. Pero nada me aburre más." La destrucción sistemática de la esperanza recuerda a Thomas Bernhard, y en este pasaje Iyer está muy inspirado: "Le resulta un gran misterio, dice W., su constante capacidad para tener esperanza y la constante destrucción de su capacidad para tener esperanza." Otro pensamiento claramente bernhardiano, la incidencia de una ciudad en el estado de ánimo del ser humano: "Estrasburgo nos tranquiliza. Paseando por sus amplios bulevares, nos calmamos y nos serenamos." Y por contra: "Friburgo es un lugar espantoso, reconocemos en lo alto de la torre de observación del Schlossberg." Esta calificación de "espantoso" es muy típica de Bernhard -aunque la coincidencia en el término castellano habrá que atribuirla a los traductores respectivos. En Thomas Bernhard una ciudad puede ser lo peor o lo mejor. En Hormigón: "Sin embargo, la atmósfera de esa ciudad no puede soportarse en absoluto un tiempo bastante largo, prescindiendo de que los médicos me dijeron claramente, que Viena era para mí el clima más perjudicial de todos." Y por contra, en la misma novela: "Hay tantas ciudades espléndidas en el mundo, paisajes, costas que he visto en mi vida, pero ninguna de ellas ha sido para mí nunca tan ideal como Palma."
Hartura.
"Hartos de la ciudad", después de buscar las obras completas de Schelling, editadas por Vorleslung, y las de Nietzsche, editadas por Colli y Montiner, "cogemos el tren al Titisee y alquilamos un hidropedal para internarnos pedaleando en el lago." Dos intelectuales pedaleando por el lago Titisee es sin duda una situación esperpéntica, pero no reímos, simplemente nos preguntamos, descolocados, ¿por qué? Lo ridículo tiene un límite, y cuando esta ridiculez emerge de algo llamativamente ridículo deja de ser cómico para resultar patético, o al menos, incomprensible -no obstante para mí es muy difícil establecer los diferentes grados de ridiculez de una situación y sus intenciones respectivas. Otra frase bernhardiana: "De repente estamos hartos." Esta hartura, también por su carácter repentino, puede ser la misma que soportan los personajes de Bernhard (la esposa del narrador en La calera ante sus manías, sus lecturas, sus métodos, por ejemplo).
Mar.
El mar, la simple visión del mar, es un bálsamo para estos intelectuales. Ya en Bernhard se pueden leer algunos pasajes con esta misma idea. En Hormigón: "Posiblemente, pensaba, el mar será mi salvación. Ese pensamiento se asentó en mí, no podía apartarme ya de ese pensamiento. Me llevé las manos a la cabeza y me dije: ¡el mar! Tenía mi palabra mágica." W. también piensa que el mar pueda ser una salvación y además encuentra una explicación a su capacidad terapéutica: "Eso es lo que te devuelve el ánimo cuando estás cerca del mar, dice W., el ozono que el agua revuelta libera en el aire."
