domingo, 6 de febrero de 2011

Verano tardío, de Adalbert Stifter.


Der Nachsommer (1857).
Traducción de Carmen Gauguer.
876 páginas distribuidas en 3 tomos con los siguientes capítulos:
Tomo I. El interior. El caminante. El refugio. El hospedaje.La despedida. La visita.El encuentro. Tomo II. La expansión. El acercamiento. La percepción. La fiesta. El pacto.
Tomo III. La realización. La confianza. La confidencia. La mirada retrospectiva. El desenlace. El

Sinopsis.

Tomo I.

Tomo I comienza con el capítulo El interior. En él el narrador nos presenta la casa de su infancia. El protagonista gozará de un capital estimable procedente de la herencia de un tío abuelo y que será administrado por su padre. Asistimos al despertar del interés que las ciencias despertaron en nuestro héroe desde el principio. "Pedí que ya no me pusieran más profesores, que trataría de llevar esos estudios por mi cuenta. Mi padre accedió a mi deseo y me sentí muy a gusto sin profesores y dependiendo de mí mismo." En el siguiente capítulo, El caminante, enseguida nos viene a la mente el paseante de Robert Walser, bastante posterior a Stifter "Ya he dicho que me gustaba mucho subir a montes elevados y contemplar desde allí el paisaje". El libro es meramente descriptivo pero en él también presenciamos la evolución científica del narrador quien cada vez se interesa por más materias, plantas, árboles, montañas, formaciones rocosas y finalmente geología, que parece ser la ciencia que escogerá el llamado caminante -anónimo-, serán la obsesión de su día a día. En El refugio nuestro caminante se dirige a una casa con una fachada repleta de rosas con el fin de refugiarse de una tormenta que amenaza. Allí traba relación con el dueño quien le asegura que esa tarde no lloverá. El caminante, extrañado, le hace ver que todos los indicios -consultó su instrumental metereológico- así lo indican pero que si no quiere darle cobijo él seguirá su camino y que no le importará mojarse un poco. El anfitrión dice que de ningún modo, se quedará allí hasta que resuelvan su dilema. Hasta que no se compruebe si lloverá o no el caminante encontrará hospitalidad en esa casa. Creo que es la peor elección que pudo tomar el caminante ya que el anfitrión es un pesado de aupa. Primero lo conduce a una sala de descanso y allí lo deja, descansando hasta la hora del almuerzo. El caminante -que empieza a preocuparse cuando pasan los minutos y no hay señal del tipo- husmea entre los libros de la estantería y se entretiene leyendo uno sobre viajes de Humboldt. Cuando por fin aparece el dueño, que va vestido demasiado campechanamente según piensa el caminante, toma el volumen de Humboldt y lo devuelve a la estantería. Todo tiene que estar en perfecto orden. Ahora viene lo peor. El tipo empieza a enseñarle toda la casa, cada habitación, el caminante, para no ser menos, se pone a describir hasta el último detalle ornamental de cada mueble. Luego salen al jardín, se van para un cerezo enorme en una colinilla y ahí se quedan un rato, mirando el horizonte. Luego sigue la visita, le enseña lo que será su habitación para pasar la noche, sí, porque a esas horas ya han decidido que se quedará a dormir. Sigue enseñándole la propiedad -que al lector le parece inabarcable e inacabable-, así le muestra la ebanistería donde trabajan unos artesanos restaurando muebles antiguos. El capataz, Eustach, les enseña -a petición del anfitrión- sus libros de dibujos, dibujos de iglesias de la región, de objetos sagrados y de objetos profanos. El caminante que también ha aprendido a dibujar plantas y demas motivos de la naturaleza se interesa por las construcciones arquitectónicas y elogia el arte del empleado. La cosa no termina ahí, cuando se retira el listo del dueño el jardinero llama aparte al caminante y le dice que hay una cosa que se le ha olvidado enseñarle el dueño de la casa, y le conduce hasta un invernadero de cactus. Al día siguiente creo que es cuando viene la conversación sobre el buen estado en el que están los arbustos y árboles del jardín. El dueño empieza a explicarle sus métodos para librar a sus plantas de las orugas y demás insectos perniciosos. Antes han hablado de cómo sabía el dueño que no iba a llover, porque finalmente no cayó ni una gota. El sistema era muy simple. Él tenía muchos intrumentos como barómetros, higrómetros y muchos lo-que-sea-rómetros, a lo que contestó el caminante que él también y todo apuntaba a lluvia. Luego el dueño le habla de señales del cielo, como formación de nubes, también dice el caminante, también vi que las señales indicaban lluvia pero no llovió. Finalmente el dueño le desvela la realidad -y origen- de sus conocimientos infalibles. Se basó en el comportamiento de los animales. Según él los insectos son los seres que mejor predicen la lluvia, pero como los insectos son difíciles de observar se limitaba a observar a los pájaros que se comportaban según la reacción de los insectos o algo así -demonios, hay que ser retorcido. Después le explica por qué están sus especies arbóreas en tan buen estado de salud. Es porque crea el entorno adecuado para cada una de ellas, además facilita la concentración de pájaros que se comen las larvas de los insectos. Para ello ha ideado una red de habitáculos útiles para la instauración de nidos de aves canoras. Sin duda al llegar a estos pasajes uno siente como leer al Stifter es lo mejor que hay. Pero ¿por dónde va el caminante? Algún sitio de los Alpes, supongo. Leo Rohrberg, Landegg, Asper. Después de despedirse de su anfitrión le pregunta al primer lugareño que encuentra de quién es la casa blanca de rosas pues ninguno se ha presentado al otro, es decir, el viejo canoso no le ha dicho quién es y ni siquiera le ha preguntado el nombre al caminante. Le dicen que es el colono de Asperhorf, cosa que al caminante no le gusta mucho porque colono significa campesino o algo así en aquellos parajes y aquel hombre parece ser un gran