viernes, 13 de noviembre de 2009

En defensa del fervor, de Adam Zagajewski


Obrona Zarliwosci. Traducción de J. Slawomirsky y A. Rubio.




Llega a este blog otra recopilación de pequeños ensayos obra del polaco Adam Zagajewski, en esta ocasión con la poesía -y su implicación en el mundo- y el fervor creativo como temas centrales. En defensa del fervor se habla del ensayo de Ludwig Curtius titulado Encuentro junto al Apolo de Belvedere, también de las dos personalidades contrapuestas de Settembrini y Naphta en La montaña mágica de Mann, y de La tierra de Ulro, del poeta polaco Czeslaw Milosz -y que reaparecerá en el libro en más de una ocasión. El siguiente ensayo es El estilo sublime donde se lee: "El sentido del humor está relacionado con la conciencia de que no somos capaces de ordenar del todo el mundo, porque el estilo elevado se caracteriza por su ambición de ordenar al máximo la realidad". En él ya menciona Zagajewski la visita a su instituto de un poeta llamado Herbert y que será merecedor de la atención de uno de los ensayos más hermosos del tomo. La segunda parte del libro se abre con Nietzsche en Cracovia. La iniciación en la lectura de Nietzsche, la relación de su obra con el nazismo, la influencia de este autor en los escritores posteriores, la incatalogabilidad de su estilo son temas que alumbran en este brillante texto del polaco ("Nietzsche quiso poner nombre a lo desconocido"). En Insistencia y brillantez asistimos a un homenaje a la figura del poeta y pintor polaco Czapski. Su estilo (cercano a Bonnard y Matisse), su filosofía artística ("¿Sabes?, un bodegón puede hacerse incluso en un día malo, cuando nada sale bien"), su relación con la filósofa Simone Weill, su divagar por ciudades europeas, su postura humilde ante el conocimiento, nos presentan a un artista prácticamente desconocido para nosotros. En inicio y remembranza Zagajewski se ocupa de Zibgniew Herbert: "Oímos en Herbert la ironía y el humor, no le falta la serenitas humanista que tan pocas veces orna la obras literarias contemporáneas, pero también suenan en él la desesperación y el duelo." En La poesía y la duda se habla de Cioran y su controvertida figura: "Cioran irrita con sus obsesiones y con su fuerte convicción, que hace pública más de una vez, de que sólo las obsesiones son la gran fuente de la literatura". Volvemos al mundo de los "diaristas" como ya hiciera Zagajewski en Dos ciudades con la publicación póstuma de unos textos de Cioran: "El diario de Cioran es fundamentalmente un tributo al servicio de la Duda". En Adios a las vacaciones Zagajewski hace una divertida -pero a la vez profunda- reflexión a cerca de los viajes vacacionales. El miedo a parecer un turista, la conveniencia del viaje en soledad o acompañado, la asistencia a museos y sitios típicos frente a lugares oscuros y no frecuentados... "A los que leemos demasiado los viajes nos recuerdan que fuera de la biblioteca se extienden los campos fértiles de la realidad". Pero a lo mejor quien no lee con tanta frecuencia resulta incapaz de disfrutar de esos paseos al aire libre, de esa contemplación activa de las obras de arte, ni de esos momentos difíciles e incómodos que se presentan en cada desplazamiento y que terminan por convertirse en meras anécdotas que contar a los demás entre bromas. En un tono parecido en ¿Deben visitarse los lugares sagrados? Zagajewski revive una visita a su natal Lvov -hoy Ucrania-, para terminar de convencerse de que hizo bien en ir a ese lugar aún a costa de desmitificar el sitio en su memoria. Las fotos de Bogdan Konopka son las protagonistas de París en tonos grises. Y por último la parte quinta del libro se cierra con Escribir en polaco donde se realiza una defensa sobre la idoneidad de escribir en la lengua materna, esa lengua entre el ruso de Tolstoi y el alemán de Goethe. Estamos pues ante un nuevo y fascinante libro de ensayos -a veces de difícil lectura, pero con momentos divertidos, dramáticos, emocionantes, como si de una novela de la historia de la cultura de este siglo se tratara- del poeta y ensayista Zagajewski. La responsabilidad del artista para con su tiempo, la existencia o no de esa iluminación creativa que se corresponde con el concepto inspiración -y de la cual es partidiario Zagajewski-, la soledad del creador, la obra de arte frente al mundo después del holocausto, un tema del que ya hablara Adorno -la pintura es sólo pintura, la poesía es sólo poesía-, la vulgaridad del artista mediocre, la necesidad de esa propia creación vulgar,... son cuestiones que despiertan más interrogantes que respuestas pero que se antojan absolutamente necesarias de encarar para el desarrollo de la cultura y de la propia identidad del ser humano. Todo ello a través de las miradas de unos intelectuales polacos como Herbert o Aleksander Wat que están siendo publicados en España por la valiente editorial Acantilado. Sólo una pregunta extraña, ¿por qué Zagajwski no menciona en ningún momento de sus dos libros de ensayos a Stanislaw Lem, una de las figuras más importantes de la cultura polaca y que además nació en Lvov como el propio Zagajewski? ¿Por su obra desligada de la política? ¿por su falta de implicación en la lucha contra el totalitarismo soviético, por su condición de socialista? Hay que recordar obras de Lem tan impactantes como las memorias Castillo Alto o su primeriza novela El hospital de la transfiguración, ambientadas en la preguerra y en la ocupación nazi respctivamente y alejadas del género de ciencia ficción que le hizo tan popular. No sé qué ha llevado a Zagajewski a ignorar de esta forma a Lem, me gustaría preguntárselo. Ahora me queda leer algo de su obra poética, para eso es, ante todo, un poeta.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos ciudades, de Adam Zagajewski