Tras las primeras 60 páginas aproximadamente la novela sufre un ligero bajón del que no se recuperará. Sin embargo reaparecen algunos atisbos geniales -que justifican per se la lectura de la novela-: "W. dice que está mirando por la ventana y pensando en su fracaso", en p.143, y en p.137: "A W. le gustan las listas, dice. Es algo borgiano". Iyer dedica páginas y páginas a las humedades del apartamento de Lars, el narrador, en un intento de conjugar temáticas filosóficas y trascendentales con eventos cotidianos y ridículos, tal y como él mismo resalta en su manifiesto acerca de la narrativa de Thomas Bernhard. La cosa podría tener su gracia ("El electricista salió afuera, le cuento a W. Hace falta renovar la instalación, dijo, del piso entero") pero el caso es que sólo la tiene en contadas ocasiones. Alcanzar el humor bernhardiano es una de las tareas más difíciles de conseguir, mediante el catastrofismo, la inercia mortal, el enfrascamiento en actividades sin sentido -por las que no obtendrán reconocimiento ni beneficio alguno- de sus personajes, Bernhard alcanza momentos desternillantes -desde lo grotesco. Iyer no se acerca a esa comicidad ridícula aunque su estilo es más directo. La impresión respecto a este libro hubiera sido algo diferente, si no totalmente diferente, de no haber existido Bernhard, pero de no haber existido Bernhard Iyer tampoco habría escrito este libro. Magma es una pantomima de los problemas eternos de los personajes de Bernhard, de los trabajos intelectuales, del aislamiento, de la sensación de fracaso... Al igual que Bernhard nunca mencionó a Kafka en sus escritos, Iyer no menciona a Bernhard en esta novela. ¿Qué podemos pensar de Lars y W., unos falsos intelectuales que reivindican para sí mismos unos líderes espirituales a los que no se parecen en absoluto y que ignoran por completo al autor que los ha creado -desde la sombra-, es decir, a Thomas Bernhard? Pues que son unos impostores.

domingo, 31 de marzo de 2013

Trastorno, de Thomas Bernhard.


Verstörung.
Insel Verlag Frankfurt Am Main, 1967.
Traducción de Miguel Sáenz.
Editorial Alfaguara. Primera edición: Marzo, 1978.
Portada: detalle de El triunfo de la muerte, de Pietr Brueghel.

Segunda novela de Thomas Bernhard, después de la premiada Helada. Carlos Fortea escribe en su introducción a la edición de Los comebarato, en Cátedra: "En 1964 publica la novela corta Amras, a la que sigue su segunda novela, Verstörung (Trastorno, 1967). Con ocasión de esta segunda novela, centrada igualmente en la historia de un personaje trastornado, sus detractores y algunos de sus iniciales admiradores comenzarán a acusarlo de repetirse, de insistir en la fórmula consagrada." Pobrecillos, si pensaban que se repetía en su segunda novela no veas lo que les esperaba, me digo.
El libro se abre con una cita de Pascal: “Le silence éternel de ces espaces infinis m´effraye…
Sinopsis.
El hijo de un médico rural -el narrador, de 21 años-, es estudiante residente en la Escuela de Minas de Leoben. Un fin de semana visita a su padre –viudo desde hace tres años- y a su hermana -suicida en potencia-. La novela se divide en dos partes. La primera parte  comienza cuando el narrador y su padre se disponen a dar un paseo pues el padre quiere hablarle de algo de lo que nunca tiene tiempo para hablar. Este plan se va al traste al recibir la visita intempestiva de un posadero de Gradenberg. Al parecer su esposa ha sido agredida en la posada por un cliente, encontrándose ésta en estado grave. Después del episodio de la posadera el médico rural realizará un itinerario de visitas gracias al cual el narrador conocerá a los más variopintos personajes, todos aquejados de alguna enfermedad que su padre atiende –el agente inmobiliario Bloch y la señora Ebenhöh en Stiwoll, el industrial en Hauenstein, los Fochler en Afling, y los Krainer en una dependencia del castillo, donde finaliza el recorrido con la visita al príncipe Saurau. Allá por donde van reciben noticias de que el sospechoso del asesinato de la posadera, Grössl, continúa huido de la justicia. Se citan a lo largo de esta primera parte ideas recurrentes como las de la naturaleza horrible, la desesperación, el aislamiento, el hastío, el suicidio, el insomnio, el trabajo intelectual, la música clásica, lo siniestro, la enfermedad, la locura, la dependencia. Se narran episodios como el de la jaula de pájaros y de un cuadro antiguo en el molino Fochler, los dibujos del maestro rural Schulz, la