señor. También le dan el nombre de un tal Risach. El caminante vuelve a casa de sus padres, a la gran ciudad, allí reparte regalos a su familia y advierte la belleza que ha desarrollado su hermana Klotilde. Le cuesta un poco hacerse a la vida urbana pero poco a poco se va adaptando, retoma sus estudios científicos y visita la librería donde pasa horas enteras. También participa en actividades sociales como reuniones y fiestas, acompañado de su familia. Conoce a jóvenes que les hablan de jovencitas muy bellas, como Probern que se ha enamorado de una tal Tarona. Hay un momento clave que es cuando asiste a una representación teatral del rey Lear de Shakespear en el teatro Imperial. A la salida ve a una joven muy hermosa llorando por la emoción que le ha provocado la obra. El caminante se está dedicando a dibujar rostros y piensa en esta joven como el rostro más hermoso que ha visto nunca. Intenta copiar un cuadro de la pinacoteca de su padre que representa a un niño leyendo. En una visita a una amiga de su madre que vive sirviendo en Palacio y que tiene una hija que trabaja igualmente en Palacio con la excusa de devolverles un libro que le habían prestado -no se especifica de qué libro se trata y me quedo con la incógnita- tropieza con una hilera de coches que salen del lugar después de una audiencia real. En el último carruaje cree adivinar la figura de su anfitrión de la montaña. Luego preguntará a sus amistades y la joven Henrietta le dice que es el señor barón von Risach, quien tiene una propiedad en la montaña. Además es conocido de la familia desde su juventud, concretamente del difunto marido de la señora. Al comienzo de la primavera el caminante se va de viaje y decide pasar por la casa de las rosas, como ya la ha bautizado. El aspecto de toda la proiedad es bastante diferente del que conoció el año pasado. Allí encuentra una gran hospitalidad. En un momento en que el anfitrión enseña unos pájaros al caminante se lee el pasaje que alude al título del libro. "Entonces, los pájaros juguetones se vuelven serios, se dedican sin cesar de alimentar a las crías, a educarlas e instruirlas para que adquieran la capacidad de trabajar seriamente, sobre todo, de emprender el largo e inminente viaje. Hacia el otoño viene de nuevo un período de mas libertad. Entonces tienen una especie de verano tardío y juguetean un poco hasta que se marchan." Está unos días y luego se va de viaje a las montañas donde recopila información y material científico para sus estudios. El paso por la casa de las rosas le ha cambiado la perspectiva del procedimiento científico. El orden y la disciplina del anfitrión ha contagiado su forma de actuar. Recoge en piezas muestras de todo el material encontrado. Se hace con una gran piedra de mármol rosado y amarillo que decide regalar al anfitrión. Ya en verano vuelve a la casa de las rosas y allí pasará unos días cálidos, conversando con Gustav, el hijo, sobre materias científicas, asistirá también a las clases que imparte el anfitrión a su hijo, y en definitiva se encontrará con una disposición de habitaciones para su recreo y estudio de piezas recolectadas. Un día llega una visita a la casa. Son Mathilde, la madre de Gustav -recordemos que es hijo adoptivo del anfitrión- y la hija de ésta, Nathalie, una joven de enorme belleza. Esta chica le recuerda a alguien pero no cae en quién puede ser. El caminante experimenta una hospitalidad diferente en este caso, una hospitalidad familiar que le recuerda a la que siente en la casa de sus padres. Mathilde le ha traído un regalo a Gustav. Se trata de la obra completa de Goethe, son además los ejemplares que ella ha ido leyendo y llenando de anotaciones y reflexiones. Gustav se plegará a la decisión paterna con respecto a los títulos a leer en cada momento, ya que algunos no son recomendables a la temprana edad del joven. Resulta evidente que se está despertando en el caminante algún tipo de sentimiento turbador. De alguna forma se encuentra melancólico y no sabe esclarecer el motivo. Por su lado la hermosa Natalie apenas dice nada y él no se atreve a fijarse en ella más tiempo de lo que el decoro le permite. Finalmente se despedirán la madre y la hija pero asegurando que el anfitrión devuelva la visita a Sternenhof. Recibirán también la visita de un forastero con sus dos hijas, a quienes devolverán la visita, a Ingohf en este caso. En definitiva, esta gente se pasa el día visitándose y devolviendo visitas. Hay que decir que nuestro joven héroe se ocupa de su propia formación y que disfruta, como se dijo al principio, de un capital heredado por su tío abuelo con cuyos intereses tiene de sobra para sus viajes y gastos cotidianos. Antes visitarán una iglesia en la población de Kerberg de la mano y guía del artesano Eustach: "Contiguo al cuerpo central se veían dos planchas plegables con escenas en semirrelieve: la anunciación del ángel, el nacimiento del Salvador, la adoración de los tres reyes y el tránsito de la Virgen." Uno lee esto y piensa en la cantidad de tesoros que debe haber por los pueblecillos de los Alpes. El caminante intentará conseguir para el jardinero una especie de cactus (Cereus) extraordinario que hay en la finca de Inghof: "Le aseguré que iría un día con él al Inghof, y hasta le dije que, si no era una incoveniencia y si no había grandes obstáculos que lo impidiesen trataría de conseguir que esa planta pasara a su poder." Cuando están en la propiedad de Mathilde y Natalie el anfitrión le muestra los muebles en estilo antiguo que han realizado en su ebanistería. Proclama un bonito discurso sobre la integración del estilo antiguo en las viviendas modernas. Definitivamente el Stifter es grande. Cuando el caminante regresa por última vez a Asperhof el caminante le pide al señor canoso que le deje dibujar los muebles para poder enseñárselos a su padre. Enseguida le prepara una habitación expresa para tal fin con un caballete y una mesa para dibujar.

