martes, 29 de septiembre de 2009

La náusea, de Sartre (y III)

Bueno, a ver si termino el comentario sobre La náusea. Hay una parte de la novela que me interesa mucho, y es cuando Roquetin va al Museo de Bouville y ve un retrato de Blévigne pintado por un tal Bordurin: "No hubiera sabido decirlo, pero algo me molestaba; el diputado no parecía seguro en la tela. Después volví varias veces. Pero mi incomodidad persistía. No quise admitir que Bordurin, premio de Roma y seis veces codnecorado, hubiera cometido un error en el dibujo." Ingenuamente busqué información sobre este pintor, pero no la encontré. Luego menciona a un tal Richard Séverand y su cuadro La muerte del célibe. Nueva invención de Sartre. Finalmente puse en duda la existencia del Museo de Bouville e incluso de la propia Bouville. Pero Bouville existe, no es un Macondo ni una Región, es una localidad al sudeste de París, en el valle del Loira. Sin duda el arte es ua de las mayores fuentes de placer que tiene el hombre. Un tal Pacome es citado por Roquetin en su diario: "Nunca se dijo que era feliz, y cuando algo le proporcionaba placer, debía entregarse a ello con moderación, diciendo: "Es un entretenimiento"." Y cada vez estoy más convencido de ello, no sólo de que el arte se reduce a un mero hecho lúdico, sino de que su concepción obedece más a un juego en el que ocupar la mente que a una utilidad manifiesta y sincera para el ser humano, y lo demuestra fácilmente Sartre inventando estos pintores que bien pudieran haber sido reales, de forma que incluso ahora estoy en duda de su no-existencia (la gran ventaja de los críticos de arte: utilizar la inseguridad del ignorante para dar rienda suelta a sus fantasías sobre la creación). Sin embargo, Roquetin reconoce el "¡Admirable poder del arte! De ese hombrecito de voz chillona pasaría a la posteridad un rostro amenazador, un gesto soberbio y unos sanguíneos ojos de toro", refiriéndose de nuevo al retrato de Bordurin. Llega un momento en que Roquetin se harta de su libro sobre Rollebon: "Ya no escribo mi libro sobre Rollebon; se acabó, ya no puedo escribirlo. ¿Qué voy a hacer de mi vida?" Y lo que es peor: ¿qué va a hacer Sartre-Roquetin con el resto de la novela-diario de la que le falta aún casi la mitad por escribir? En la página siguiente la cosa intenta mejorar: "Tomé la pluma e intenté reanudar la tarea, estaba harto de esas reflexiones sobre el pasado, sobre el presente, sobre el mundo." Y es que cierto nihilismo impregna el tono de la novela, el pasado no existe, tan sólo como recuerdo que termina amanerándose y confundiéndose, el futuro lógicamente tampoco existe, sólo quizás como esperanza o intención, y el presente es tan efímero que apenas puede distinguirse de lo anterior. Después de escribir una frase Roquetin se agobia un poco: "Cualquier otro hubiera podido escribirla. Pero yo, yo no tenía la seguridad de haberla escrito." Y más abajo: "Eché una mirada ansiosa a mi alrededor: presente, nada más que presente (...) Se revelaba la verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe, y todo lo que no fuese presente no existía. El pasado no existía en absoluto." Es más, el pasado es tan turbio en ocasiones que no dejamos de dudar de él. Con respecto a unas cartas de Rollebon que cree haber robado de la Biblioteca del Estado: "Pero esto no parecía verdadero, y de este robo que yo mismo cometí no conservaba ningún recuerdo cierto." Los recuerdos pueden no ser ciertos TODOS. Roquetin empieza a dudar hasta de sus pensamientos: "Los pensamientos son lo más insulso que hay (...) Mi pensamiento es yo, por eso no puedo detenerme. Yo existo porque pienso... y no puedo dejar de pensar. En este mismo momento -es atroz- si existo es porque me horroriza existir." Y vemos como se reúnen de una tacada el pasado Descartes y el futuro Bernhard. Cuando uno entra en esa espiral de ideas existenciales se plantea hasta la más obvia de las actividades: "Dan las cinco y media. Me levanto, la camisa fría se me pega a la carne. Salgo. ¿Por qué?". Si te preguntas por qué a cada cosa que hagas al final te vuelves loco y te quedas encerrado en tu casa -y a lo mejor no es tan mala idea, por dios. Lo que sucede es que llega un momento en que la