hermana del narrador, el hijo de la señora Ebenhöh, el hermano convicto de la señora Ebenhöh, el recuerdo de un cortejo fúnebre, o el joven inválido Krainer y sus grabados de músicos. Así mismo se van conociendo detalles de la proximidad del castillo, concretamente el escudo de armas en la puerta de entrada del molino Fochler. La segunda parte conforma la llegada al castillo y sobre todo el extenso monólogo del príncipe, donde podrán atisbarse los más elementales aspectos de la prosa futura de Bernhard. La primera parte del encuentro con el príncipe, es decir, la primera parte de la segunda parte de la novela, contiene las explicaciones del príncipe acerca de los tres candidatos –Henzig, Huber y Zehetmeyer- para el puesto de administrador –tres solicitantes aparecidos esa misma mañana a raíz de un anuncio fascinante que fascina precisamente porque no es fascinante. Luego el monólogo –apenas interrumpido por el médico o por el propio narrador- discurrirá por temas tan dispares como los insoportables ruidos en el cerebro, la vida del hijo en Londres, la crecida del Ache, la comedia en el pabellón de recreo, la muerte de su padre, un sueño y una hoja escrita, lo grotesco y lo ridículo, los planes para Hochgobernitz, la desesperación, la soledad, el suicidio, el idioma, la incomprensión, la aniquilación de Hochgobernitz y por Hochgobernitz, la demencia, la desintegración de la Naturaleza, el trabajo intelectual del hijo del príncipe, la afición a los periódicos, la desgracia humana, el arte del monólogo, un sueño surrealista con un cuchillo Christofle, el desconsuelo, el filosofar, la enfermedad y la muerte,…
La primera parte se caracteriza por una narración convencional, con numerosos puntos y aparte. Por ejemplo, contabilicé 7 y 8 párrafos en las páginas 38 y 39, respectivamente. En la segunda parte esa forma de narrar va sufriendo una metamorfosis de la mano del discurso del príncipe, derivando en un estilo que anuncia al Bernhard venidero de sus grandes obras maestras La calera o Corrección, y caracterizado por ausencia de puntos y aparte, presencia de guiones explicativos, diálogos lineales entrecomillados, y utilización del recurso “le dije o dijo, dijo el príncipe”, a su vez desde la voz del narrador, encadenando hasta tres voces en una.
Los trastornos de Trastorno.
Diferentes personajes sufren algún tipo de trastorno a lo largo de la novela.
El primero es el que preocupa al padre del narrador, piensa que llevarlo en su peregrinaje consultorio puede inducirle a reflexiones perjudiciales -ya que  precisamente su hijo, según él, tendía siempre a dejarse trastornar por todo. Aparece otro trastorno en la figura de la hermana del narrador. Una vez pasó dos días con su padre en una posada de Zeichstag: “Mi hermana se había levantado tarde y acostado pronto, había parecido trastornada por el lugar y sus alrededores y no había podido considerar la estancia como un descanso”. El maestro rural Schulz había logrado en los últimos meses de su vida un “asombroso dominio del dibujo a pluma”, así que el padre del narrador piensa llevárselos algún día antes de que sus padres decidan tirar esos miles de dibujos porque “les seguían asustando, angustiando y trastornando”.
El perro del molinero Fochler ya “resultaba peligroso en su trastorno”, al no salir nunca del cuarto, vigilando o cuidando al matrimonio impedido.Ya en el castillo el príncipe les confiesa que tras la crecida del río Ache “observaba el lento descenso de las aguas, silencioso, asustado, trastornado, durante dos horas, doctor”. También el príncipe refiere la seguridad “al nivel del trastorno de la edad avanzada” que ha proporcionado la falta de fronteras.Y es precisamente el castillo de Hochgobernitz el origen de muchos de esos trastornos sufridos por sus habitantes durante semanas, “¿Los motivos?, preguntó. No soy yo sólo el afectado por esos trastornos, dijo, todos se ven afectados por ellos”, dice el príncipe. En un momento dado el narrador cree ver en el príncipe un trastorno más allá de los ruidos en su cerebro y de su insomnio: “Porque de pronto vi con claridad que el príncipe es un demente, lo que al principio, mientras él hablaba de la mañana no había comprendido.” Es el trastorno del príncipe quizás el centro neurálgico de la novela. Este se reviste de cierta aura de genialidad, consolidando una idea peregrina en la mente del joven narrador, es decir la de que genialidad y locura pueden no diferenciarse tanto como creemos.