Tomo II.

El tomo II del Stifter -no nos confudamos, integrado en el mismo volumen, no es como el Musil-, empieza con el capítulo Expansión, y en él el caminante se va a los montes a seguir con sus trabajos -¿intelectuales? ¿bernhardianos?, bueno, no, simplemente trabajos científicos-. Realmente estos trabajos son trabajos geológicos. Pero veremos cómo nuestro caminante va cambiando de perspectiva investigadora. Reacciona ante la naturaleza dibujándola. Luego someterá sus ensayos paisajísticos a la mirada atenta del anfitrión y del maestro ebanista Eustach. Ellos alabarán la nueva iniciativa del joven, si bien no repararán en sugerir unas oportunas correciones que el caminante agradecerá sobremanera. El anfitrión le suelta un discurso sobre su nueva manera de enfocar el arte y la naturaleza. Le recomienda que no se centre unilateralmente en ningún campo, y que cuando tenga cierta base en cada materia sí se dedique definitivamente a una sola investigación. "Contemple los fenómenos insignificantes, sí, hasta fútiles de la vida", le aconseja. También le habla de la sabiduría escondida en las obras literarias, y en su afición por éstas en lugar de por la temática filosófica, pues el saber debe obedecer a una intención y no expresarse así porque sí, argumenta el anfitrión. Llegará a su casa de la ciudad y con gran ilusión mostrará los dibujos a su padre. Éste queda maravillado tanto de los dibujos de muebles como de los paisajes -éstos se los mostrará unas semanas más tarde-. El caminante lamentará no haber encontrado los restos de los revestimientos que en el viaje anterior le había traído especialmente a su padre y para cuya ubicación ha remodelado el jardín. Una especie de turbación indefinida ha aparecido en el corazón del caminante, aunque no se dan más detalles al respecto. El caminante había comprado la vez anterior una cítara que llamó mucho la atención de su hermana Klotilde, así que le trajo una segunda cítara realizada por el mismo lutier. Klotilde le revela querer aprender español, técnicas de dibujo y por supuesto el manejo de la cítara. El padre ha quedado tan impresionado por los dibujos del caminante que, ante la sugerencia de su esposa, decide acudir en persona a la Casa de las Rosas en la próxima oportunidad. Esa oportunidad no se presentará en la siguiente primavera por motivos de trabajo y así el caminante irá de nuevo solo a la casa de las Rosas. Allí el anfitrión celebrará el cambio experimentado por el joven. Le cuenta la anécdota de los campesinos andando de puntillas frente al efebo para no despertarlo. Asistimos al bello diálogo y explicación posterior del anfitrión respecto a la estatua de Venus de la escalera, una estatua que centrará muchos momentos de regocijo en la posterior tendencia artísitica que se despertará en el caminante. Encontrada en un lugar de Italia en principio fue adquirida por el anfitrión como estatua de yeso. Sólo despues en el proceso de limpieza descubrieron que tras la capa de yeso se ocultaba una hermosa figura de mármol -de ahí el enorme peso que refirieron los transpotadores- de estilo helénico muy conservada por la protección ofrecida por el yeso durante años, siglos quizás. ("Con el yeso, el mármol había quedado protegido de la incuria de los tiempos posteriores, de manera que no hubo de absorber el agua turbia de la tierra ni otras impurezas, y era más puro que todos los mármoles antiguos que yo había visto, sí, era tan blanco que la figura parecía haber sido hecha no mucho tiempo atrás"). Resulta que el anfitrión tiene una pinacoteca muy apañada, incluso tiene un Guido Reni y dos Tiziano. Éste le contará a nuestro héroe caminante -anónimo hasta ahora y así permanecerá hasta casi el final de la novela- la historia de la adquisición de un cuadro italiano de una Virgen que se aleja un poco del estilo rafaelesco. Es la historia de una restauración. Grande el Stifter. Al final nos quedamos con las ganas de averiguar el autor de tal maravilla, si bien la mirada de la Virgen hacia el cielo queda un poco rara. El caminante va hasta la ciudad de Lautertal, a un establecimiento llamado Rothmoor, donde encarga un centro de fuente de mármol para su padre. Está inspirado en una flor con sus pétalos -la uva raposa-. De hecho una serie de extravagantes indicaciones técnicas realizadas por el propio caminante son acogidas en principio por excepticismo por los artesanos para luego convertirse en una especie de punto de ignición para nuevos horizontes empresariales. Luego, de regreso a la Casa de las Rosas, pág. 438: "Durante mi travesía de los montes subí a la cima del Eiskar, me senté sobre un bloque de piedra y a lo largo de casi toda la tarde contemplé, sumido en mis pensamientos, el paisaje que se extendía ante mí". En una visita al Sternenhof el caminante se maravillará con la ninfa con jarra de la fuente del jardín e irremediablemente la comparará con la estatua griega de la escalera de la Casa de las Rosas, de gran belleza también, aún siendo más moderna. Cuando finaliza el verano el caminante vuelve por enésima vez a casa de sus padres. Llega un momento en que nos perdemos entre tantas idas y venidas. Nada más llegar se encontrará con una extraordinaria sorpresa, o, mejor dicho, con dos. Por un lado se queda admirado al ver el emplazamiento para los revestimientos que su padre ha construido en el jardín. El secreto de tal maestría hay que encontrarlo en el envío que el propio anfitrión de la Casa de las Rosas de diversos dibujos de muebles y detalles ornamentales ha realizado por propia iniciativa. Además el padre de nuestro héroe le muestra el magnífico regalo recibido por el mismo anfitrión: la mesa para instrumentos de música. Entonces el caminante se ve en la obligación de volver a la Casa de las Rosas de inmediato para agradecer el increíble presente recibido. Al día siguiente parte en una carro de postas. En el Asperhof será muy bien recibido como siempre, a pesar de que hace poco que abandonó el lugar. Será invitado a un viaje por tierras altas, una invitación que no puede rechazar el caminante, además Mathilde y Natalie formarán parte de la excursión. Es cuando sucede la primera conversación -torpe y un poco forzada- con Natalie, sobre el estudio del español y sobre Calderón de la Barca. En el caminante se van sucediendo una serie de experiencias tanto ambientales como de inquietud artística que derivan en una mayor valoración de la pinacoteca del anfitrión, de modo que al llegar a casa de sus padres de nuevo quedará impresionado por la belleza de las pinturas antiguas de su padre, una belleza que anteriormente había permanecido oculta para él. En la página 470 encontramos un pasaje muy emocionante: "Con el corazón henchido y exaltado, en mi espíritu parecía surgir más y más la cuestión de si un tal proceder, el arte, la literatura, la ciencia, circunscribía y consumaba la vida o si había algo aún más lejano que la abarcaba