Dwa Miasta. Traducción de Jerzy Slawormisky y Anna Rubió.


Estoy realmente impactado por esta valiosa obra del poeta y ensayista polaco Adam Zagajewski. En este volumen reúne el autor nacido en 1945 varios relatos de los cuales Dos ciudades es el primero y más largo. Estas dos ciudades son Lvov, donde nació Zagajewski, y Gliwice, adonde se trasladó su familia cuando éste contaba 4 meses de edad. Estamos ante una especie de memorias, a ratos reflexiones, a ratos ensayos sobre literatura, y sobre todo acerca del ser humano bajo la represión del totalitarismo. En Dos ciudades Zagajewski narra el conflicto inerno de todos aquellos ciudadanos burgueses que tuvieron que emigrar hasta la fea e industrial Gliwice, su propia infancia y cómo un totalitarismo -el nazi- se veía sustituido por otro -el soviético. Zagajewski nos habla de su abuelo, de la pérdida de memoria de quienes paseaban por Gliwice creyendo estar aún en Lvov, de lo que le gustaba sin embargo a él pasear por Gliwice siendo consciente de estar en Gliwice y de cómo se sentía incluso culpable por ello, de su trabajo como monaguillo ("Los monaguillos eran nihilistas. Les importaba un bledo la fe y la metafísica, no les interesaba ni Jesucristo ni Judas. Lo único que contaba era el manejo diestro del pebetero y de la batería de campanillas, la ejecución impecable de la coreografía y la capacidad de adoptar un semblante serio y recogido en cuanto el séquito encabezado por el cura abandonase la jubilosa sacristía".) También habla Zagajewski de su tiempo en la escuela, de los discos de música clásica salvados de un incendio por un amigo, de su afición por el jazz y del carácter perenne de las improvisaciones de Charlie Parker, de los tres tipos de personas que existen, y de su despertar creativo ("poco a poco empecé a darme cuenta del precio que hay que pagar por los breves momentos de iluminación: duda, tinieblas y desespero"). Del portero del equipo de fútbol de su ciudad, que engordaba cada vez más, y de un quinteto para cuerda de Mozart ("El rococó y el sufrimiento. El rococó y la muerte"). En Archivos abiertos. Instrucciones para la policía secreta se nos presenta un hipotético (¿o real?) folleto para instruir a los espías del régimen escrito por un sagaz, filosófico y profundamente perturbado "anónimo" ("Entendí que el mundo estaba partido en dos, dividido, que es a un tiempo magnífico y trivial, pesado y volátil, heroico y cobarde"), en lo que para mi constituye uno de los grandes relatos breves de la historia de la literatura, de una inteligencia y profundidad sin igual, y esto lo digo sin poder constatar si el documento es real o ficticio, me da igual: "Después pensé que bien podían haber habido dos hermanos Schopenhauer que, en un arrebato de socarronería, hubieran llevado sus manuscritos al mismo taller de encuadernación. Dos hermanos: uno, un soñador adocenado y un apologista de la hipocresía de los que llenan a rebosar los manuales de historia de la filosofía; el otro, un pensador genial y cínico, alguien capaz de sacar a la luz y descifrar el sentido de la hipócrita comedia cotidiana, espectáculo que saboreamos a placer en cualquier lugar, en los despachos, por la calle, y nuestros hogares y hasta en el espejo". En Traición un poeta se defiende de