De Kafka y Trastorno.
Las alusiones a algunos relatos de Kafka son más o menos evidentes: El castillo, La metamorfosis, El médico rural o El maestro rural, asoman de alguna manera a lo largo del texto.
En el prodigioso relato El maestro rural, Kafka nos presenta a un maestro rural que elabora un informe acerca del avistamiento de un topo gigante, un informe que no será tenido en cuenta por la policía, poniendo en evidencia el poco rango social e intelectual atribuido a esta profesión. En la posada de Abraham el médico rural habla a su hijo sobre el destino de estos maestros, de los que dice que “teniendo ya una tendencia precoz a considerar la vida sólo como un horrible castigo (¿de Dios?), al vivir constantemente en un ambiente que no los tomaba en serio, despreciados por todos, vegetaban en una clima que destruía a su débil corazón y los empujaba a aberraciones sexuales.” La ruralidad como origen de la degeneración humana. También, Zehetmayer, uno de los candidatos a la administración del castillo, es un maestro que ha dejado de serlo tras ser acusado de un delito y apartado del servicio sin derecho a pensión. La existencia de un castillo hacia el que se dirigen los protagonistas casi desde el principio de la novela hace pensar inevitablemente en la novela El castillo. Al contrario que en el relato inconcluso de Kafka ellos sí llegarán a su objetivo, si bien durante la primera parte parece que no lo vayan a conseguir. Existe alguna alusión a la invisibilidad del castillo incluso desde el cercano molino Fochler: “Recordé que el molino Fochler estaba en lo hondo de un oscuro barranco, inmediatamente detrás se encontraba la subida al castillo de los Saurau.” La existencia de una propiedad aniquiladora en muchos títulos de Bernhard puede identificarse con la figura del castillo kafkiano. En Extinción, su última novela, la propiedad aniquiladora será Wolfsegg, una localización no casual, ya que el biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach, identifica como equivalente en la realidad del castillo de Kafka al castillo de Ossek (de evidentes concomitancias fonéticas con la vivienda bernhardiana Wolfsegg, ya que Ossek es Wossek en alemán), lugar donde pasó la infancia el padre de Kafka, si bien se desconoce si Kafka lo visitó alguna vez. En casa de Bloch, éste dicta a su secretaria “un escrito dirigido, como luego nos explicó, a Rosenstingl”, –no se me quita de la cabeza que este nombre sea una broma referida a Rosencrantz y Guildenstein-, “un agrimensor de Voitsberg, a quien yo conocía también”. ¿Un agrimensor que quizá vaya a contratar el castillo?, nos preguntamos. Existe una carta escrita por el narrador a su padre  en la que se esfuerza “por describir las desafortunadas relaciones” –caóticas y difíciles-, entre ellos tres, padre, narrador y hermana. Esta carta –de cuya lectura por parte del padre no tiene constancia el narrador- nos recuerda a Carta a mi padre de Kafka. El hijo de la señora Ebenhöh trabaja “como peón de un curtidor de pieles de Krottendorf”, y es el curtidor de pieles Lasemann quien da cobijo por unos minutos a K. en su primer paseo por el pueblo después de la primera noche en la posada. De igual forma -aunque más sutilmente- se puede identificar al matrimonio Fochler como figuras similares a la de los padres de Olga y Amalia de El castillo, impedidos. Se observan algunas referencias veladas a La metamorfosis. El joven Krainer (que tiene la misma edad que el narrador, 21), está inválido y padece una desigualdad pronunciada en las piernas, de forma que el narrador se pregunta “que cuando aquel ser se levantase y anduviese tendría que hacer los movimientos de un enorme insecto”. Además especifica en relación a su verborrea