desesperación te hace querer comunciarte de una forma imperiosa y casi anárquica: "El Autodidacta me mira de soslayo, con ojos risueños. Jadea un poco, con la boca abierta, como un perro extenuado. Lo confieso: esta mañana estaba casi contento de volver a verlo, necesitaba hablar." Se nos plantea una interesante cuestión en páginas sucesivas: ¿está todo escrito? ¿todo ha sido ya pensado? Cuando el Autodidacta le muestra a Roquetin un pensamiento que ha tenido sobre pintura: "Nadie cree ya en lo que el siglo XVIII consideraba verdadero. ¿Por qué hemos de deleitarnos aún con las obras que consideraba bellas?", Roquetin le dice no haberlo leído anteriormente en ningún lado, a lo que el Autodidacta responde decepcionado: "Entonces, señor -dice entristecido- es que no es verdad". Por otro lado, la idea del Autodidacta - que es luego atribuida por Roquetin al filósofo Renan, para alegría y consuelo del Autodidacta, en una escena portentosa y genial de la novela- es de un interés mayúsculo y encierra uno de los grandes misterios del arte actual que es por qué el arte antiguo sigue siendo hoy día mejor considerado (¿y entendido?) que el contemporáneo. Cuando vemos las caras de la gente, todos escenificando una farsa, nos parece estar viviendo un sueño: "Todas esas personas están sentadas con aire de seriedad (...) Cada uno tiene su pequeño empecinamiento personal que le impide darse cuenta de que existe; no hay nadie que no se crea indispensable para alguien o para algo". Yo es que me río mucho con este libro, leed si no este inicio de conversación "-Está usted alegre, señor -me dice el Autodidacta con aire circunspecto. - Es que pienso -le digo riendo- que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir." Ja, ja, ¡y eso que está alegre! En torno a la página 163 comienza el disparate reflexivo sobre la existencia de las cosas, los colores son turbios, aquel negro no parecía ser negro, la existencia no es la necesidad, yo era la raíz del castaño, etc..., unos pasajes realmente estremecedores y profundos. Finalmente se reencuentra con su antiguo amor, Anny. Ella dice "sobrevivirse", y Roquetin: "¿Qué puedo decirle? ¿Acaso conozco motivos para vivir? (...) Estoy más bien asombrado frente a esta vida que he recibido para nada". Y eso que no había estado esta mañana en el Ikea como yo. Al final de la novela Roquetin toma la decisión de abandonar Bouville. Visita la biblioteca por última vez : "La sala estaba casi desierta. Me costaba reconocerla porque sabía que no volvería nunca más." Cuando uno abandona un lugar quiere apresar todas las imágenes posibles, siempre me pasa cuando termino una estancia en una ciudad, el último día quiero volver a verlo todo, lo cual es absurdo e imposible: "Vacilé unos instantes: ¿emplearía estos últimos momentos en dar un largo paseo por Bouville, en ver de nuevo el bulevar Victor-Noir, la avenida Galvani, la calle Tournebride?" Luego acontece el desafortunado asunto del Autodidacta que es acusado de manosear a los chavales que van a la Biblioteca. Roquetin se apiada de él: "Alcancé al Autodidacta al pie de la escalera. Me sentía incómodo, avergonzado de su vergüenza, no sabía qué decirle". En realidad nunca sabemos qué decirle a los demás, ni si tenemos que decirles algo. Cuando yo dejaba Madrid, Roquetin dejaba Bouville. Con la exactitud de minutos nuestros caminos avanzaban de la mano. Ambos esperábamos la salida del tren. Yo era Roquetin, y pensé al despedirme: "Decir que hay imbéciles que obtienen consuelo con las bellas artes".

3 comentarios:

Sally Sturmzeit dijo...

Hola, me pasó lo mismo que a ti. Busqué información sobre los pintores y esa pintura que menciona "La Muerte del Célibe" y no encontré nada. Has encontrado algo desde que postestaste esto en el 2009?

Saludos

kovalski dijo...

Hola, gracias por tu comentario. No continué la búsqueda,¿qué sentido podía tener? Ahora he releído un poco lo que escribí y sólo veo un montón de errores tipográficos. Saludos y gracias por tu comentario.

Julio Cesar Acosta dijo...

Vaya. Recién ayer leí sobre "la muerte del célibe" y me dejó bastante intrigado. Hube de disponerme a investigar, pero me encuentro con esto. Sin duda es una novela muy interesante. Saludos.