la acusación de colaborar con el régimen en un alegato brillante acerca de la responsabilidad del artista para con su entorno y del que se sirve Zagajewski para profundizar en el misterio de la creación: "Algunas veces era capaz de captar lo casi invisible, lo apenas esbozado con un trazo ligero y desenvuelto, mientras que otras me convertía en un ciego, no veía y no comprendía nada, permanecía insensible a las exhortaciones de la realidad y me distanciaba a muchos años luz de aquella otra esfera." En Una nación pequeña escribe una carta a Dios leemos momentos brillantes y estremecedores: "Escribid vuestras memorias, les aconsejan los listos de sus amigos. Pero ¡cómo puede uno escribir sus memorias, si aquellos es imposible de contar! Si le arrebataste a alguien el plato a empellones y gracias a esto sobreviviste a un invierno, ¿puedes contarlo ¿Puedes recordarlo? Deportaron a nuestra nación y regresó una mirada." En Tormenta primaveral un escritor se pierde en las calles de París adonde ha acudido para dar una conferencia, y contiene algunos pasajes que te dejan helado:"No voy a preguntar qué es la música, qué son aquellos instantes de felicidad y de amargura que nos ofrece -¿nos roba?- qué es esa sensación de vacío que experimentamos al no ser capaces de absorberla." En Dos libros nos adentramos en la vida y obra de Zbigniew Herbert ("Herbert acepta la historia con su doble naturaleza, la arquitectura y el dolor"), y en Un esencialista en París en la de Ernst Jünger a través de una sutil oposición con el existencialista Sartre: "la obra de Jünger está saturada de una frialdad misteriosa, de una parquedad enigmática, como si los campos de observación predilectos del escritor -la botánica, la mineralogía, la entomología- contaminaran toda su literatura con un silencio propio de la naturaleza inanimada y de nuestros primos hermanos mayores aunque más pobres: los insectos". Drohobycz y el mundo se ocupa de la figura de Bruno Schulz, muerto durante la guerra por un tiro nazi, y nos descubre a un autor fascinante al que habrá que tener en cuenta en las próximas visitas a la librería: "Mayoritariamente las cartas de Schulz plantean el clásico tema de la lucha por mantener la tensión de la vida interior, una vida amenazada a todas horas por circunstancias externas triviales y por la melancolía." En una lectura para los días malos conocemos al mediocre autor francés Paul Leautaud, sus diarios "repelentes", y de cómo la mediocridad -y en la forma más honesta, la del diario- a veces está más cerca del acto complativo y metafísico del acto literario que la propia genialidad, casi siempre envilecida por la vanidad y las expectativas que de ella se derivan: "El encanto indudable de la obra de Leautaud radica en la rivalidad y el vaivén de dos principios oo elementos: el amateur y el profesional". No quiero reventar más el libro pues éste esconde muchos más tesoros de los aquí esbozados. Un libro para perderse en él y no sobrevivirlo, uno de los grandes escritores vivos. Publicado por Acantilado en 2006 al igual que otras obras del autor, como En defensa del fervor que espero leer próximamente.

sábado, 31 de octubre de 2009

El diluvio, de Jean-Marie Gustave Le Clézio


Le déluge. Traducción del francés de Jaume Pomar.