que “el ritmo de su articulación guardaba relación con su deformación física”. Al igual que en la metamorfosis es la hermana de Krainer –Grete en el relato de Kafka- quien se ocupa mayormente de sus cuidados, aunque “con el tiempo no podía soportar ya la vista de la reja”. El padre del príncipe Saurau, cuenta el príncipe Saurau, pasaba los últimos días de su vida encerrado y respondía a las llamadas de su puerta “confusamente”, tal y como perciben en el relato de Kafka su familia y el jefe de Samsa al llamarle insistentemente. Ya casi al final de la novela leemos los difíciles presagios expresados en boca del príncipe: “Hochgobernitz será dominado por los escarabajos y las arañas.” Algunos otros pasajes nos hacen pensar en El proceso. El príncipe cuenta un sueño en el que “atraviesa una sala interminable para celebrar una audiencia que es la audiencia más importante” de su vida.  Bien es cierto que le resulta imposible averiguar por quién tiene “que ser recibido en audiencia”, ya que “la sala es interminable”. Y aún más, después dice tener la impresión de estar “en manos de un tribunal supremo, y a mi alrededor hay jurados que no sé quiénes son”. También el nombre del amigo del doctor, Bloch, nos puede hacer pensar en el comerciante Block de El proceso, aunque a algunos le sonará más como un extraño homenaje al músico suizo Ernst Bloch.
Los libros en Trastorno.
Siempre me ha sorprendido –e inquietado- la poca presencia que tienen los libros en las novelas. En la obra de Bernhard suele estar presente algún libro o autor que sirve como guía al narrador. Por ejemplo, el pintor Strauch de Helada lee a Blaise Pascal. En Trastorno se enumeran algunos títulos con relación a varios personajes.
En casa de Bloch el padre del narrador devuelve a su amigo dos libros, Prolegomena de Kant y Tesis de Marx, también le pide prestados Sobre el porvenir de nuestras escuelas, de Nietzsche, una edición francesa de Pensamientos de Pascal, y Mixtificación de Diderot. Unos libros que finalmente olvidará en casa de Bloch, dándose cuenta de ello ya camino del molino Fochler. En el sillón de la señora Ebenhöh el narrador ve un ejemplar de La princesa de Cléves, de Madame La Fayette, “la princesa de Cléves en Stiwoll”, piensa. En un sueño el príncipe lee una hoja escrita por su hijo en la que se queja de que su padre lo ha interrumpido en sus lecturas, Schumpeter, Rosa Luxemburg, Morus y Zetkin. Luego, en esa misma hoja, el hijo del príncipe dice leer a “Kautsky, Babeuf, Turati y gente así”. Una mañana, les cuenta el príncipe, sintió “la necesidad de leerles a las mujeres un fragmento de las Afinidades electivas”, de Goethe, aunque al final les leyó algo relacionado con el cultivo de la patata. El príncipe habla sobre su padre y comenta que faltaban hojas de algunos de sus, en otro tiempo, libros favoritos, y cita El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, del que “faltaban las páginas más decisivas. Se las había comido.” El príncipe pasa muchas horas al día en la biblioteca. Esto le sume a veces en extrañas inquietudes: “Me inquieta descubrir, dijo el príncipe, que en la biblioteca, cada día más, saco de las estanterías los libros que también mi padre leía. Muchas características de mi padre reviven ahora en mí.” Este hábito despierta pensamientos en el resto de habitantes del castillo, o al menos eso piensa el príncipe: “Con frecuencia paseo de una lado a otro de la biblioteca, y pienso que los otros piensan que paseo por la biblioteca pensando, cuando lo cierto es que paseo por la biblioteca sin pensar absolutamente en nada.” Sin pensar en nada salvo en que los demás piensan, equivocadamente, que paseas por la biblioteca pensando, le digo al príncipe, dice kovalski.