y la llenaba de una felicidad muy superior." Después de La expansión vinieron El acercamiento y La percepción. En este último capítulo, en la página 491 leemos: "Allí donde aparece la pura soberbia que rechaza todo lo anterior y quiere crear a partir de sí misma, allí se acaba el arte, al igual que otras cosas de este mundo, y quien así obra se arroja en la inanidad." En el caminante se está produciendo un transformación perceptiva, digamos que empieza a brotar en él una sensibilidad artística que antes no existía. Cuando regresa a casa de sus padres queda conmovido por las pinturas de su padre, especialmente por la joven de bucles dorados de Holbein. También sufre una especie de conmoción al presenciar la colección de piedras preciosas de su padre y observa cómo la figura paterna se va recreando ante su mirada, consolidándose su amor familiar en todos los sentidos, experimentando una especie de sensibilización retroactiva al darse cuenta de cómo su padre -y también el anfitrión- "perdonaron" de alguna forma y en algún momento su falta de apetencia artística al no saber valorar las pinturas y piedras en un caso y la estatua de la escalera en el caso del anfitrión. Ya en la ciudad empieza a relacionarse socialmente y acude a la casa de la ajada princesa con quien mantiene enriquecedoras conversaciones sobre arte y literatura. Presenciamos el desarrollo motivacional e intelectual del caminante anónimo en su nueva temporada en los montes, pensionado en la Posada de los Arces, junto a Kaspar y otros trabajadores. "Como ya ocurría en los últimos tiempos, ahora tampoco podía contentarme con la mera recogida del material de mi ciencia, ya no podía consignar simplemente lo que había encontrado de forma que surgiera cómo estaba situado todo en capas superpuestas o yuxtapuestas -aunque eso seguía haciéndolo con toda minuciosidad-, sino que también me preguntaba por las causas, por qué existía una cosa, y por el modo como había surgido. Seguía elaborando esas ideas y escribía lo que me pasaba por el alma. Tal vez eso dé algún fruto en un tiempo futuro." Después de unas emocionantes expediciones con escaladas alpinas de mérito el caminante volverá a la Casa de las Rosas, si bien esta vez un poco más tarde que otros años. Allí se encuentran de visita Mathilde y Natalie. El encuentro entre ambos sonrojará a la joven. Darán un paseo en el que intercambiarán impresiones y recorridos por la zona. El diálogo entre ambos discurre con cortesía, casi con artificiosidad, pero entrevemos en el caminante un germen de sentimientos que deben terminar floreciendo. "-Vamos a celebrar una pequeña fiesta en el Sternenhof. Usted sabe que hemos empezado a quitar el revoque con el que cubrieron en años pasados los grandes sillares que revisten los muros de nuestra casa, porque nuestro amigo opinaba que desfiguraba la casa y que ésta sería mucho más bella si lo quitaban y aparecía la piedra desnuda." El amigo -definitivamente- es el barón von Risach, el anfitrión del caminante. Este señor adoptó a Gustav, el hijo de Mathilde y hermano de Natalie en circunstancias y condiciones aún no alclaradas, lo cierto es que Mathilde está muy agradecida al anfitrión y sólo sabemos que ambos se saludan con un beso en los labios, no tenemos más datos sobre la verdadera naturaleza de su relación personal. A Stifter -ya no sé cómo llamarlo- le será encargado por von Risach un dibujo de los revestimientos de su padre, una empresa que llenará de orgullo y responsabilidad a Stifter. "Luego llegó otra época; me pareció que la ciencia ya no era la última meta, que no era importante saber o no una cosa precisa, el mundo brillaba con una suerte de belleza interior que había de abarcar de golpe, no a trozos, yo lo admiraba, lo amaba, trataba de atraerlo hacia mí y deseaba con ansia algo desconocido y grande que debía de haber en él." En la página 547 y alabando el mármol como material de la belleza: "Una estatua puede ser de mármol, de metal o de madera, y en menor medida de piedra tosca, y no puede ser en absoluto de diversos elementos ensamblados. " Stifter quedaría espantado con algunos autores contemporáneos como Chillida o Serra, y no digamos con el "pintor" Anselm Kiefer.La medición del Lautersee: resulta que el trabajo de campo que está llevando a cabo el caminante es el de la medición en todos sus aspectos del lago Lautersee. Para ello va acompañado del operario Kaspar y otros de nuevo. Por fin terminaron en el establecimiento de Roothmor la fuente de mármol que el caminante regala a su padre: "Para corresponder a mi regalo, mi padre me entregó, en hermosa encuadernación y con relieves en las tapas, el Cantar de los Nibelungos. Le di calurosamente las gracias." Menudo regalo.También le enseña el retablo de Kerberg que el caminante ha dibujado con gran esmero. El padre le instruye en los cambios producidos por la restauración sufrida y le llama la atención sobre los ornamentos y la errónea disposición de algunas figuras, invitándole a que consulte su biblioteca al respecto: "Los libros de mi padre aumentaron mi interés por el asunto del que trataban; le pedí que me dejara llevármelos a mis apartamentos y empecé a examinarlos, y ellos me indujeron a querer conocer desde el principio y con más detalle, la arquitectura y su historia, y a que comprara, siguiendo el consejo de mi padre y de otros, todos los libros que se necesitaban para ello." Es decir, los libros actúan como un resorte retroactivo, nos movemos hacia ellos desde una impresión artística, por ejemplo, y su consulta nos devuelve el interés exponencialmente aumentado hacia el objeto artístico en cuestión -y por ende hacia otros similares y/o relacionados. El libro está repleto de momentos lírico-naturales, página 570:"Mi ventanuco daba a los tres picos nevados de los Leiterköpfe, detrás de los que se alzaba la aguja escarpada, esbelta y cegadoramente blanca, del Karpistze y junto a los que se extienden los bancos de los glaciares del Simmi, brillantes como piedras preciosas." El último capítulo del Tomo II es El pacto. En él el caminante, tras finalizar parte de su trabajo en las montañas y en el Lautersee quiere hacer una visita a la Casa de las Rosas. Allí ya no le esperaban pues ha llegado la época de la rosa marchita. Le indican que se encuentran en el Sternenhof. Hacia allá se dirige igualmente donde se encuentra con Mathilde y Natalie solamente. El séquito del barón ha emprendido una excursión de varias jornadas de duración. En esa estancia en el Sternenhof se producirá el decisivo encuentro entre el caminante y Natalie, como no podía ser de otra forma en la gruta -conformada por el muro de enredadera y los dos amplios robles que encuadran la fuente de la figura de la ninfa-, mientras contemplan la excelsa figura de la ninfa. Allí se declaran ambos su amor torpemente, casi por casualidad, después de equívocos y distracciones y evitaciones de malentendidos.