Le Clézio escribió esta extraña -a ratos saturada- novela (metafísica) en 1966. "Al principio hubo nubes y nubes, pesadas y negras, expulsadas por algunos vientos, detenidas en el horizonte por un cinturón de montañas.", comienza el libro. Básicamente las primeras 50 páginas describen un hipotético -o metafórico, o apocalíptico, o hipnótico, o todo eso- diluvio universal. Dios, ¿de qué trata esto? no tengo ni idea, pero es muy poético, Le Clézio es un mago de las palabras, si bien el traductor -o el copista o quien sea- comete deslices ortográficos como "la doceaba ventana" -página 12- o también "El lenguaje ha vuelto ha empezar su ballet demente" -página 297- ( y tan demente) o el uso indebido del pretérito indefinido del verbo andar en multitud de ocasiones ("Andó") y la incorrecta utilización de la forma "habían" continuamente. La verdad es que todos estos disparates amén de sorprendentes -por tratarse de Seix Barral, una editorial gigantesca- redundan en el desconcierto que impregna la historia y el carácter onírico y fabulador del texto, lo cual no sé si está buscado -a la par que una tipografía que recuerda a las máquinas de escribir antiguas junto a devaneos en la impresión, con ausencia de parte de algunas letras, cuando no de letras enteras, ¿es que han editado el libro a la prisa y corriendo? a nadie sorprende habida cuenta de la demanda que de Le Clézio se ha despertado desde su Nobel-. "Un día, el 25 de enero, a las 15.30 h., sin razón aparente, se puso en movimiento (..) apareció una muchacha en velomotor. Bordeó la calle mientras duró el ruido." Este insignificante acontecimiento dinamitó toda la soledad y toda la miseria del protagonista de la historia, Francois Besson, un héroe heredado de los enormes paseos walserianos, o de las enigmáticas disquisiciones sartrianas. Esa aparición puede revelar el descubrimiento del amor, o bien su negación, y cómo todo lo demás queda diluido hasta formas incalificables, desmesuradas en su inercia y en su falta de sentido -acentuando la indiferencia del protagonista por todo lo que le rodea, lo que, paradójicamente le invita a una contemplación excesiva, hasta lo deforme, de todo aquello cuanto percibe dentro de la cotidianeidad-. En el capítulo primero se empieza a contar más en serio la historia de Besson -si eso es posible- y la de su amiga Anna -nada que ver con la Anna de La náusea, ¿o sí?. Es la historia de un suicidio -el de Anna-, del deambular de Besson -por la ciudad, verdadero paisaje de cemento, hierros y colores-, de su lío con la pelirroja -a la cual abandona-, de su vida de ermitaño -se pone a vagabundear cual personaje de Paul Auster en Central Park-, del asesinato de un desconocido -una sombra confundida en la oscuridad que le acecha con desconocidas intenciones-, de su ceguera provocada -una mirada directa al sol que le deslumbra espiritual y fisiológicamente-, de un conjunto de situaciones desquiciantes hiladas por una narración descriptiva que lleva al límite la paciencia del lector, estableciendo paralelismos y símiles de cadencia ilógica. Un terrible cuento escrito en la niñez -El capitán y Oradi gritaron uno de estos gritos: glu, glu, que quería decir: Gle, corri...-, una conversación con el vendedor de periódicos ciego -en el fondo lo que más lamento es no poder ver la tele-, otra con el hijo de la pelirroja -por la noche mientras duermo veo muchas cosas: lobos, bosques donde hay muchos lobos. Y también los indios-, dos cartas habladas en una cinta magnetofónica -Uno vive en un desierto, eso es todo-, la obsesión por la muerte -Están muertos, lo sé, no hay duda de ello; está muertos porque todo lo que me es exterior está muerto; halos a modo de sudarios envuelven sus siluetas en el paisaje-, cierta actitud nihilista envidiable -El tiempo pasaba en esta evidencia; podía estarse años así, sin hacer nada. Sin tener nunca nada que hacer- y un fascinante fresco multicolor de sensaciones, luces, pensamientos, efímeras imágenes urbanas, distancias, recreaciones, misterios,... que convergen en la figura de Besson, una de las personalidades más abstractas y caóticas de la historia de la literatura. Una obra de difícil lectura, con altas dosis de virtuosismo literario, y que puede deparar momentos inolvidables -si uno no pierde la cabeza mientras tanto.

domingo, 25 de octubre de 2009

La historia comienza, de Amos Oz


The story begins. Essays on literature. Traducción de María Condor.