Trabajo intelectual y Trastorno.
Normalmente en la obra posterior de Thomas Bernhard el personaje central o narrador estará enfrascado en un trabajo intelectual que ocupa su mente y su actividad. En esta temprana novela, si bien el narrador no dedica su vida a esa actividad, sí aparecen algunas informaciones sobre personajes que realizan actividades intelectuales fútiles.
El amigo del médico, Bloch, dice realizar esfuerzos intelectuales en la biblioteca sobre el zaguán aunque sin hacerse ilusiones. El padre le dice al narrador que Bloch realizaba de vez en cuando “estudios de imposible conclusión”, una característica común en este tipo de trabajos intelectuales bernhardianos. Otra idea bernhardiana del proceso de elaboración del trabajo intelectual es la necesaria destrucción de lo redactado –una y otra vez- para seguir avanzando: “Aunque he destruido todo lo que había escrito hasta ahora –dijo-, he hecho, sin embargo, grandes progresos.” El industrial de Hauenstein, retirado en un pabellón de caza, “estaba dedicado a una labor literaria que lo atormentaba y, al mismo tiempo, lo distraía de sus tormentos.” Y más adelante se habla de una prisión necesaria a la que algunos hombres tendían y donde “se consagraban entonces a un trabajo científico o a una fascinación poeticocientífica”. El hijo del príncipe parece estar escribiendo algo político en Londres, e incluso en vacaciones el príncipe lo ha visto “estudiar la mayor parte en relación con ese trabajo científico, en realidad plenamente político”. Casi al final el príncipe habla de su hijo como un “erudito salvaje que investiga cosas hace tiempo investigadas, las masas, por ejemplo, que no interesan a nadie”. Una idea que nos remite a Masa y poder de Canetti, referencia que se hace más evidente en la frase: “La masa no interesa ya a nadie porque la masa está ya en el poder.” Un apunte interesante reside en que ese trabajo intelectual era un “escrito rescatado”, lo que nos induce a pensar en un escrito prolongado en el tiempo, sumido en el fracaso, retomado, así una y otra vez, en una típica idea bernhardiana –del eterno fracaso. En estaba novela no llegamos casi nunca a establecer con claridad la naturaleza ni el propósito de los trabajos intelectuales citados.
Periódicos en Trastorno.
Es conocida la afición de Bernhard (y de sus personajes) por los periódicos. En esta novela ya aparecen como una presencia inespecífica que mantiene estrechas y complejas relaciones con los individuos que recorren la novela.
El industrial de Hauenstein le permite a su hermanastra la lectura de periódicos, aunque “incluso los periódicos extranjeros permitidos debían ser atrasados de un mes por lo menos: sin poder destructor, poéticos ya.” Al prícipe Saurau le obsesionan los periódicos, “los compraba siempre y sin leerlos los tiraba”. Una afición compartida por su hijo. Dice Bernhard que dice el narrador que dice el príncipe de los periódicos que son durante semanas su única diversión, “durante semanas vivo solo en los periódicos”, escribe Bernhard que dijo el príncipe, escribe kovalski. La entrada al castillo está ya prohibida para todos, “salvo los repartidores de periódicos”, ha escrito el hijo del príncipe en una nota que lee el príncipe en un sueño.
Humorísticamente, la novela acaba con una curiosa petición del príncipe Saurau a su médico –una petición que no desvelaré.
El suicidio en Trastorno.