Tomo III.

El tomo III comienza con la cena después de la conversación entre los jóvenes. Deciden tras el pacto entre ambos -mantener la inclinación del uno sobre el otro el resto de sus vidas- comunicarlo a sus respectivas familias, quienes tendrán que dar el visto bueno a la relación. El caminante regresa a su casa en la ciudad donde pone al corriente a su padre. Éste ve con buenos ojos la elección de su hijo y confía en su buen criterio. La madre y su hermana Klotilde también serán felices con la buena nueva. Otra vez debe regresar el caminante al Sternenhof para comunicar esta aceptación, antes pasará por casa de la princesa quien le hablará de una joven muy hermosa, Tarona, la misma que le refería su amigo Probern, y le invita a que haga un dibujo de ella, ante esta sugerencia el caminante se sonroja pues su corazón late por Natalie. También la hermana le pide que haga un dibujo de Natalie para así conocerla, sin embargo el caminante dice no atreverse a pedirle a su amada que pose para él, consintiendo en copiar algún retrato ya existente de la misma para así regalárselo a su querida hermana. Digamos que en esta fase de la novela la melancolía que empezó a sufrir el caminante unos cientos de páginas antes y la incertidumbre con respecto al más allá de la ciencia y el arte obtienen su respuesta en la dulce Natalie. Los glaciares del Simmi y la punta del Karspitze, que han sido objeto del estudio del caminante, así como el dibujo de la iglesia de Klam que su anfitrión y Eustach han traído de aquella ciudad, son meros personajes anecdóticos dentro de la trama espiritual que está padeciendo nuestro héroe. El padre le recomienda que haga un viaje por diferentes ciudades del mundo para enriquecerse como persona antes de concretar su relación amorosa. Su anfitrión y amigo en el Asperhof le recomienda igualmente que se tome una especie de vacaciones para tomar perspectiva de los acontecimientos intensos que han tenido lugar y también le dice que tendrá que hacerle una confidencia a la vuelta de este viaje. En el Asperhof el caminante verá como es recibido igual de bien que siempre pero además nota cierta condescendencia con él por parte de todos los empleados, como si supieran de su próximo futuro con la señorita Natalie. Visita al jardinero del Asperhof quien le muestra orgulloso el magnífico estado del Cereus peruvianus, obtenido gracias a la intervención de nuestro caminante. Fijan su atención a las flores de diferentes cactus con el manejo de una lente de aumento. Viajará junto al anfitrión, Gustav, Eustach el artesano de la ebanistería y su hermano Roland -que suele viajar por las montañas buscando motivos de dibujos para el anfitrión- hacia una iglesia de estilo gótico alemán del siglo XIV a dos días de distancia. Esta iglesia la está restaurando el anfitrión y se ha convertido en su propio proyecto personal de revitalización de la belleza antigua. En la página 651 se establece una discusión o diálogo sobre el arte, la creación y el artista: "El verdadero artista no se plantea la pregunta de si su obra será comprendida o no." El caminante participará activamente en esta conversación: "Dado que el arte tiene tanta influencia en las personas, según he tenido ocasión de observar, si bien brevemente, en mí mismo me he preguntado ya muchas veces si el artista. al proyectar su obra, tiene en cuenta a sus congéneres y piensa qué ha de hacer para influir en ellos como desea." Luego el caminante emprenderá varios viajes: uno con su padre a su lugar de origen, otro con su hermana Klotilde para mostrarle las montañas y la naturaleza así como el motivo de sus muchos paisajes, y finalmente uno más peligroso y arriesgado en pleno invierno hacia los glaciares de Echertal junto a su viejo amigo Kaspar. Muchos intentarán disuadirle de que no emprenda esa misión pero el caminante escoge un momento climático adecuado para adentrarse en las cumbres nevadas donde descubrirá una belleza tan solo comparable a la de su amada Natalie. Regresará al Asperhof con la idea de que el anfitrión von Risach le haga finalmente la confidencia que le tenía anunciada. Visitará de nuevo al jardinero y volverán a ver la evolución del Cereus. Después tendrá ocasión de que el anfitrión le inmiscuya -junto a Roland, al cual han visitado anteriormente en su taller y han visto el inmenso cuadro de rocas inventadas que está confeccionando- en la valoración de unos grabados de cobre que han llegado a sus manos con la intención de serles vendidos. Finalmente decidirá comprar las carpetas enteras para desenvolverse de los que no tienen el nivel mínimo pues según él la obra de arte mala distorsiona los sentidos y envenena al arte más puro. Parece que él es el más adecuado para dirimir esta cuestión, un tema, como se verá más adelante del que tiene realmente otra opinión, bueno, si me acuerdo ya la diré. Mencionar cómo Roland se está volviendo cada vez más ensimismado y el anfitrión