Ya desde la Introducción el escritor israelí nos llama la atención acerca de la importancia del comienzo de una novela, del "contrato" que se le presenta al lector desde el inicio de la obra. "Pero qué es, en última instancia, un comienzo? ¿Puede existir, en teoría, un comienzo adecuado para cualquier relato? ¿No hay siempre, sin excepción, un latente comienzo antes del comienzo?". Partiendo de esta base, Oz realiza unos interesantes ensayos breves sobre algunas obras clásicas -algunas desconocidas para el gran público occidental- que nos descubren verdades sobre el hábito de la lectura y la comprensión de los textos, en lo que termina siendo un alegato en favor de la lectura lenta y, en definitiva, en favor del placer de leer. Así tenemos un desternillante estudio sobre la surrealista La nariz, de Gogol, titulado Con aire de importancia muy respetable: "Que el dios de los insensatos nos guarde de dar un significado simbólico a la nariz, como algunos críticos han tratado de hacer: la nariz que se levanta y se va a pasear por la ciudad con el atuendo de un consejero diplomático no es una parábola de la sociedad de la Rusia zarista ni representa la condición humana. Es simplemente una nariz". Excepcional y estimulante resulta la lectura de Una madera en el torrente, sobre el comienzo de Un médico rural, de Kafka:"(...) el inicio del relato es una defensa sólida e irreprochable (....) Lo que al principio de la narración parece un esfuerzo por resolver un problema de transporte resulta ser un asunto cargado de vergüenza y culpabilidad". De la mano de Oz sufrimos la trastada que le hacen al médico, alguien dio a la campanilla para avisarle de un enfermo en plena noche tormentosa. Oz disecciona cada paso dado por el médico, quien parece estar ante un tribunal: "El contrato inicial es sólo el objeto del verdadero conflicto, el conflicto interno". Terribles pérdidas ha llamado Oz a su ensayo sobre el comienzo de El violín de Rothschild, de Chejov: "Aquí y en otros relatos, Chejov establece un equilibrio preciso, como en la balanza de un químico, entre lo ridículo y lo desgarrador". Advierte el israelí de los presupuestos engañosos inicales, y de cómo el violín ni es de Rothschild ni éste es violinista ni es el personaje principal del relato, aunque el violín acaba en manos de él. Además, hay más engaños en el contrato inicial: "porque el narrador adopta deliberadamente el punto de vista del viejo fabricante de ataúdes, así como su lenguaje y sus términos de referencia". En el seno materno, sobre varios comienzos de La historia: una novela, de Elsa Morante es el ensayo más largo del volumen. En él Oz radiografía la escena de la violación de Ida por parte del soldado Gunther como si fuera una interpretación psicológica más que literaria -aludiendo a un malentendido entre ambos el desarrollo de la perfidia-, creando posiblemente un nuevo y brillante relato a partir de la -aparentemente mediocre- novela de Morante: "Este espejismo de sonrisa, esta sonrisa sin sonrisa, basta para hacer pasar al exhausto Gunther de la brutalidad a la familiar arrogancia masculina". Y es que este libro de Oz lo que hace es recrear, añadir simbolismos -que permanecen ocultos en la obra original-, como si de un crítico de arte se tratara frente a una obra maestra de la pintura, de forma que leer estos comentarios son, en lugar de redundantes, una fuente primigenia de creación literaria, es decir, uno no necesita conocer las obras comentadas (En la flor de la vida, de Agnón, Effie Briest, de Fontane, Mikdamot, de Yizhar...) para paladear estas páginas como si un exquisito fruto novelesco se hubiera colado en nuestra biblioteca. También cuando uno ha leído la novela en cuestión, caso de El otoño del patriarca, de García Márquez y el ensayo de Oz Cómo era posible que una vaca llegara a un balcón, cierto estupor recorre nuestro intelecto, y nos preguntamos ¿es que no me enterado de nada de lo que he leído en los últimos veinte años? ("Es probable que el lector que se aproxime a esta novela armado de escoplos descodificadores pase por alto lo que hallará el lector que se aproxime a ella con carcajadas desenfrenadas, y viceversa.") Uno de los descubrimientos de este librito de apenas 140 páginas de Amos Oz -entre muchos otros, en realidad el ibro es todo él un descubrimiento tras otro-, es el relato de Raymond Carver, Nadie decía nada, que Oz analiza en Quita eso de ahí antes de que me haga vomitar. Estamos ante un relato de adolescente en el que cada escena narrada se presupone cotidiana, insustancial, y que sin embargo encierra un visión, tan profunda como ausente en emisión de sentimientos por parte del protagonista, de la incomunicación familiar ("Superficialmente lo que tenemos aquí no es más que una acumulación documental de materiales de la vida real"). El niño trae algo del río -supuestamente un enorme pez, o al menos su cabeza- e intenta llamar la atención de sus padres que están siempre a la greña ("Oh, Santo dios! ¿Qué es eso? ¡Una serpiente! ¿Qué es? Por favor, por favor, quita eso de ahí antes de que me haga vomitar", le suplica la madre). Según Oz: "Éste es el punto enigmático que existe en muchos de los relatos de Carver, el punto en el cual se invita al lector al volver al principio de la historia y elegir: si quiere o no creer en el pez". En resumen, un maravilloso libro de unas de las mentes más lúcidas del panorama literario actual -¿para cuándo el Nobel?-, y que hará las delicias de todo amante a la lectura.