La señora Ebenhöh había tenido durante quince años un hermano en la prisión de Stein, al que mandaba paquetes –un tema ya aparecido en Helada con el marido de la posadera. Ella lo había acogido en su buhardilla, pero “tres días después de su salida de Stein, se lo había encontrado ahorcado de la cruceta de la ventana.” La hermana del narrador presenta rasgos depresivos tras la muerte de la madre de ambos, fue interna en un colegio de monjas a orillas del lago Constanza, donde “se había sumido más que nunca en su horrible melancolía, en su desesperado estado.” Su padre le confiesa que él nunca había pensado en suicidarse pero, dice, “mi padre dijo que la idea del suicidio le había sido siempre muy familiar. Ya de niño había buscado en esos pensamientos refugio de otros.” Otros pensamientos quizá más aniquiladores que el propio suicidio, ¿cuáles? El padre recurría a estas ideas “como algo necesario para la vida”, “algo en que poder descansar”. Se nos presenta la idea suicida –no tanto el suicido como la sola idea- como algo salvador. Así le explica al narrador cómo su hermana vive “entregada constantemente a la idea del suicidio, unas veces a la idea del suicidio y otras a intentos de suicidio”. Ya en el molino Fochler el narrador piensa en su hermana al hacerse de noche, “que tenía aún un esparadrapo en la muñeca.” De ella se dice que mostraba desde pequeña unas tendencias, en principio con un sentimiento teatral para después convertirse en un sentimiento natural que deriva en catástrofe. En una conversación con su padre, al dejar a la señora Ebenhöh, el narrador alude a las relaciones entre los estudiantes de Leoben, al aburrimiento de los estudiantes, a su cansancio de la vida, y le habla “de los muchos suicidios, precisamente entre los mejores”. La hermanastra del industrial de Hauenstein, a quien tiene sometida, “estaba siempre muy próxima a matarse”, le dice el padre. El príncipe les cuenta al médico y a su hijo un episodio traumático de la infancia de Zehetmayer, uno de los aspirantes al puesto de administrador, en este, Zehetmeyer, de cuatro años, “oye a su tío que lo llama para cenar y se vuelve y se sobresalta aún más al descubrir en una viga el cadáver de un hombre”. “Ahorcado”, dice el príncipe que dijo Zehetmayer, escribe Bernhard. No está claro cómo se ha producido la muerte del administrador anterior –tres semanas antes de la crecida-, y pensamos inevitablemente en suicidio. En la hoja escrita por su hijo que sueña el príncipe se puede leer que “ocho meses después del suicidio de mi padre todo está ya arruinado” –vaticinando una idea en la que sin duda ha pensado con frecuencia el príncipe. Unas páginas después se menciona que el hijo se ha desecho de todos los bienes de Hochgobernitz a tan solo “ocho días del suicidio del viejo”. En su monólogo el príncipe Saurau se refiere al suicidio como un climaterio, y sigue: “tenemos el mayor porcentaje de suicidios de Centroeuropa. ¿Por qué? Hasta la fecha, hasta mediados de siglo, no hemos sabido desarrollar al máximo otro tema que el suicidio. Todo es suicidio lo que vivimos, lo que leemos, lo que pensamos… son instrucciones para suicidarse.” Nos enteramos también del suicidio del padre del príncipe, quien repentinamente, “dos días antes de su suicidio, dijo, había renunciado a sus paseos por el cuarto y a sus soliloquios incomprensibles, y todo en el cuarto había enmudecido”. Esto sucedió –el suicidio sucedió- en los últimos días de octubre de 1948, y es que “casi todos los Saurau se han suicidado, dijo el príncipe”. El origen de esta maldición reside en el propio castillo: “Hochgobernitz termina en el suicidio para casi todos los Saurau”. Como en tantas otras obras de Bernhard, existe una propiedad que aniquila a su propietario. Casi al final leemos cómo “Hochgobernitz es la prueba de que un edificio puede aniquilar a los hombres que se encuentran a la merced de ese edificio”, además el príncipe considera Hochgobernitz como “una prisión absolutamente mortal” –sin duda la aniquilación la provoca induciendo al suicidio. El 22 de octubre escribe el padre del príncipe en una hoja en blanco arrancada de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer la frase “mejor pegarse un tiro”. El príncipe aclara que la locura de su padre “no excluyó su plena deliberación de matarse”. Lo curioso es que los médicos consignaron “locura repentina” como causa de la muerte. Y en las últimas páginas describe el gran esfuerzo que suponía para su padre, ya desde niño, no tirarse al Ache al cruzarlo, ahorcarse o pegarse un tiro. El príncipe hace algunas deliberaciones sobre el suicidio de alguien íntimo, que culminan en la pregunta “¿por qué ese suicidio?”, el príncipe sostiene que en realidad “todo en la vida del suicida es causa y motivo de su suicidio”, y que el suicida siempre ha sido durante toda su vida un suicida.