llega a decirle al caminante que Roland necesita hacer un viaje para dibujar. Este detalle ,y uno apreciado cientos de páginas atrás cuando Roland se queda mirando a Natalie hace pensar que el joven siente algo por la joven, ahora prometida del caminante. También se hablará sobre un nuevo libro que ha adquirido el anfitrión sobre cultura de la seda o sericultura. El caminante acompañará a von Risach a ver las obras de un puente que está recontruyendo. Tras varios días de estancia comenzarán las confidencias del anfitrión. Pues según mis notas no he tenido que esperar mucho para traer a colación otro pensamiento del anfitrión mientras relata sus comienzos familiares y estudiantiles al caminante: "De ahí viene el fenómeno de que nobles obras de arte puedan entusiasmar y emocionar a una época y luego venga un pueblo al que ya no dicen tales obras." Entonces, si el anfitrión piensa de ese modo, ¿por qué desecha de manera tan fulminante algunos de los grabados de cobre? ¿No podrían ser éstas de esa clase de obras que no son apreciadas en su época?Ya en la página 411 habíamos podido leer: "Para la comprensión del arte, para quienes contemplan sus obras y hablan sobre ellas, las interpretaciones de las mismas, ese revestir la esencia con palabras, es una cosa muy útil, pero no hay que convertir las palabras en el asunto principal ni hay que aferrarse a un sentido que se les atribuya, de tal manera que se condene cuando no esté acorde con ese sentido." Digamos que es una visión de lo que Tom Wolfe describirá magistralmente en su La palabra pintada, sobre los movimientos artísticos del siglo XX. Sigamos, el capítulo La confidencia -junto a La mirada retrospectiva- pretende ser el más largo de toda la novela, y a fé que va a conseguirlo. Podría ser una pequeña novela independiente ya que cuenta la vida del anfitrión. En la primera charla von Risach le cuenta al caminante cómo trabajó para el Estado y cómo también terminó dejando esa actividad por no resultarle en definitiva esencial en su vida. En una segunda charla le contará cómo pierde a su familia y termina dando clases especiales a un niño de una familia acaudalada que lo acoge singularmente -en el Heinbach- y cuya hija mayor resultará ser Mathilde. Es en este capítulo donde el anfitrión se sincera con nuestro héroe. En la página 733: "Es un hecho singular y más significativo de lo que se cree que con el paso de los años aumente la amplitud de los proyectos". El relato avanza hasta conducir al amor entre von Risach y Mathilde, de 15 años. Esa inclinación, como le gusta llamar al amor al Stifter, se verá enfrentada a la opinión de los padres, quienes velan por el paso a la adultez de su hija sin interferencias que encarezcan su educación adolescente. Finalmente se presenta al joven caminante como Heinrich, y más tarde como Heinrich Drendorf. Digamos que han pasado 800 páginas sin conocer el verdadero nombre de nuestro héroe, ¿ni siquiera su amada y prometida Natalie sabía el nombre? El tercer tomo de Verano tardío es definitivamente -aunque quizás metafóricamente- plomizo. Envuelto en las confidencias del anfitrión von Risach (capítulos La confidencia y La mirada restrospectiva) sólo algún momento entre lo ridículo y lo emocionante nos depara alguna sonrisa: "En los últimos días de mi estancia en la Casa de las Rosas fui a casa del jardinero y le pedí que me proporcionanra la receta para preparar el aglomerante que impide que entre el agua por las junturas de los cristales de invernadero y que gotee en el interior." Como sigas así te van a devolver el regalo con El anillo del nibelungo de Wagner.Hay presentaciones, visitas entre ambas familias, buenos deseos, y mucho romanticismo sin doble intención en El desenlace. Realmente decepcionante la última fase de este gran libro, una obra maestra en su primer tomo, una buena novela en el segundo tomo y una convencional historieta para colegiales en el tercero. Uno espera -en vano- que surja algún contratiempo, algún secreto oculto entre las familias, algo que desestabilice la situación absurdamente idílica. A escasas 40 páginas del final nada parece aventurar un paso de este tipo en el novelista. El reencuentro narrado por el anfitrión entre él mismo y Mathilde es espantoso. Después de años despreciando a von Risach, Mathilde aparece un día a las puertas de su jardín con un niño, Gustav -llamado como el anfitrión-, para pedirle perdón por su actitud durante años -después de un matrimonio con segudnas personas de ambos-, y von Risach la excusa y así comienzan una extraña relación de amistad con el recuerdo de su amor pretérito en la retina y con la asunción de la responsabilidad de educar a Gustav por parte del anfitrión.