lunes, 19 de octubre de 2009

Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino


En 1965, Basilio Martín Patino dirigió esta obra maestra del cine español. Decubrí esta película leyendo el libro de José María Caparrós Historia del cine europeo. Después de verla quedé consternado por su calidad. Cuenta la historia de un estudiante de Derecho -un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba-, que acaba de volver a su ciudad -esplendorosa Salamanca en todos los planos- tras una temporada en el Reino Unido donde ha conocido a la hija de un exiliado intelectual y de la cual se ha enamorado. Lorenzo lee en off las nueve cartas que le manda a su amada mientras se deja llevar por la inercia de su afianzada existencia -sus amigos, sus estudios, su novia...-. Cada carta lleva un título (La noche, Tiempo de silencio...), y están presentadas por un dibujo de corte medieval. La peli muestra el desencanto, la angustia vital -tal como dice el tío de Lorenzo, el fabuloso boticario de la plaza mayor-, la inseguridad sobre el destino, y finalmente, la claudicación ante la imposibilidad de llevar a cabo los propios sueños. Técnicamente estamos ante una película en blanco y negro con excepcional fotografía de Luis Enrique Torán y con algunos recursos técnicos que recuerdan a a la nouvelle vague francesa, y más concretamente a Godard y su Al final de la escapada, tales como imagen congelada al final de una secuencia y en otro orden la utilización de fotografías como planos intercalados -si bien estas fotografías supuestamente las toma el protagonista para enviarlas a Berta-. Resaltar la extraordinaria belleza de Elsa Baeza -en el papel de la novia oficial de Lorenzo-, cuyo equivalente en la nouvelle vague podría ser la musa de Godard, Anna Karina, pues ambas poseen la misma belleza gélida e inalcanzable. Ahora estoy leyendo un ensayo de Cerralto sobre el cine de Víctor Erice y tengo que decir que he constatado algunas similitudes entre las dos películas. Sin embargo Cerralto no menciona en su análisis de la peli de Erice, de 1973, estas Nueve cartas a Berta como una posible inspiración. En primer lugar la fotografía, que recuerda a algunos cuadros de Vermeer e incluso de Zurbarán, dos claras y reconocidas influencias de Erice; luego el uso técnico de la imagen congelada - en algún plano de El espíritu, como cuando Isabel salta sobre las llamas en la noche de San Juan, y también en su primeriza obra, el tercer capítulo de la obra colectiva Los desafíos-, y del intercalado de las fotografías -también en Los desafíos, y no de un modo tan claro en El espíritu, donde simplemente Ana ojea el albúm de fotos de sus padres-. También veo en el dicurso narrativo semejanzas como la voz en off que lee las cartas -Lorenzo en Nueve cartas y Teresa a su antiguo amor, Job parece leerse en el sobre que arde con destino a Nice, en El espíritu-. Estas cartas también sirven para ilustrar el desconsuelo y la desesperanza de ambos -que ven casi imposible la reunión con el ser amado, expulsados ambos por el franquismo, lejos de sus vidas-, y finalmente, el cese de las mismas para concretar la resignación y el abandono de esa persecución de lo deseado -Lorenzo deja de escribir y se arroja a los brazos de su novia y Teresa tira al fuego la última carta escrita-. Dos acontecimientos desembocan en esta decisión, en el caso de Lorenzo un viaje a casa de unos familiares a un pueblo y en el caso de Teresa, la pérdida de su hija Ana que se extravía en el campo. Al final voy a hablar más de El espíritu que de las Cartas, pero es