Lo ridículo y grotesco en Trastorno.
El príncipe Saurau estudia lo grotesco en Zehetmayer “cuando abría la boca para decir algo que, sin embargo, no decía –no se atrevía a decir”, y observa lo ridículo que parece sentirse –“todavía más ridículo de lo que hasta entonces le había sido posible”, “cuando se puso en pie, como si, por un momento se sintiera –en su mágica relación con la Naturaleza”. El príncipe también detecta lo grotesco en la figura de otro candidato, el capataz forestal Huber, cuando se dirige a la puerta, “sus pantalones son absurdos. Su chaqueta es absurda. Su forma de andar es absurda. Grotesca, pienso”. Con Huber, y su lenguaje anticivilizado, parece cebarse: “Le digo que se siente; ahí tiene un sillón, le digo, y Huber se sienta. ¡Grotesco!”. Es una acción cotidiana, lo que resulta grotesco ahí es esencialmente la figura de Huber -haga lo que haga siempre resultará ridículo. Todo lo que rodea al anuncio publicado en el periódico ofertando un puesto de administrador es definitivamente ridículo: “tres solicitudes en la primera mañana, por un anuncio ridículo en un ridículo periódico, redactado de una forma totalmente ridícula”. Será Henzig finalmente el señalado para ocupar el puesto, Henzig y sus seis años de estudio en Kobernausserwald. El príncipe en su monólogo: “La ridiculez con que los hombres se levantan y se vuelven a acostar, dijo, es siempre, naturalmente, digna de un estremecimiento. ¿Por qué no? La ridiculez de ese levantarse y acostarse es siempre distinta.” La ridiculez como estigma inherente al ser humano, irrenunciable. Y en una maniobra filosófica llega a afirmar: “También es ridículo que constate lo ridículo”. Denunciar esto último también sería ridículo, obviamente, dice kovalski. El pensamiento del príncipe llega a su apogeo con esta lúcida idea: “Lo ridículo en los hombres, querido doctor, dijo el príncipe, es realmente su total incapacidad para ser ridículos”.
Trastorno y otras novelas de Thomas Bernhard.
Aún siendo uno de las primeros relatos largos de Bernhard, se observan en Trastorno algunas ideas que serán recurrentes en su obra posterior. Por ejemplo -algunas ya han sido citadas en el comentario: presencia de propiedad aniquiladora, Hochgobernitz en Trastorno, torre de Amras en Amras (1964), Altensam en Corrección (1975), Wolfsegg en Extinción (1986), la calera en La calera (1973); cámara mortuoria –del padre del príncipe- en pabellón de recreo –donde se representa una comedia anualmente- en Trastorno, en el guión para la película de Radax, El italiano (1971), en Extinción (1986), en el pabellón de caza en Ungenach (1968); trabajos intelectuales, varios e indefinidos, de algunos personajes en Trastorno, Rudolf sobre Mendelssohn en Hormigón (1982), el narrador sobre anticuerpos en Sí (1978), Konrad sobre el oído humano en La calera (1973 ), Koller sobre Fisonomía en Los comebarato (1980). Como curiosidad la obsesión del príncipe Saurau por un cuchillo Christofle, en dos ocasiones, en un sueño y en una visita de su primo ("Córteme la cabeza. ¡No lo dejaré en ridículo!"), un cuchillo que ya asomaba como temido cuchillo de Augsburgo en Amras.