¿Dónde quedaron aquellos largos paseos por las montañas alpinas del caminante? ¿Aquella infatigable búsqueda, en el arte y la ciencia, del objeto de nuestra vida? ¿Dónde la vida introspectiva alejada de la sociedad de Heinrich, dedicada al trabajo investigador y la recreación en el dibujo y la arquitectura y las piedras preciosas? Todo sepultado bajo el manto de su inclinación hacia Natalie. Vemos en Alfred, el hermano pequeño de Mathilde, alumno del barón von Risach -título nobiliario obtenido años más tarde por su período junto al emperador-, un adelanto del propio Gustav, hermano pequeño de Natalie. Hay personajes secundarios como Eustach, el artista ebanistero, o Roland su hermano, vagabundo dibujante incansable de iglesias perdidas en los Alpes, que quedan en un segundo plano y del que se podía haber conseguido mayor presencia, dramatizando un poco la trama. Al final sucede lo increíble, y es que las tres personas que podrían haber competido con Natalie en belleza resultan ser ¡la propia Natalie! Me refiero a la joven que lloraba a la salida de la representación del Rey Lear al que acude Heinrich antes de conocer a Natalie, y a la joven Tarona que el amigo de Heinrich, Probern, le había referido como la mujer más hermosa que nunca había visto, y es que averiguamos que el apellido de Natalie no es otro sino Tarona. Antes de la ceremonia el joven Heinrich hace caso a su padre y emprende un viaje por Europa para..., bueno, no sé muybien para qué, yo creo que para disfrutar por última vez de la soledad del caminante, pero en el libro se alude a un viaje de aprendizaje que le sirva de base y de apoyo para su próxima vida familiar -el punto álgido de toda existencia-. El caso es que Heinrich no se va de viaje una semana a Venecia y Roma, ni un par de semanas, ni un mes, ni seis meses,..., la cuestión es que Heinrich se va de viaje ¡dos años menos un mes y medio! Uno a estas alturas está curado de espanto con el Stifter y nada le sorprende ya pero esta vez sí que el Stifter ha accionado un resorte de cordura, y que nos dice que tamaño viaje es una insensatez. No sabemos qué pensará esa joven prometida, no se refiere en ningún caso que existiera ni una pequeña discusión respecto al tema. Pues Heinrich viaja por Italia, Grecia, va a España, donde queda admirado por las montañas nevadas meridionales (¿Sierra Nevada, la Sierra de las Nieves malagueña?), y por los Países Bajos, etc... A la vuelta al fin se casan en el Asperhof. Aparecen varias fincas en la novela. La más importante es desde luego el Asperhof, que es la residencia del barón von Risach. Las fincas toman el nombre de sus propietarios pero con el tiempo los nuevos propietarios van heredando el nombre del antiguo, así no se llama Gusterhof (por Gustav von Risach) sino como el antiguo dueño (¿Aspergillus?no, seguro que no, no me acuerdo del anterior propietario del Asperhof). Lo mismo sucede con el Sternenhof, la finca de Mathilde y Natalie, que en realidad se llaman Tarona, debería ser por tanto el Taronerhof. En esta ocasión son los residentes quienes toman el nombre de la propiedad, llamándose a sí mismas Mathilde y Natalie Sternenhof. Otras fincas son el Inghof, donde están las dos hermanas que tocan la cítara maravillosamente, y el Heinbach, donde el joven von Risach conoce a la joven adolescente Mathilde. El anfitrión compra una finca cerca del Asperhof y la llamará Gusterhof -esta vez sí-, y el padre del caminante también comprará una pequeña casa de campo a la que llamará el Drendhof. En la celebración del casamiento se conocerán los diferentes regalos. Todos son parabienes y felicidad. El Stifter chirría por momentos, lo impensable en el primer tomo, plagado de espiritualidad y alejamiento de lo convencional. El barón regalará a Heinrich una mesa de mármol extraordinaria fabricada con la pieza de mármol que el propio caminante le ofreciera tiempo atrás. Eustach elaboró una mesa maestra increíble. También habían restaurado unos revestimientos que completaran los que Heinrich regalara a su padre en su momento. El amigo de Heinrich artesano de joyas se ocupó de crear una joya inigualable. Una de las escenas más grotescas es cuando aparece el maestro de cítara de Heinrich tocando por allí su instrumento con gran maestría. Hacía años que había desaparecido y ahora allí estaba. Heinrich manda a comprar la tercera cítara fantástica que el lutier de la montaña tenía aún sin vender y se la regala a su maestro. Se hace mención a la finalización del gran cuadro que Roland estaba pintando en su taller. Para colmo de males el supuesto enamoramiento de Roland con Natalie se descubre falso. En realidad Roland está enamorado de la hija de un guarda forestal cuyos ojos son muy parecidos a los de Natalie Tarona, y como pasaba mucho tiempo sin ver a su amada se reconfortaba fijándose en los de la hijastra de su amo. Es decir, ni una sombra de infelicidad en toda la resolución de la trama. Y para asegurar la felicidad incluso más allá del tiempo que ocupa el libro tanto el padre como el anfitrión hacen unos testamentos exorbitantes para con la pareja. Uno piensa, Sitfter me toma el pelo, toma el pelo a todos.

Consideraciones sobre el Stifter.

Temática.
Estuve unos días pensando en la cuestión fundamental del Stifter:
- la felicidad como hecho grotesco e inviable (la ridiculez de la felicidad total): teoría mantenida por Stifter haciendo una exageración perfeccionista en la resolución de su trama, sobre la que no acecha ninguna sombra de desdicha;
- el camino hacia el conocimiento de sí mismo (inacable) (a través del conocimiento del entorno, de la ciencia y del arte y como reflejo en la persona amada);
- lo inspirador de la melancolía inexplicada -que siempre remite al amor-;
- la caducidad del sentimiento humano (inclinación hacia una persona/amor). Esto queda bien reflejado de forma irónica con la irreal puesta en escena de los sentimientos de cada miembro de ambas familias, así como de los propósitos y los legados para el futuro. Todo puede planificarse para una vida plena de felicidad, todo salvo los sentimientos que de una forma u otra terminarán sucumbiendo ante la naturaleza humana -imperfecta y evolutiva.
- lo emocionante que resulta la búsqueda del sentido de la vida (a través de ciertos rituales pedagógicos y de aprendizaje).

Carencias.
Hay algunos puntos en el Stifter que en lugar de revelarse como carencias hacen que su mensaje se nos presente como algo complejo y sensible a diversas interpretaciones:
- la ausencia de interés de Heinrich Drendorf por las personas que le rodean. La ausencia de problemas personales -ausencia de conflictos-, de comprensión de los figurantes, sostenidos como meras marionetas por el autor. Este desinterés parece ser recompensado injustamente a nivel afectivo, material y emocional;
- lo desdibujado de la mayoría de los personajes -que revierten en la posibilidad del comportamiento anteriormente citado de Heinrich-;
- la eficacia del relato "natural", entendiendo por éste aquellos pasajes relacionados con el caminante y su contacto con el exterior, casi nunca convertido en mirada introspectiva a pesar de la gran influencia que tienen sobre él;
- la ineficacia, por tanto y dado lo anterior, del relato "humano";
- lo moderado y académico de los diálogos entre los protagonistas (movidos continuamente por la mutua admiración, respeto y afecto -exentos de causas comprobables en el texto-);
- ausencia de hechos decisivos (la trama trasncurre casi por inercia, nadie "se sale del tiesto", como se suele decir).

La redacción.
También es oportuno comentar la abundancia en detalles de escenas, miradas, observaciones, etc... que no serían posibles sin la redacción de una especie de diario del caminante, un diario cuya presencia en ningún caso se nos delata, así como la naturaleza cronológica de esta redacción. En ningún punto de la narración se nos hace entrever que el autor conoce qué pasará a continuación. Es este uno de los grandes valores del Stifter. Digamos que la narración en tercera persona acompaña al caminante en su deambular, sin adelantarse y también casi sin echar la mirada atrás para reflexionar sobre algún hecho pasado -lo que conduce a la solución de determinados enigmas al final del texto -casi por obligación-, como la intención de von Risach de emparentar desde el principio a Natalie con Heinrich o el verdadero objeto de las miradas de Roland sobre Natalie, pero que dejan algunos otros en el aire como el papel de las dos bellas hermanas del Inghof o de la princesa amiga de Heinrich o de la dama de Palacio y su hija quienes le prestaron un libro del que desconocemos el título-. Es además una cronología absolutamente lineal.
La intención.
Algunos de los sentidos del libro expuestos pueden no coincidir con la realidad de la intención de Stifter. Me preguntaba si la intención era algo palpable en una creación, si la intención podía hacer mejor o peor una obra de arte. Resolví que la intención no podía alterar la obra en sí aunque sí la percepción que de dicha obra tiene el espectador, lector en este caso. Que Stifter quisiera hacer una apología de la vida en familia, un tributo a la búsqueda del individuo con un fin eminentemente cristiano, no es algo que me interese en la valoración de su novela. Lo que yo veo en esta novela es que la búsqueda de uno mismo no puede ni debe acabar nunca, que los medios que se ponen a su disposición pueden ser tan numerosos como alejados, bien sea científicos, artísticos o relacionados con la naturaleza, pero que, y esto es algo tan diáfano como el agua cristalina, es necesario realizar esta búsqueda, pues de lo contrario no somos nada.

El Arte.

Por último me gustaría reseñar la presencia del arte y de la sensibilidad artística en toda la obra. Sentimos la admiración por la obra de Goethe, por los viajes de Humboldt, por la pintura de Reni, Holbein, Tiziano... (digámoslo ya, no nos creemos que unos particulares posean una colección tan importante de pintura antigua), así como por la historia de la arquitectura gótica.

2 comentarios:

Aconcagua dijo...

Como de costumbre, Kovalski, impecable.
Creo que me has ahorrado las 900 páginas, si me adhiero a tu explicación sobre la obra maestra inicial y la caída final.
Se me ha ocurrido que quizá Stifter fuera un moralista acérrimo y pintara sus ideales más íntimos en la trama de la obra.
Interesante tu reflexión sobre la búsqueda de sentido y de construcción/desarrollo de uno mismo. Aunque parecería que para el caminante tiene un final (concretar el matrimonio después de los dos años de juergas).
El caminante se me ocurre como sumiso y pasivo a los avatares del destino. Muy sensible a los consejos paternos - el barón también le hace de padre- a pesar de su adultez.También afortunado por haber encontrado la casa de las rosas.
Todo este comentario va de puro impulso, no leí nada de Stifter, de todos modos mi opinión no tiene por qué ser tan valedera. Aunque sí la lectura Kovalskiana es enriquecedora, me llevo de la jerga polaca eso de que "nadie se sale del tiesto", me encantó!

kovalski dijo...

gracias aconcagua, la verdad es que fui incapaz de encauzar el comentario, el comentario me devoró, al igual que el Stifter con su desconcertante final, digamos que el planteamiento de Stifter podía ser: se puede ser feliz... si tu novia es bellísima y encantadora -la más guapa de la comarca-, tienes un protector que te regala sus fincas, un tío abuelo que te deja una herencia que te permite no dar ni golpe y dedicarte a tus trabajos intelectuales, un padre que tiene una pinacoteca excepcional,la posibilidad de pasear por los más hermosos parajes de la tierra, etc etc Con lo cual deducimos que la felicidad es una entelequia y que además nadie puede ser feliz sin tener que luchar por ello, al caminante le viene todo regalado, es por eso que aprecio cierta ironía en la idea de Stifter, yo me quedo con el pensamiento siguiente: lo importante de la búsqueda del propio yo es la propia búsqueda, gracias por leerme y saludos!
pd. nada puede sustituir a la lectura del Stifter, tan sólo la lectura del Stifter, te lo recomiendo.