que ambas obras relatan más o menos lo mismo -al menos en una parte importante de El espíritu, al margen de la experiencia personal de Ana -Torrent-, la gran protagonista de la película de Erice, es decir, la destrucción de las vidas a causa del franquismo, el exilio de los no simpatizantes con el Régimen, el drama existencial de quien no encuentra su camino, además de las herramientas usadas en las dos pelis, más simbolista y poético en el caso de Erice, más propio de la nouvelle vague y con mayor discurso verbal en el caso de Patino. En Nueve cartas existen multitud de detalles escénicos, tales como el cartel de la película documental de Buñuel Tierra sin pan, o el del partido de fútbol entre la U.D. Salamanca y el Real Madrid. Otro punto confluyente es la llegada del cine a los pueblos. En El espíritu es el motor de la película así como la clave del despertar de Ana, y en Nueve cartas la colaboración de Lorenzo con sus amigos para llevar el cine al pueblo de su prima, quien convocará también a escondidas a su novia para intentar que Lorenzo no siga pensando en su amor lejano. Este motivo lo retomará cuarenta años después Zhang Yimou en su maravilloso corto para la peli colectiva A cada uno su cine, y también Tornatore en los noventa para su El hombre de las estrellas. Buscando más analogías encontramos esos dibujos casi infantiles de guerreros medievales, torreones, castillos, que quizás representen a la ciudad salmantina y que encabezan cada carta a Berta, y en El espíritu los dibujos hechos por las niñas protagonistas que abarcan todos los objetos cinematográficos empleados en el desarrollo de la trama (el reloj, la peli de Frankenstein, el tren,...). Por todo ello me sorprende que Cerralto no nombre a Nueve cartas a Berta como una fuente de inspiración clara para Erice, al menos en esta El espíritu de la colmena. La música es otro elemento en común de ambos filmes ya que cuentan como autores a dos grandes compositores del panorama contemporáneo español. Carmelo Bernaola firma la enigmática y cerebral partitura para clave en Nueve cartas a Berta -y que recuerda al Falla del concierto para clave-, mientras que es el vasco Luis de Pablo el compositor de esa música para flauta y guitarra tan misteriosa y hermosa en El espíritu de la colmena -con las mágicas variaciones de la canción popular Vamos a contar mentiras-. Por último comentar la forma de crónica que adopta en determinados momentos la peli de Patino con planos de los carteles de los distintos comercios, con nombres tan sofisticados como París y otras ciudades europeas. Me llamó mucho la atención cuando Lorenzo va a Madrid y visita en la calle Alfonso XII el portal donde anteriormente vivían los padres de Berta, pues hace unas semanas yo pasaba precisamente por aquel lugar y no pude evitar sacar unas fotos de algunas fachadas antiguas. También las dos pelis tuvieron que salvar a la censura. Comenta Patino en el libro de Caparrós cómo al escribir el guión desconocía exactametne si algunos pasajes pasarían o no el corte de la censura. Esta circunstancia resaltan el valor de la película, su atrevimiento tanto estético como narrativo queda doblemente realzado por los condicionantes del creador en pleno Régimen autoritario. Desde aquí no me queda más que reivindicar esta gran película, Concha de Plata en San Sebastián en 1966, y animar a todo amante del buen cine a disfrutarla. Yo lo hice y además, me enamoré irreversiblemente de Elsa Baeza.

Aquí un extracto de la peli:
(se pueden ver más en youtube)
Aquí la ficha técnica y la sinopsis: